A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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2. ¿Dónde están mis hijos?
Marisela no podía comprender todo lo que estaba sucediendo en su vida. Ella decía una y otra vez el nombre de su esposo, de sus hijos, de su suegra; de cómo llegó hace cinco años a ese pueblo, pero los policías no podían confirmar sus datos.
Algunos vecinos señalaban que los habitantes de la casa salían muy poco y que habían visto alguna vez a Marisela, pero pensaban que trabajaba allí como niñera de los niños.
Un día, en el juicio, su rostro se iluminó cuando vio a su suegra ser llamada como testigo. Pensó que por fin podía tener una prueba de lo que decía y que también podría saber cómo estaban sus hijos.
- “¿Conoce usted a la acusada?”, le preguntó el fiscal a su suegra.
- “Sí, trabajábamos en la casa del señor Solórzano. Ella era la niñera de sus hijos cuando venían de visita. Aquella noche que llegó el cuñado del señor, Marisela dijo que había llegado el momento de dejar de ser pobre, que lo iba a seducir y comprometer”, respondió aquella mujer.
Marisela sintió que estaba en medio de una pesadilla, que le habían construido una vida que no era la suya y que ahora parecía no encajar.
Toda la declaración que dio su “suegra” solo la perjudicaba completamente; la pintaban como ambiciosa, capaz de todo para escalar en la vida, y afirmaban que, en un encuentro sexual con Leopoldo D’Angelo, lo había asesinado porque él no mostró interés serio y eso la descontroló.
Cuando su suegra se retiraba, Marisela no pudo evitar ponerse de pie.
- “¿Dónde están Liam y Kimmy? ¿Dónde estaban mis hijos? ¿Cómo están? ¿Por qué me hacen esto?”, preguntaba Marisela a viva voz, con lágrimas en los ojos.
Los agentes tuvieron que retenerla, y el juez suspendió el juicio. Nadie le creía, y el novato abogado defensor de oficio que le asignaron no podía hacer frente adecuadamente a un fiscal experto y al estudio de abogados de la familia D’Angelo, contratado para hundir a la supuesta culpable del asesinato del hijo mayor del multimillonario Sergio D’Angelo.
Cuando Marisela volvió a su celda, le habían impuesto una prisión preventiva. Si la condenaban, ese lugar iba a ser el único que vería el resto de sus días. Ya no tenía lágrimas, estaba encerrada y sin pistas de dónde estaban su esposo y sus hijos. Sentía un nudo en la garganta y una angustia en el pecho.
- “Debes ser fuerte. Deberías ser más inteligente que las personas que te mandaron a este lugar”, dijo la mujer mayor, su compañera de celda.
- “Es que no entiendo nada. Es que mi vida no es mi vida, no tengo nadie allá afuera. Yo solo vivía para mi casa, no hice ni amigos en este lugar. Thiago se encargaba de traer todo y, si no, mi suegra, que ahora dice que no es mi suegra”, manifestó Marisela, con la mirada perdida.
- “¿No te das cuenta? Solo alguien pudo tenderte la trampa y es ese hombre que llamas esposo, el padre de tus hijos”, dijo la mujer mayor.
- “¿Por qué haría algo así?”, cuestionó Marisela.
- “Los seres malvados no necesitan razones, solo tienen objetivos y no les importan los medios. Te metieron adentro y te alejaron de tus hijos, pero antes tuvieron que dejarte sin a quién recurrir para que estés como estás ahora, completamente sola e indefensa, si algún día quiere salir de acá y encontralos tienes que tener la cabeza fría”, respondió la mujer mayor.
Marisela ahora sí la miraba, como si pudiera encontrar lógica en las palabras, como si su etapa de negación hubiera terminado y ahora tuviera una mejor visión del enorme y horrible problema en que se encontraba metida.