Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 6: “Cuando el parque nos volvió a unir”
Nos encontramos en el parque como habíamos quedado. Yo iba caminando con el corazón a mil, como si me estuviera saliendo del pecho. No sabía exactamente cómo iba a ser ese momento después de todo lo que habíamos pasado, pero lo que sí sabía era que lo extrañaba demasiado.
Cuando llegué, lo vi.
Ahí estaba él, Brando Caicedo, sentado en una banca del parque, con esa postura seria de siempre, mirando al frente como si estuviera pensando en mil cosas al mismo tiempo. El viento le movía un poco la camiseta y tenía las manos juntas, como inquieto.
Yo me quedé quieta un segundo mirándolo.
No sé cómo explicar lo que sentí en ese momento… era como alivio, como nervios, como felicidad todo junto.
Él levantó la mirada y me vio.
Y ahí todo cambió.
Se paró de inmediato.
Yo caminé hacia él despacio, sin decir nada, porque no me salían las palabras. Y cuando llegué, antes de que yo pudiera hablar o decir algo, él me miró fijo, como si ya no existiera la pelea, como si solo estuviéramos nosotros dos.
Y pasó.
Me agarró suave de la cintura y me besó.
Fue un beso lleno de todo lo que no nos habíamos dicho. Ternura, emoción, esa cosa rara que uno siente cuando ama a alguien de verdad. Yo sentí como si se me hubiera detenido el mundo por un segundo.
Era como si el piso se me moviera.
Como si todo alrededor desapareciera.
Cuando me besaba, sentía que me llevaba lejos de todo, como si me subiera a las nubes sin avisar. No era solo un beso… era como una forma de decir “te extrañé”, “no quiero perderte”, “aquí estoy otra vez contigo”.
Yo cerré los ojos sin pensarlo.
Y en ese momento, todo lo malo que había pasado antes se me olvidó un poquito.
Cuando nos separamos, él me quedó mirando todavía cerca, con la respiración un poco rápida.
Yo me reí bajito, nerviosa.
—Brando… —le dije suave—.
Él no dijo nada al principio. Solo me miraba.
Y después habló.
—Te extrañé, mami —me dijo con esa voz baja que solo usa conmigo.
Yo sentí el corazón apretado.
—Yo también… —le respondí sincera.
Nos sentamos en la banca juntos.
Esta vez más cerca que antes.
Hubo un silencio raro, pero no incómodo. Era como si los dos estuviéramos tratando de volver a estar bien sin hablar demasiado del pasado.
Yo lo miré de reojo.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Él suspiró.
—Más o menos… —me dijo—. Pero contigo aquí ya me siento mejor.
Yo bajé la mirada y sonreí un poquito.
—No tenías que ser así conmigo ese día… —le dije bajito.
Él me miró de inmediato.
—Ya te dije que estaba enojado… —me respondió—. Pero no es que no me importés, Violeta.
Yo asentí despacio.
—Yo sé… —le dije—. Pero me dolió.
Él se quedó callado un segundo.
Luego habló más suave.
—A mí también me dolió que te fueras así.
Yo lo miré.
—Pero vos me hablaste feo… —le recordé.
Él bajó la cabeza un poco.
—Sí… la cagué —dijo sin rodeos.
Eso me sorprendió un poquito, porque no es muy de admitir esas cosas así fácil.
Yo respiré hondo.
—Solo no quiero que volvamos a eso… —le dije—. A tratarnos mal.
Él me miró fijo otra vez.
—No quiero perderte, Violeta.
Cuando dijo eso, sentí algo en el pecho.
No era exagerado, pero sí fuerte.
—Yo tampoco… —le respondí.
Nos quedamos un momento en silencio otra vez.
Pero esta vez era distinto.
Más tranquilo.
Más cercano.
Él me tomó la mano suavemente.
Yo lo miré.
—Vení… —me dijo.
Yo me acerqué un poquito más.
Y él me dio otro beso, más calmado esta vez.
No fue como el primero, que fue intenso por todo lo que había pasado, sino más tranquilo, más de “aquí estamos otra vez”.
Yo sentí como si todo se acomodara un poquito dentro de mí.
Cuando nos separamos, yo me quedé mirándolo.
—Vos me volvés loca… —le dije medio riéndome.
Él soltó una pequeña sonrisa.
—Y vos a mí —me respondió.
Yo negué con la cabeza.
—Pero sos complicado, Brando…
Él suspiró.
—Yo sé… —dijo—. Pero contigo trato de ser mejor.
Eso me hizo callar.
Porque aunque él tiene su forma de ser, cuando dice cosas así… uno le cree.
Nos quedamos ahí sentados un buen rato, hablando de cosas pequeñas, del barrio, de mi casa, de su día, como intentando volver a la normalidad.
Pero había algo diferente.
Ya no éramos los mismos de antes de la pelea.
Había algo más frágil, como si los dos supiéramos que lo nuestro no es perfecto.
Antes de irme, él me apretó la mano.
—No te vayas peleada conmigo otra vez —me dijo.
Yo lo miré.
—No quiero… —le respondí—. Pero vos también pon de tu parte.
Él asintió.
—Lo voy a intentar.
Yo sonreí un poco.
—Yo también.
Me paré de la banca, y antes de irme, él me dio un último beso en la frente.
—Te cuidas, mami —me dijo.
—Vos también —le respondí.
Y me fui caminando por el parque, con el corazón más tranquilo que antes, pero con una sensación rara también.
Porque aunque habíamos vuelto a estar bien…
yo sentía que nuestra historia no era fácil.
Y que esto apenas era un momento de calma… antes de algo más.
