Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 5 — Bajo tus reglas
El aire frío me golpeó el rostro en cuanto crucé la puerta del auto, pero no fue suficiente para despejar lo que llevaba dentro.
Mis pensamientos seguían enredados, pesados, girando una y otra vez sobre lo mismo.
“No eres libre.”
No lo había dicho con esas palabras exactas… pero lo había dejado claro.
Caminé sin mirar atrás.
No porque no quisiera.
Sino porque sabía que si lo hacía… iba a encontrarlo observándome. Analizándome. Midiendo cada uno de mis movimientos como si ya supiera cuál sería el siguiente.
Y no estaba dispuesta a darle esa satisfacción.
Mis pasos sonaban firmes sobre el suelo, aunque por dentro todo en mí estaba lejos de serlo. El lugar al que habíamos llegado era enorme, elegante hasta el exceso. Luces cálidas, columnas altas, puertas que parecían más propias de un hotel de lujo que de una casa.
Su casa.
Por supuesto.
Nada en él podía ser sencillo.
Me detuve apenas crucé la entrada. No porque estuviera impresionada… sino porque necesitaba recuperar el control antes de seguir avanzando.
No iba a parecer débil.
No frente a él.
—Puedes dejar de fingir —dijo su voz detrás de mí.
Cerré los ojos un instante.
Ahí estaba.
Sin prisas. Sin esfuerzo. Como si siempre supiera exactamente dónde colocarse para desarmarme.
Giré lentamente.
Esta vez sí lo miré de frente.
—No estoy fingiendo nada.
Él cerró la puerta con calma, el sonido seco resonando en el espacio amplio.
—Claro que sí —respondió, avanzando un par de pasos hacia mí—. Estás tratando de convencerte de que aún tienes el control.
Mi mandíbula se tensó.
—Lo tengo.
Se detuvo a una distancia peligrosa. No lo suficiente para tocarme… pero sí para invadir mi espacio.
Siempre al límite.
Siempre midiendo.
—Entonces demuéstralo.
Sentí un pequeño estremecimiento recorrerme, pero no retrocedí.
No esta vez.
—No necesito demostrarte nada.
Sus labios se curvaron apenas, como si esa respuesta le resultara más interesante que cualquier otra.
—Todo lo contrario.
Su mirada bajó por un segundo, recorriéndome sin disimulo. No fue vulgar. Fue peor. Fue lento. Consciente.
Intencional.
Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera evitarlo, tensándose.
—Ahora mismo —continuó—, todo lo que haces… me pertenece.
La rabia volvió.
Rápida. Caliente.
—Deja de decir eso.
—¿Por qué? —preguntó, ladeando ligeramente la cabeza—. ¿Te incomoda… o te gusta fingir que no es verdad?
Di un paso hacia él.
Esta vez fui yo quien acortó la distancia.
—No soy tuya.
Lo dije cerca. Demasiado cerca.
Lo suficiente para que no quedara duda.
Sus ojos brillaron con algo nuevo.
Algo que no había visto antes.
—Eso ya lo dijiste.
—Y lo voy a repetir las veces que sea necesario.
Por un segundo, el ambiente cambió.
No desapareció la tensión… se transformó.
Se volvió más densa.
Más peligrosa.
Pero también… más íntima.
Él alzó una mano lentamente.
Mi cuerpo se puso en alerta.
Pero no me moví.
No retrocedí.
Sus dedos rozaron apenas un mechón de mi cabello, apartándolo de mi rostro con una calma que contrastaba demasiado con todo lo que estaba pasando.
Ese simple contacto fue suficiente para que mi respiración se alterara.
—Eres más valiente de lo que esperaba —murmuró.
Su cercanía me estaba afectando más de lo que quería admitir.
Y eso me molestaba.
—Y tú más arrogante de lo que imaginé.
Una pequeña risa escapó de sus labios.
—Eso no es nuevo.
Sus dedos descendieron lentamente, rozando mi mandíbula de forma casi imperceptible. No era un agarre. No era posesivo.
Era… un recordatorio.
De que podía hacerlo.
De que no lo detenía.
De que yo tampoco lo estaba deteniendo.
Y eso me enfureció más que cualquier otra cosa.
Me aparté de golpe.
—No me toques.
Su expresión no cambió.
Pero sus ojos sí.
—Interesante.
—¿Qué cosa?
—Que dices que no eres mía… pero no te alejas lo suficiente.
Sentí el golpe de esas palabras directo en el orgullo.
—No necesito huir de ti.
—No —respondió con calma—. Pero tu cuerpo no está tan seguro.
Apreté los dientes.
—No te equivoques.
—No lo hago.
Su tono no dejaba espacio para discusión.
Y eso… me desesperaba.
—Escúchame bien —dije, obligándome a mantener la voz firme—. No importa cuánto hayas pagado, ni lo que diga ese acuerdo. Yo no voy a obedecerte.
Se hizo un pequeño silencio.
No incómodo.
Tenso.
Como si algo estuviera a punto de romperse.
—Nadie te pidió que obedecieras —dijo finalmente.
Parpadeé, confundida.
—¿Entonces?
Se acercó un paso más.
Otra vez.
Siempre reduciendo el espacio.
Siempre empujándome contra un límite invisible.
—Te voy a enseñar a querer hacerlo.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
No por miedo.
No del todo.
Había algo más.
Algo que no quería reconocer.
—Eso no va a pasar.
—Ya está pasando.
Negué con la cabeza, retrocediendo esta vez.
—No.
Pero mi voz no sonó tan firme como antes.
Y él lo notó.
Claro que lo notó.
Su sonrisa regresó.
Más suave.
Más peligrosa.
—Este es el problema contigo —dijo—. Crees que esto es una guerra.
—Lo es.
—No.
Otro paso.
—Es un juego.
Mi corazón dio un golpe fuerte contra mi pecho.
—Yo no juego.
—Aprenderás.
Se detuvo justo frente a mí.
Tan cerca que podía sentir su respiración.
Tan cerca que cualquier movimiento… cambiaría todo.
—Y cuando lo hagas —continuó en voz baja—, vas a darte cuenta de algo.
No respondí.
No podía.
—Que perder… también puede gustarte.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Más cargado.
Más íntimo.
Más peligroso.
Porque esta vez… no quería apartarme.
Y eso era exactamente lo que más me asustaba.
Pero no iba a ceder.
No todavía.
No ante él.
Sostuve su mirada, reuniendo lo poco que me quedaba de orgullo, de fuerza, de control.
—Entonces prepárate para perder tú.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
Y por primera vez…
pareció disfrutarlo de verdad.