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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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capítulo 22: El Despertar de la Fiera

Anaís esperó a que Ricardo se sumergiera en el silencio de su vaso de whisky antes de retirarse a la habitación, moviéndose como un gato en la oscuridad. Se metió bajo las sábanas, fingiendo un sueño profundo cuando él regresó a la cama minutos después. Sintió el peso de Ricardo hundiéndose en el colchón y cómo su mano buscaba su cintura con una necesidad casi dolorosa.

"Me ocultas algo", pensó ella, mientras su corazón latía con una fuerza renovada por la adrenalina de la intriga. "Y voy a descubrir qué es".

A la mañana siguiente, la mansión amaneció envuelta en una neblina densa. Ricardo salió temprano, alegando una reunión urgente en el club que no podía posponer. Su despedida fue un beso largo, cargado de una desesperación que Anaís no pasó por alto.

—Quédate en casa, Anaís. No quiero que te esfuerces todavía —le ordenó él, acariciándole la mejilla.

—Lo que tú digas, mi amor —respondió ella con una sonrisa perfecta, la misma que ocultaba un plan ya trazado.

En cuanto el motor del coche se alejó, Anaís bajó al salón. Bianca estaba desayunando con Elvira. La niña, al verla, corrió a abrazarla, pero Anaís, aunque cariñosa, tenía los sentidos puestos en el despacho.

—Elvira, ¿dónde guarda Ricardo las llaves de su oficina? —preguntó con una naturalidad pasmosa mientras se servía café.

La empleada palideció, evitando la mirada de la nueva señora de la casa.

—El señor siempre las lleva consigo, señora. Nadie entra allí sin él.

—Bueno, siempre hay una primera vez para todo, ¿no? —replicó Anaís, guiñándole un ojo.

Aprovechando que Elvira se distrajo con Bianca en el jardín, Anaís se dirigió al despacho. Recordaba haber visto a Ricardo meter algo en el segundo cajón del escritorio la noche anterior. La puerta estaba cerrada, pero Anaís, cuya personalidad ahora era mucho más astuta y arrojada, no se detuvo. Recordó haber visto un juego de llaves de repuesto en el jarrón de la entrada antes de su accidente.

Tras unos minutos de búsqueda frenética, la cerradura cedió con un clic metálico que sonó como un disparo en el silencio de la casa.

Entró. El despacho olía a él: cuero, tabaco y una pizca de ese perfume que la volvía loca. Se dirigió directamente al escritorio de caoba. Su mano tembló un segundo antes de abrir el cajón. Allí estaba el sobre amarillo.

Lo abrió con avidez.

Sus ojos recorrieron las palabras: "Contrato de Cesión de Derechos y Matrimonio". Vio los nombres de sus padres. Vio la cifra: una cantidad astronómica de dinero. Y vio su propia firma, una que no reconocía pero que gritaba su identidad. Al fondo del sobre, encontró las fotos de ella llorando, con el rostro marcado por la angustia, siendo sujetada por un Ricardo que lucía como un depredador, no como el amante apasionado de la noche anterior.

—¿Qué es esto? —susurró, sintiendo que el suelo bajo sus pies empezaba a agrietarse.

—Es tu realidad, Anaís.

La voz de Ricardo llegó desde el umbral de la puerta. Estaba apoyado en el marco, con el rostro ensombrecido y los puños apretados. No se había ido; había regresado al olvidar un documento, y se había encontrado con su peor pesadilla: el despertar de la verdad.

Anaís se giró, sosteniendo el contrato como si fuera una prueba del crimen. Su mirada ya no era la de la mujer enamorada y dócil del hospital. Era una mirada de fuego, de una mujer que acababa de descubrir que el hombre al que le entregó su cuerpo la noche anterior era, en realidad, su carcelero.

—¿Me compraste? —preguntó ella, su voz subiendo de tono mientras caminaba hacia él, golpeándolo en el pecho con el sobre—. ¿Soy una mercancía para ti? ¡Dime la verdad!

Ricardo la sujetó por las muñecas, tratando de calmarla, pero el contacto solo sirvió para encender más la furia de ella.

—¡Suéltame! —gritó Anaís, forcejeando con una fuerza que él no esperaba—. ¡Me hiciste creer que éramos un matrimonio de verdad! ¡Me usaste mientras no podía recordar!

