Un delegado de policía consumido por la venganza. Un chef que carga con una condena que no le pertenece. El mismo enemigo. Un deseo que ninguno de los dos puede controlar.
Vinícius Cruz lleva años cazando al narcotraficante que destruyó a su familia. Frío, implacable y sin espacio para el amor, su vida se reduce a una obsesión: hacer justicia con sus propias manos. Hasta que una noche, en medio del caos de una discoteca, sus ojos se cruzan con los de un desconocido que le roba el aliento.
Saullo Dantas acaba de salir de prisión después de cumplir tres años por un crimen que no cometió. Carga con cicatrices que no puede mostrar, secretos que no puede contar y un plan de venganza que podría costarle la vida. Lo último que necesita es caer rendido ante un hombre que esconde su propia identidad.
Lo que empieza como una atracción imposible de ignorar se convierte en algo que ninguno de los dos sabe nombrar. Pero cuando las mentiras se derrumban y el pasado los alcanza, Vinícius y Saullo descubrirán que comparten mucho más que una cama: comparten al mismo demonio.
Entre traiciones, secretos policiales y un enemigo que acecha en las sombras, tendrán que decidir si el amor es suficiente razón para arriesgarlo todo... incluso la vida.
Una historia de pasión sin límites, segundas oportunidades y la certeza de que el corazón no entiende de reglas.
Para mayores de 18 años. Contenido adulto explícito.
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Capítulo VIII (Vinícius Cruz)
"Cuando el deseo es mayor que las ganas de alejarse"
Entramos al departamento de Saulo. Ni siquiera miré la decoración del lugar; estaba medio oscuro, pero lo que me importaba era quedarme pegado a su cuerpo, sintiendo ese aroma y el calor de ese cuerpo pegado al mío.
Mis manos impacientes acariciaban cada parte de su cuerpo suave. Él me condujo hasta su cuarto sin soltar mis labios.
Saullo es un tipo perfecto. Nada de cintura delgada y trasero redondo, sino un pecho ancho. Es un hombre como yo, y eso es lo que me atrajo de él.
Él es más grande que yo, pero yo soy más fuerte que él. Estábamos librando una batalla de quién era el dominado y quién el dominador.
Empezamos a quitarnos la ropa con la urgencia de sentir nuestros cuerpos desnudos. Me empujó sobre su cama y se subió encima de mí como un tigre acechando a su presa. Mis ojos bajaron hasta esa v***a gruesa que me hizo pensar si eso cabría dentro de mí. Ya estaba consciente de que no sería el dominador, sino el dominado. Pero no me importaba. Aunque nunca había sido pasivo, en ese momento solo quería estar con él. Ya estaba metido en esto y no quería salirme.
—¿Tenía que ser tan grande? —lo provoqué, haciendo aparecer esa linda sonrisa con hoyuelos en sus mejillas.
—¡Tú tampoco eres nada pequeño! —me respondió sobre mis labios con esa voz ronca que me puso la verga aún más dura.
Mientras me besaba por todo el rostro, volviendo a mi boca, su mano bajó hasta mi trasero.
—Es tan bonito... No le voy a hacer daño —murmuró acariciándome las nalgas.
Gimió en mi oído mientras me penetraba con el primer dedo. Sentí una leve incomodidad, pero él me besó para hacerme olvidar la molestia. Ni sentí el tercero de lo fuera de mí que ya estaba.
Mis gemidos salían fuerte y él me apretaba con más fuerza contra la cama. Estaba a punto de venirme solo con sus dedos grandes.
—¡Cógeme ya, Saullo, no quiero venirme en tu dedo!
Mi voz casi no salía.
—¿Andas apurado, bebé?
No puedo creer que me llamó bebé mientras me lamía el cuello.
—¿Tienes condones aquí? —me acordé de repente. Nunca cogí sin condón.
Saulo se apartó un poco de mí; al lado de la cama había una mesita. Abrió el cajón y sacó un paquete de condones. Se lo llevó a la boca y lo rasgó con los dientes. Ahora estoy listo para que me coja.
Se puso entre mis piernas sin quitarme los ojos de encima mientras se ponía el condón en esa verga que ya estaba escurriendo. Levantó mis piernas y las puso sobre sus hombros. Pensé que me iba a coger en cuatro, pero quiso de frente, mirándome a los ojos. Comenzó a rozar mi entrada virgen, pero él no lo sabía. Parecía leer mis pensamientos, como si supiera que era mi primera vez siendo pasivo. Bien lento fue entrando en mí. Parecía que me estaban partiendo a la mitad.
Apreté los dientes para soportar el dolor, que poco a poco se fue transformando en un placer como nunca había sentido. No pude contener un grito cuando me entró de una vez. Mis manos lo sujetaron por los hombros, jalándolo hacia un beso mojado, lleno de lengua, que parecía querer devorarme.
Nunca pensé que sería dominado de esta manera y que iba a amar cada toque suyo. No tengo ningún problema en ceder ante mi pareja, pero ninguno de ellos me había hecho querer tanto que me cogiera como Saullo.
—Por favor... Saullo, ¡más fuerte!
Pedí con un hilo de voz.
—¿Estás seguro, bebé?
Me miraba de una manera que me excitaba aún más.
—Te juro... que te mato... si sigues así.
Una sonrisa se escapó entre mis labios.
Hablé de más. Saulo me cogió toda la noche de todas las maneras posibles. Ni recuerdo cuántos condones usó. Mi trasero quedó destrozado, pero estoy más que feliz. Nunca imaginé que ser pasivo fuera tan bueno.
Varias veces Miguel quiso cogerme, pero yo nunca quise.
Él parecía fuera de control, una verdadera máquina del sexo. Yo estaba amando la intensidad, los besos suaves que me dejaban aún más débil.
—Carajo... ¿qué trasero tan rico es este? —gimió en mi oído.
—Aprovecha que hoy... es todo tuyo —respondí llegando ya a mi límite de placer. Caí sobre él viniéndome fuerte.
Solté un gemido fuerte y él hizo lo mismo. Estábamos muertos; se dejó caer sobre mí, quedando los dos embarrados de semen.
Se volteó y me jaló para quedar recostado sobre él. Algo que yo no hacía con nadie con quien hubiera cogido. Sus manos grandes bajaron por mi espalda y las mías recorrían su pecho cubierto de tatuajes.
—¿Nos bañamos? —sugirió Saullo.
Yo no tenía ni la menor intención de levantarme de su pecho y tampoco sentía mis piernas.
—¡Estoy muerto, carajo!
Dije sin un poco de vergüenza. Realmente me había acabado.
—Te ayudo a levantarte.
Se ofreció levantándose de la cama y me extendió la mano para sostenerme.