Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.
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Un día como todos, que no era como ninguno!
Almas en Distinto Cielo
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Capítulo IV
Un día como todos
que no era como ninguno
— Porque el destino no avisa. Solo empuja. —
◆
Buenos Aires — Un martes de lluvia
★ ★ ★
Valeria
Llovía de esa manera en que Buenos Aires llueve cuando quiere demostrar algo: sin aviso, sin disculpas, con una determinación que inunda veredas y desorganiza el mundo entero. Valeria lo supo desde que abrió los ojos ese martes. Lo supo por el sonido contra la ventana, por ese gris particular que se filtraba entre las persianas, por el modo en que el frío entraba bajo la puerta como si tuviera prisa.
Se levantó igual. Siempre se levantaba igual.
Tardó cuarenta minutos en conseguir transporte. Las uber motos no salían con esa lluvia —nadie podía culparlas— y los colectivos llegaban llenos, desbordados, con esa indiferencia de las cosas que no pueden con más. Esperó bajo un alero con el bolso contra el pecho, el uniforme que no podía mojarse debajo del saco, mirando la calle anegarse con una paciencia que no era resignación sino algo más trabajado que eso: la certeza de que resistir también es una forma de ganar.
Pensó en Franco mientras esperaba.
No lo había buscado en mucho tiempo. Pero esa mañana, con la lluvia golpeando el alero y el mundo corriendo sin verla, abrió las redes sociales y fue directo a su foto. La misma de siempre. Esos ojos oscuros. Esa sonrisa que llegaba despacio.
"¿Por qué te fuiste?" le preguntó sin escribirlo. "Nunca supe lo que era estar en tus brazos. Aún recuerdo tus besos. Qué injusta, Franco. Qué injusta la vida."
Cerró el teléfono. Guardó todo eso en el lugar donde guardaba las cosas que no tenían respuesta. Y cuando llegó el colectivo, subió.
Llegó al hotel empapada de las rodillas para abajo. Soledad la vio entrar y sin decir una palabra fue a buscarle una toalla del carro de limpieza. Así eran ellas dos: economía de palabras, abundancia de gestos.
"Día de mierda," dijo Soledad entregándole la toalla.
"Día de martes," corrigió Valeria.
"Es lo mismo."
Se rieron. Y durante un rato, entre el chirrido del carro y el olor a lavandina y las habitaciones que se sucedían unas a otras como los días —todas iguales, todas distintas— el peso de la mañana se hizo un poco más liviano.
A media mañana, la supervisora las reunió a todas en el pasillo del tercer piso. Diez mujeres con uniformes grises que se miraron entre sí con esa expresión que tiene la gente cuando le anuncian algo importante sin haberla preparado para ello.
"El mes que viene recibimos una producción del exterior. Una filmación. Internacional." La supervisora hablaba con el tono de quien lee un comunicado que no termina de entender pero que debe transmitir con autoridad. "Van a necesitar el hotel en condiciones impecables. Varias semanas de trabajo. Muchas horas." Pausa. "Las que quieran las horas extras, que me avisen hoy."
Valeria levantó la mano antes de que la supervisora terminara la oración. Soledad, a su lado, hizo lo mismo. No se miraron. No hacía falta.
Horas extras. Dinero que no estaba en el presupuesto pero que sí estaba en la necesidad. La cuota de la universidad de Alma. Las zapatillas nuevas de Mateo —las que el entrenador había dicho que ya eran urgentes. El mes que se venía, que siempre llegaba antes de que uno estuviera listo para recibirlo.
Esa tarde, de vuelta en casa, Valeria encontró a sus hijos sentados a la mesa de la cocina. Alma con los apuntes abiertos y la concentración de quien estudia de verdad, no de quien finge estudiar. Mateo con la pelota de básquet en el regazo —siempre en el regazo, como si fuera una extensión de su cuerpo— haciendo algo en el teléfono con esa velocidad de los adolescentes que teclean más rápido que piensan.
"Compramos comida hecha," dijo Alma sin levantar los ojos. "No cocinés."
Valeria los miró. La cena sobre la mesada. El orden que habían hecho —imperfecto, a su manera, pero orden al fin. Mateo que la miró de reojo con esa expresión de ¿ves que puedo? que usaba cuando hacía algo bien y no quería que pareciera que buscaba aprobación.
Algo se le apretó en el pecho. De esos apretones buenos que duelen igual.