—¡Lo hice porque te amo! —rugió Ricardo, perdiendo los estribos—. ¡Porque la mujer que eres ahora es la única que me ha mirado sin odio! ¡Prefería que no recordaras nada a perderte de nuevo!

Anaís se soltó de un tirón y, en un acto de pura rabia y audacia, le cruzó la cara con una bofetada que resonó en todo el despacho.

—No me amas, Ricardo. Amas el control que tienes sobre mí. Pero te equivocas en algo... —se acercó a él, pegando su cuerpo al suyo, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa—. Si crees que este contrato me detiene, no conoces a la mujer que despertó en esa cama. Ahora que sé cuánto valgo, vas a tener que pagar un precio mucho más alto por tenerme aquí.

Ricardo la miró, entre el dolor del golpe y el deseo creciente que esa nueva rebeldía despertaba en él. La guerra apenas comenzaba, y esta vez, Anaís tenía todas las armas.

—¿Un precio más alto? —repitió Ricardo, su voz bajando a un tono peligroso y ronco. Dio un paso hacia ella, acorralándola contra el escritorio de caoba que tantas veces había sido testigo de sus sombras—. Me golpeaste, me robaste la llave y ahora me amenazas. ¿Y crees que eso te hace libre, Anaís?

Anaís no retrocedió. Apoyó las palmas de sus manos en el borde del escritorio, inclinándose hacia él con una audacia que lo desafiaba a tocarla.

—Me hace libre de la mentira —replicó ella, su respiración agitada rozando el rostro de él—. El contrato dice que me compraste, pero no dice que puedas poseer mi voluntad. Si quieres a la mujer de anoche, a la que te buscaba con desesperación... vas a tener que ganártela cada maldito día. Y te aseguro que no será barato.

Ricardo soltó una carcajada seca, sin rastro de humor. Su mano subió con rapidez, atrapando el cuello de Anaís, no para apretar, sino para obligarla a mirarlo fijamente. Sus pulgares acariciaron la línea de su mandíbula con una posesividad feroz.

—Ya pagué por ti —masculló él, acortando la distancia hasta que sus labios casi se tocaban—. Pagué tus deudas, pagué el silencio de tus padres y pagué el hospital que te devolvió a la vida. Todo en esta casa me pertenece. Incluyendo ese fuego que tienes en los ojos.

—Entonces úsalo —lo retó ella, su mano bajando con atrevimiento hasta el pecho desnudo de él, bajo la camisa abierta—. Pero recuerda que ahora sé que eres un monstruo. Y lo peor para ti, Ricardo... es que a este monstruo parece gustarle cómo lo toco.

El desafío fue la chispa final. Ricardo la levantó de un tirón, sentándola sobre el escritorio de caoba y barriendo con el brazo el contrato y el sobre amarillo, que volaron por los aires como cenizas. Se hundió entre sus piernas, atrapándola con su cuerpo, mientras sus manos buscaban la seda de su bata con una urgencia renovada.

—Vas a arrepentirte de haberme provocado —gruñó él, besándola con una violencia que sabía a redención y a condena.

—No —susurró ella entre besos, enredando sus dedos en su cabello—. Vas a arrepentirte tú de haberme despertado.

El sonido del chapoteo y el crujido de la madera regresaron al despacho, pero esta vez el ritmo era diferente. No había sumisión, sino una lucha de poder. Anaís lo dominaba con sus piernas, exigiéndole más, llevándolo al límite de su propio control. Ricardo se perdía en ella, odiándose por necesitarla tanto y amando el hecho de que, aunque ella sabía la verdad, seguía quemándose en sus brazos.

Cuando el silencio volvió a reinar, Anaís se separó lentamente, arreglándose la ropa con una calma que a Ricardo le resultó aterradora. Recogió el contrato del suelo y lo miró una última vez antes de doblarlo y guardarlo en su escote.

—Guarda tus secretos, Ricardo —dijo ella, caminando hacia la puerta con una elegancia letal—. Pero recuerda: ahora yo tengo los papeles. Y cada vez que entres en mi cama, estarás pagando una cuota de esa deuda que tú mismo inventaste.

Salió del despacho sin mirar atrás, dejando a Ricardo solo entre las sombras, dándose cuenta de que, en su intento por poseerla, acababa de entregarle las llaves de su propia prisión.

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Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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