Nos encontramos en el parque como habíamos quedado. Yo iba caminando con el corazón a mil, como si me estuviera saliendo del pecho. No sabía exactamente cómo iba a ser ese momento después de todo lo que habíamos pasado, pero lo que sí sabía era que lo extrañaba demasiado.
Cuando llegué, lo vi.
Ahí estaba él, Brando Caicedo, sentado en una banca del parque, con esa postura seria de siempre, mirando al frente como si estuviera pensando en mil cosas al mismo tiempo. El viento le movía un poco la camiseta y tenía las manos juntas, como inquieto.
Yo me quedé quieta un segundo mirándolo.
No sé cómo explicar lo que sentí en ese momento… era como alivio, como nervios, como felicidad todo junto.
Él levantó la mirada y me vio.
Y ahí todo cambió.
Se paró de inmediato.
Yo caminé hacia él despacio, sin decir nada, porque no me salían las palabras. Y cuando llegué, antes de que yo pudiera hablar o decir algo, él me miró fijo, como si ya no existiera la pelea, como si solo estuviéramos nosotros dos.
Y pasó.
Me agarró suave de la cintura y me besó.
Fue un beso lleno de todo lo que no nos habíamos dicho. Ternura, emoción, esa cosa rara que uno siente cuando ama a alguien de verdad. Yo sentí como si se me hubiera detenido el mundo por un segundo.
Era como si el piso se me moviera.
Como si todo alrededor desapareciera.
Cuando me besaba, sentía que me llevaba lejos de todo, como si me subiera a las nubes sin avisar. No era solo un beso… era como una forma de decir “te extrañé”, “no quiero perderte”, “aquí estoy otra vez contigo”.
Yo cerré los ojos sin pensarlo.
Y en ese momento, todo lo malo que había pasado antes se me olvidó un poquito.
Cuando nos separamos, él me quedó mirando todavía cerca, con la respiración un poco rápida.
Yo me reí bajito, nerviosa.
—Brando… —le dije suave—.
Él no dijo nada al principio. Solo me miraba.
Y después habló.
—Te extrañé, mami —me dijo con esa voz baja que solo usa conmigo.
Yo sentí el corazón apretado.
—Yo también… —le respondí sincera.
Nos sentamos en la banca juntos.
Esta vez más cerca que antes.
Hubo un silencio raro, pero no incómodo. Era como si los dos estuviéramos tratando de volver a estar bien sin hablar demasiado del pasado.
Yo lo miré de reojo.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Él suspiró.
—Más o menos… —me dijo—. Pero contigo aquí ya me siento mejor.
Yo bajé la mirada y sonreí un poquito.
—No tenías que ser así conmigo ese día… —le dije bajito.
Él me miró de inmediato.
—Ya te dije que estaba enojado… —me respondió—. Pero no es que no me importés, Violeta.
Yo asentí despacio.
—Yo sé… —le dije—. Pero me dolió.
Él se quedó callado un segundo.
Luego habló más suave.
—A mí también me dolió que te fueras así.
Yo lo miré.
—Pero vos me hablaste feo… —le recordé.
Él bajó la cabeza un poco.
—Sí… la cagué —dijo sin rodeos.
Eso me sorprendió un poquito, porque no es muy de admitir esas cosas así fácil.
Yo respiré hondo.
—Solo no quiero que volvamos a eso… —le dije—. A tratarnos mal.
Él me miró fijo otra vez.
—No quiero perderte, Violeta.
Cuando dijo eso, sentí algo en el pecho.
No era exagerado, pero sí fuerte.
—Yo tampoco… —le respondí.
Nos quedamos un momento en silencio otra vez.
Pero esta vez era distinto.
Más tranquilo.
Más cercano.
Él me tomó la mano suavemente.
Yo lo miré.
—Vení… —me dijo.
Yo me acerqué un poquito más.
Y él me dio otro beso, más calmado esta vez.
No fue como el primero, que fue intenso por todo lo que había pasado, sino más tranquilo, más de “aquí estamos otra vez”.
Yo sentí como si todo se acomodara un poquito dentro de mí.
Cuando nos separamos, yo me quedé mirándolo.
—Vos me volvés loca… —le dije medio riéndome.
Él soltó una pequeña sonrisa.
—Y vos a mí —me respondió.
Yo negué con la cabeza.
—Pero sos complicado, Brando…
Él suspiró.
—Yo sé… —dijo—. Pero contigo trato de ser mejor.
Eso me hizo callar.
Porque aunque él tiene su forma de ser, cuando dice cosas así… uno le cree.
Nos quedamos ahí sentados un buen rato, hablando de cosas pequeñas, del barrio, de mi casa, de su día, como intentando volver a la normalidad.
Pero había algo diferente.
Ya no éramos los mismos de antes de la pelea.
Había algo más frágil, como si los dos supiéramos que lo nuestro no es perfecto.
Antes de irme, él me apretó la mano.
—No te vayas peleada conmigo otra vez —me dijo.
Yo lo miré.
—No quiero… —le respondí—. Pero vos también pon de tu parte.
Él asintió.
—Lo voy a intentar.
Yo sonreí un poco.
—Yo también.
Me paré de la banca, y antes de irme, él me dio un último beso en la frente.
—Te cuidas, mami —me dijo.
—Vos también —le respondí.
Y me fui caminando por el parque, con el corazón más tranquilo que antes, pero con una sensación rara también.
Porque aunque habíamos vuelto a estar bien…
yo sentía que nuestra historia no era fácil.
Y que esto apenas era un momento de calma… antes de algo más.