También les contó lo de Alma. La decisión que habían tomado juntas hacía unas semanas y que Valeria seguía cargando sola: este año, sin federación, sin seleccionado, sin los gastos que eso implicaba. Pero Alma quería competir una vez más. Una última vez, fuera de la estructura oficial, por su cuenta, solo por el amor de hacerlo. Para cerrar ese capítulo de su vida parada sobre el hielo —o sobre el piso pulido de los gimnasios donde había dejado años de madrugadas y caídas y volver a levantarse— con una despedida que ella misma eligiera.
Valeria había dicho que sí. Por supuesto que había dicho que sí. No sabía todavía de dónde saldría el dinero para el vestuario, para el traslado, para todo lo que una competencia requiere aunque sea pequeña. Pero lo encontraría. Siempre encontraba la manera.
Mateo, por su parte, había tomado su propia decisión en silencio y se la comunicó esa noche con esa mezcla característica de terquedad y ternura que lo definía: cambiaba de club. Uno más cerca, más barato, sin sacrificar el nivel. "Para que no gastes tanto, ma." Lo dijo mirando la pelota. No a ella. Porque mirándola a ella hubiera sido demasiado, y Mateo tenía quince años y todavía no sabía cómo ser tierno sin sentir que era una debilidad.
Esa noche Valeria no hizo la cena. Se sentó en la cama, apagó la luz antes de las diez, y en la oscuridad dejó que los pensamientos fueran donde quisieran. Fueron, como casi siempre, a Franco. A lo que podría haber sido. A la abogacía que nunca estudió. A la abuelita de noventa años que a veces la miraba con esos ojos ya casi idos y decía su nombre —solo su nombre— como si fuera lo último que el mundo le debía recordar.
Se imaginó una vida paralela. Una en la que aquel día en el colegio ella había seguido a Franco. Una en la que no había conocido a Rodrigo Peralta —el padre de sus hijos, ese hombre que llegó a los diecisiete años de su vida cuando ella era demasiado joven para saber que fiel no es lo mismo que bien amada.
¿Qué habría sido de ella en esa otra vida?
No lo sabía. Solo sabía que en esta, a las diez de la noche con los pies cansados y el corazón lleno de cuentas sin cerrar, seguía esperando algo que no sabía nombrar. Algo que sentía, quieto y obstinado, en algún lugar debajo de todo el peso.
Se durmió pensando en eso. Sin saber que al otro lado del mundo, alguien acababa de tomar una decisión que un mes después los pondría en el mismo edificio.
Tokio — La misma semana
★ ★ ★
Sebastián
La propuesta llegó un miércoles, en formato de correo electrónico con cuatro archivos adjuntos y un asunto que Sebastián leyó dos veces antes de abrirlo: "Expansión Rhys Capital — Oportunidad estratégica Argentina." Lo cerró. Abrió sus otros correos. Respondió tres. Firmó un documento de Milán. Y volvió al correo de Argentina.
Lo leyó con la misma atención fría con que leía todo. Era una propuesta seria: un canal de entretenimiento porteño con proyección latinoamericana, interesado en co-producir contenido con el sello de su grupo. El mundo del Kdrama —ese fenómeno que había cruzado océanos y culturas y que seguía creciendo con una velocidad que pocos habían sabido anticipar— estaba llamando a puertas nuevas, y Buenos Aires, con su industria audiovisual, su talento y su hambre de mercados, era una de esas puertas.
Sebastián dejó la propuesta sobre el escritorio y fue a la ventana. Tokio a las dos de la tarde: edificios, luz, movimiento ordenado. Su ciudad. Su mundo. El que entendía.
Argentina era otra cosa. Sebastián tenía opiniones sobre Argentina que no eran sentimentales sino económicas, políticas, estructurales. Un país que se reinventaba cada década con una urgencia que admiraba y una inestabilidad que desconfiaba. No era el tipo de mercado en el que él solía operar. Demasiado impredecible. Demasiado... humano, pensó, sin saber exactamente qué quería decir con eso.
Pero la propuesta era buena. Y Sebastián Rhys tenía la disciplina de no dejar que sus preferencias personales interfirieran con lo que los números le decían.
La noche del 30 de septiembre
La vela encendida. El despacho cerrado. La oscuridad que sabe esperar.
Esa noche llegó una mujer. Sebastián la sintió antes de percibir su forma —una urgencia sin palabras, una angustia que no era suya pero que reconoció como legítima de inmediato.
Cuatro hijos. Una caja en el patio trasero. Una vida entera de ahorro en silencio que la muerte había cortado antes de que pudiera entregarse.
