Sin loba. Sin linaje. Sin lugar en el mundo.
Criada como sirvienta en la manada más despiadada del reino, Lyra ha sobrevivido dieciocho años de desprecio ocultando lo único que la hace diferente: un cabello blanco como la luna que tiñe de negro cada noche, y un poder latente que ni ella misma comprende.
Cuando el Alfa Vane —el hombre que debería ser su compañero destinado— la rechaza públicamente para coronar a otra como su Luna, Lyra hace lo impensable: lo rechaza de vuelta. Las palabras de ruptura le destrozan el alma, pero también encienden algo antiguo en su sangre.
Y entonces aparece él.
Aron. El Soberano.
Un ser milenario de ojos negros como el abismo, tan letal como seductor, que ha esperado siglos por una mujer con aroma a madreselva y ojos que guardan tormentas. Desde el momento en que la atrapa entre sus brazos, Aron no piensa soltarla. Nunca.
Pero el nuevo vínculo que los une despierta fuerzas que llevaban generaciones dormidas. Lyra descubre que su linaje no está extinto... y que el hombre que la reclama como suya guarda un secreto capaz de destruirlo todo.
Mientras conspiraciones ancestrales, traiciones políticas y un enemigo que devora almas cierran el cerco, Lyra deberá elegir entre el amor que la hace invencible y la verdad que podría convertir a su compañero en su peor enemigo.
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La máscara de ébano
El silencio de la cabaña de Mara era el único refugio que tenía.
Entré de puntitas, viendo la silueta de mi madre adoptiva descansando bajo las mantas pesadas.
Mis músculos gritaban de agotamiento, pero antes de acostarme, me detuve frente al pequeño espejo de metal pulido en la pared.
Parecía un fantasma.
Mi piel estaba pálida como la nieve de afuera, haciendo que mis ojos verdes claros resaltaran en el rostro cansado.
Mis labios seguían demasiado rosados, y mis mejillas insistían en mantener ese tono de salud que yo despreciaba.
— Frágil... — susurré, dándome palmaditas suaves en el rostro, tratando de ahuyentar la delicadeza que me delataba.
— No basta con ser débil a sus ojos, Lyra. ¿Encima tienes que parecer muñeca de porcelana?
Solté la liga que me sujetaba el cabello y el peso de los mechones me cayó sobre los hombros.
Fue entonces cuando lo noté.
El tinte negro que usaba religiosamente estaba fallando.
En la raíz, un brillo plateado y puro comenzaba a vencer lo artificial.
Mi cabello era blanco desde que tengo memoria.
De niña, fui tan perseguida y ridiculizada por aquel "color de vieja" que decidí pintarlo de negro para intentar desaparecer entre la multitud de lobos oscuros de la Sangre Negra.
Pero últimamente, mi cabello parecía crecer con una prisa sobrenatural, como si estuviera ansioso por revelar su verdadero rostro.
— Mañana me encargo de eso — murmuré, con los párpados pesados.
— Si aparezco en el banquete con raíces blancas, Thorin tendrá un motivo más para reírse.
Miré mis manos, lista para ver los cortes feos del trabajo con las pieles, pero fruncí el ceño.
Las heridas profundas de horas atrás eran ahora apenas líneas rosadas casi invisibles.
"El té de Mara..." pensé con gratitud. Mi madre siempre decía que esas hierbas eran especiales para curar heridas, pero nunca había visto nada actuar tan rápido.
Mi piel parecía negarse a conservar cicatrices, como si se estuviera regenerando para algo mayor.
Me acosté en el colchón de paja, sintiendo el calor de la chimenea menguante.
El cansancio me jaló hacia un sueño profundo, pero en el fondo de mi mente, el susurro de aquella voz extraña todavía hacía eco.
El sueño me arrastró a un abismo de niebla, pero no era frío.
Donde yo pisaba, la nieve se derretía en vapor.
En el sueño, no era la sirvienta exhausta de manos maltrechas.
Estaba desnuda, o casi, envuelta apenas en una seda blanca que parecía hecha de luz lunar.
Mi cabello... no estaba negro. Caía por mi espalda como una cascada de plata viva, brillando con una pureza que jamás le permití ver al mundo.
Sentí una presencia detrás de mí.
El aire se volvió denso, cargado con un olor masculino y una tormenta eléctrica inminente.
Brazos fuertes y posesivos me envolvieron la cintura, jalando mi cuerpo contra un pecho amplio y cálido.
No podía verle el rostro, solo la sombra de una mandíbula marcada y el brillo de unos ojos que parecían derretirse en la oscuridad.
Inclinó el rostro, los labios rozándome la curva del cuello, enviando oleadas de descarga eléctrica por cada nervio de mi cuerpo.
Sus manos grandes subieron, reclamando cada centímetro de mi piel sudada, mientras su voz —un trueno ronco y hambriento— vibraba contra mi oído: — "Mía."
No era una petición.
Era una marcación.
Un comando que hacía hervir mi sangre y a mi cuerpo clamar por más.
Me besó con una intimidad feroz, una entrega que nunca imaginé posible, y por un momento, yo no era frágil.
Era soberana.
Desperté de golpe, un grito mudo atrapado en la garganta.
Mi pecho subía y bajaba violentamente.
Estaba jadeante, la piel cubierta por una fina capa de sudor, y el colchón de paja se sentía demasiado caliente.
Mi cuerpo aún vibraba con la memoria de aquel toque, una humedad incómoda y desconocida entre mis muslos que me hizo sonrojarme en la oscuridad de la cabaña.
Me llevé la mano al cuello, casi esperando sentir la marca de sus dientes ahí.
— Fue solo un sueño... — susurré hacia la oscuridad, mi voz saliendo ronca y temblorosa.
Pero al mirar por la ventana, vi que la luna del solsticio ya estaba alta.
El día del banquete se acercaba. Y, en el fondo de mi mente, el eco de aquella voz de roble y tormenta seguía diciendo que el sueño apenas estaba comenzando.