Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 14
La invitación llegó en una caja de madera de sándalo, sin remitente, pero con un aroma que conocía mejor que mi propia piel. Dentro, envuelto en papel de seda, descansaba un vestido que parecía haber sido tejido con la medianoche misma. Era de un azul tan oscuro que rozaba el negro, con encaje de plata que recordaba a la escarcha sobre las ramas de invierno.
No había nota. No hacía falta. Aquello era un desafío, una orden silenciosa de Alistair: "Ven y demuéstrame que puedes sobrevivir a mi mundo".
El día del Baile de Invierno, el cuartel se sentía como una olla a presión. Los carruajes de la nobleza empezaron a llegar al palacio anexo, y el sonido de los violines ya se filtraba por las ventanas de piedra. Yo, encerrada en mi pequeña habitación, contemplaba el vestido con una mezcla de terror y una excitación que me hacía temblar las manos.
Me llevó una hora entrar en aquella prenda. El corsé apretaba mi cintura, obligándome a mantener una postura erguida que nunca había tenido, y el escote, aunque elegante, revelaba más piel de la que mi timidez consideraba segura. Me solté el cabello, dejando que las ondas castañas cayeran sobre mis hombros, y me puse la pequeña máscara de plata que venía con el conjunto.
Cuando me miré al espejo, no vi a la "ratona de biblioteca" que Lady Genevieve despreciaba. Vi a una mujer con fuego en los ojos y el mapa de un hombre grabado en el alma.
Crucé el patio hacia el gran salón de baile. Mi corazón martilleaba con tanta fuerza que temía que el encaje del vestido se rasgara. Al entrar, la opulencia me abofeteó: miles de velas, joyas que valían fortunas y el murmullo constante de una corte que se alimentaba de chismes.
—Vaya, vaya... parece que la cenicienta ha encontrado un hada madrina.
Me detuve en seco. Genevieve estaba allí, rodeada de un séquito de oficiales. Vestía de un dorado insultante, brillando como un sol artificial. Su mirada recorrió mi vestido con una envidia que no pudo ocultar.
—Un vestido precioso, Elena. Lástima que la seda no pueda comprar un linaje —siseó, acercándose a mi oído—. Alistair está en el estrado con la Reina. Ni siquiera se ha dado cuenta de que has entrado. Para él, esta noche solo existe el deber... y yo.
—El deber es lo que dice, milady —respondí, sintiendo cómo el frío de Alistair se me contagiaba para protegerme—. Pero sus ojos siempre han preferido la sombra a la luz cegadora.
Me alejé de ella antes de que pudiera replicar. Mi mirada buscó desesperadamente la figura que dominaba la sala. Y allí estaba él.
Alistair Thorne, el Duque de Oakhaven, se erguía en el estrado como un dios de la guerra en reposo. Su uniforme de gala negro y plata era impecable, y su máscara de halcón le daba un aire depredador. Estaba hablando con la Reina, pero su cuerpo estaba tenso, su mano apoyada en la empuñadura de su espada de ceremonia.
De repente, como si sintiera mi presencia, giró la cabeza.
A través de la multitud, a través de las máscaras y las mentiras, nuestras miradas chocaron. Sentí una descarga eléctrica que me recorrió desde los dedos de los pies hasta la raíz del cabello. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos sobre su espada. Su control, ese famoso Muro de Invierno, se agrietó visiblemente durante un segundo eterno.
Bajó del estrado sin pedir permiso a la Reina, ignorando las reverencias y los saludos de los condes y duques. Caminó hacia mí con una determinación que hizo que la multitud se apartara como las aguas de un mar negro.
Se detuvo frente a mí. El calor que emanaba de él era un contraste violento con el aire acondicionado del salón. Podía oler su deseo, mezclado con el licor y el acero.
—No te ordené que vinieras —dijo su voz ronca, una vibración que sentí en mi propio vientre.
—No necesitaba una orden para reclamar lo que es mío, Excelencia —respondí, sosteniendo su mirada.
Él soltó un gruñido bajo, casi imperceptible para los demás. Su mano, firme y caliente, se cerró sobre la mía.
—Baila conmigo —no fue una petición.
Me arrastró hacia el centro de la pista justo cuando la orquesta empezaba un vals lento y cargado de tensión. Sus dedos se hundieron en mi cintura, pegándome a su cuerpo con una posesividad que hizo que varios invitados soltaran jadeos de asombro. La sensualidad del momento era asfixiante. Estábamos rodeados de gente, pero para mí, solo existía el roce de su muslo contra el mío a través de la tela, el calor de su mano en mi espalda descubierta y la promesa de violencia y placer que brillaba en sus ojos grises.
—Estás provocando un escándalo, Elena —murmuró contra mi sien mientras girábamos—. Mañana toda la corte sabrá que el Comandante ha bailado con una plebeya antes que con su supuesta prometida.
—Que hablen —dije, envalentonada por su cercanía—. Que sepan que el Muro de Invierno tiene una dueña.
Alistair apretó su agarre, acercándome tanto que podía sentir su excitación presionando contra mi abdomen. Sus ojos bajaron a mi escote, recorriendo la piel que él mismo había marcado días antes en su despacho. Un destello de hambre salvaje cruzó su rostro.
—Si no estuviéramos en este salón —susurró, su aliento rozando mi oreja—, te llevaría a los jardines y te demostraría exactamente por qué no deberías jugar con fuego.
—Entonces lléveme —desafié, mi voz cargada de un deseo que ya no podía ni quería ocultar.
El vals terminó, pero él no me soltó. Nos quedamos allí, en medio de la pista, mientras el silencio de la corte se volvía pesado. Las espinas de la envidia de Genevieve se sentían en mi nuca, pero yo solo podía ver el acero en los ojos de Alistair.
Habíamos cruzado el punto de no retorno. El baile de tensión apenas comenzaba, y yo estaba dispuesta a bailar hasta que el invierno mismo se derritiera bajo nuestros pies.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