Sebastián escuchó. Tomó nota mental del número que le llegó —no escrito, nunca escrito, nunca podría explicar cómo lo recibía. Simplemente sabía.
Cuando la vela llegó a la mitad, la mujer se fue. Y Sebastián permaneció en la oscuridad un momento más, con esa sensación particular que tenía después de cada noche de los treinta: la de haber hecho algo que importaba de una manera que el mundo de los negocios nunca podría replicar.
A la mañana siguiente llamó. Una voz joven, desconfiada, que casi cortó antes de que él terminara la primera oración. Sebastián habló con la precisión de quien sabe que tiene poco tiempo para ser creído. Dio detalles que nadie podía conocer. Hubo silencio del otro lado. Luego una pregunta en voz baja: "¿Quién sos?"
No respondió esa pregunta. Dio una dirección. Una hora. Y al día siguiente fue.
La casa era humilde, en las afueras de Tokio —había viajado él mismo, sin asistentes, sin chófer. Cuatro jóvenes lo miraron desde la puerta con esa mezcla de incredulidad y esperanza que tienen los que han perdido demasiado para seguir siendo puramente escépticos. Fueron al patio trasero. Sebastián señaló el lugar sin vacilar. Cuando la pala tocó la caja, uno de los chicos se sentó en el piso sin poder sostenerse.
"¿Qué necesita usted?" preguntó el mayor, con los ojos brillantes y la voz quebrada. "Lo que sea. Donde sea. Siempre."
Sebastián los miró. Cuatro rostros con el alivio todavía fresco, todavía sin procesar.
"Por ahora, nada," respondió. Y lo decía en serio. Pero guardó el ofrecimiento en algún lugar. Porque Sebastián Rhys sabía, mejor que nadie, que el mundo funciona en ciclos. Y que los favores genuinos tienen una manera de volver cuando más se necesitan.
Esa semana, mientras Argentina seguía llamando y él seguía sin decidir, llegó otra variable: un productor de su círculo más cercano estaba rodando un nuevo Kdrama. Park Jinho, cuarenta y dos años, el mejor olfato de la industria para historias que cruzan culturas. Necesitaba trasladar tres semanas de filmación a Buenos Aires. Exteriores. Atmósfera. Una ciudad que pudiera ser muchas ciudades al mismo tiempo.
Y necesitaba a alguien del peso de Sebastián para manejar las negociaciones locales, los permisos, las inevitables complicaciones de un rodaje en un país que Jinho no conocía.
"Mandá a alguien de tu equipo," dijo Sebastián.
"Mandé a Kenji el año pasado a México," respondió Jinho. "Casi nos demandan tres veces." Pausa. "Necesito a alguien que inspire respeto inmediato. Eso sos vos."
Sebastián no respondió ese día.
Tampoco al día siguiente.
Pero el tercer día, con tres propuestas abiertas sobre el escritorio y la voz de su madre diciéndole deja de resistirte a algo que ya está pasando resonando en algún lugar que no era exactamente la memoria, llamó a su asistente.
"Reservá vuelos para Buenos Aires. El mes que viene." Una pausa. "Y conseguime información sobre el clima en octubre."
Su asistente, que llevaba seis años trabajando con él y había aprendido a no preguntar el porqué de las decisiones de Sebastián Rhys, respondió simplemente: "Entendido."
Esa noche, antes de dormir, Sebastián se quedó frente a la ventana más tiempo del habitual. Tokio parpadeaba abajo. Y él pensó —sin querer pensarlo, sin poder evitarlo— en el sueño. En los ojos marrones. En la voz que decía ven, abrázame. En el aroma que no pertenecía a ningún perfume del mundo pero que su cuerpo conocía mejor que su propio nombre.
¿Tendría algo que ver? Era una pregunta ridícula. Era la pregunta de alguien que cree en cosas que no pueden probarse.
Sebastián Rhys creía en exactamente esas cosas.
En Buenos Aires, una mujer levantó la mano para trabajar más horas sin saber por qué ese trabajo en particular iba a cambiarle la vida.
En Tokio, un hombre reservó un vuelo hacia un país que no quería visitar, empujado por fuerzas que no podía nombrar pero que había aprendido, a fuerza de noches del treinta, a no ignorar.
El mes que viene. Buenos Aires. Octubre.
El tiempo, que siempre había sido su enemigo, empezaba a parecerse sospechosamente a una promesa.
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Continuará en el Capítulo V