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Almas En Distinto Cielo

Almas En Distinto Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Completas
Popularitas:506
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El aroma al otro lado de la pared

...Almas en Distinto Cielo...

...✦   ✦   ✦...

...Capítulo IX...

...El aroma...

...al otro lado de la pared...

...— Porque hay encuentros que ocurren antes de que los ojos se vean —...

...Buenos Aires — Hotel Palermo Grand. Día uno del rodaje★ ★ ★...

Valeria

Esa mañana el hotel era otro. No en su arquitectura — las paredes eran las mismas, los pasillos tenían el mismo largo, las habitaciones el mismo olor a limpio reciente. Pero el aire había cambiado. Era como si algo hubiera entrado durante la noche y se hubiera instalado en cada rincón sin pedir permiso: cables, luces de trabajo, voces en un idioma que Valeria reconoció antes de ver a nadie. Coreano. Nítido, rápido, con esa musicalidad que ella conocía de años de series nocturnas.

Se detuvo un segundo en el pasillo del tercer piso con el carro a medio camino. Escuchó. Sonrió sin querer.

Soledad apareció por la esquina y la encontró así — parada, sonriendo sola.

"¿Qué te pasa?"

"El idioma," dijo Valeria. "Lo reconozco."

Soledad la miró. "Sos rarísima, ¿lo sabés?"

"Lo sé."

El equipo técnico llenaba los espacios comunes con una eficiencia de hormiguero. Cámaras, reflectores, cajas de utilería que viajaban de un extremo al otro del hall en manos de personas que no levantaban los ojos del trabajo. La supervisora del hotel había desplegado su mejor cara de autoridad controlada —esa expresión que significa todo bajo control aunque nada esté del todo bajo control.

Valeria trabajó la mañana entera con ese ruido de fondo que era raro y familiar al mismo tiempo. Terminó su turno a las dos de la tarde, recogió sus cosas en el vestuario y se puso el saco. Le faltaba pasar por el supermercado. Le faltaba llamar a la universidad de Alma sobre un trámite. Le faltaban, como siempre, más horas en el día de las que el día tenía.

Salió por el pasillo del subsuelo — la salida de personal, la que daba al lateral del edificio, la que usaban siempre para no cruzarse con los huéspedes en el hall. Era más larga, tres pasillos y una puerta de emergencia que a veces trababa, pero era su salida. La conocía de memoria.

Ese día la puerta del fondo no trabó. Salió sin dificultad. Y cuando empujó la puerta lateral que daba a la calle — ese momento en que el aire de afuera entra de golpe, el sol de octubre, el ruido de la ciudad — se detuvo un segundo a acomodarse el saco.

No vio a nadie. No miró atrás. Tomó su teléfono, revisó el mensaje de Mateo que decía "ma hoy entreno hasta las 7", escribió "ok, te dejo la cena" y caminó hacia la parada.

Dejó, en ese pasillo que acababa de atravesar, lo que siempre dejaba sin saberlo: su aroma. Tibio. Único. Imposible de imitar. Flotando en el aire del corredor como algo vivo que se niega a irse con quien lo trajo.

...El mismo hotel — Cuatro minutos después★ ★ ★...

Sebastián

Llevaba tres días en Buenos Aires y el trabajo había sido exactamente lo que esperaba: intenso, detallado, con ese ritmo que él imponía a todo lo que supervisaba. Las reuniones con el canal habían ido bien — mejor de lo esperado, incluso, porque los empresarios porteños tenían una manera de negociar que él no había anticipado: directa, sin rodeos, con un sentido del humor que aparecía en los momentos más inesperados y que Sebastián encontró, contra toda expectativa, completamente desarmante.

El rodaje había comenzado esa mañana. Jinho estaba en su elemento — esa energía concentrada de los directores cuando el proyecto deja de ser papel y se convierte en imagen. Sebastián había supervisado las primeras horas y luego se había retirado a la suite para revisar contratos. Así era su manera: establecer la estructura, asegurarse de que todo funcionara, retirarse. No era de los que se quedaban mirando.

A las dos y cuarto de la tarde bajó del quinto piso. No por el ascensor principal — había aprendido en los tres días anteriores que el ascensor principal estaba ocupado la mitad del tiempo por el equipo de producción con sus equipos. Bajó por la escalera lateral, la que salía al pasillo del subsuelo, que era el camino más rápido hacia la sala de reuniones del ala norte donde tenía prevista una llamada con sus abogados de Milán.

Bajó los cuatro pisos. Empujó la puerta. Entró al pasillo.

Y se detuvo.

El pasillo del subsuelo — 14:17 hs

No había nadie.

El pasillo estaba vacío. Las luces de emergencia en el techo. El suelo de cemento alisado. Una puerta al fondo que se había cerrado hacía menos de un minuto — él lo supo por el eco que todavía reverberaba levemente en el aire.

Pero no fue el eco lo que detuvo a Sebastián Rhys.

Fue el aroma.

Llegó de golpe, sin aviso, sin que hubiera ninguna lógica sensorial que lo explicara. No era perfume. No era jabón. No era nada que pudiera identificarse en ninguna categoría conocida. Era algo anterior a las categorías. Algo que existía antes de que el mundo inventara palabras para las cosas que huelen.

Era tibio. Era real. Era de una familiaridad tan absoluta que Sebastián sintió que su cuerpo lo reconocía desde un lugar que no era el cerebro sino algo más hondo, más antiguo, más inapelable.

...Era el aroma del sueño....

El mismo. Exactamente el mismo que llevaba meses flotando en sus noches como una promesa que no sabía cómo cumplir.

Sebastián no se movió. Un hombre que tomaba decisiones de millones de dólares sin pestañear, que había manejado negociaciones en cuatro idiomas sin perder el hilo, que había sobrevivido cinco años de duelo sin derrumbarse públicamente — ese hombre se quedó parado en el centro de un pasillo de subsuelo de un hotel de Buenos Aires, completamente inmóvil, con todos sus sistemas apuntando hacia una sola cosa.

Ese aroma.

Dio un paso hacia adelante, hacia la puerta del fondo. La empujó. Salía a la calle. Miró.

La vereda estaba casi vacía. Un delivery en bicicleta. Una señora mayor con bolsas. Un hombre con perro.

Y a media cuadra, de espaldas, caminando con ese paso que él reconoció antes de ver nada más — firme, pequeño, hacia adelante, siempre hacia adelante — una figura con saco oscuro que doblaba la esquina y desaparecía.

Sebastián dio un paso hacia afuera. Se detuvo.

No la siguió.

No porque no quisiera. Sino porque algo en él supo, con la misma certeza sin lógica con que había sabido todo lo relacionado con ella, que ese no era el momento. Que la distancia que acababan de no-compartir era parte de algo que tenía su propio ritmo. Que forzarlo sería como apagar la vela antes de que la cera llegara al fondo.

...Pero ella había estado aquí....

...Minutos atrás. En este pasillo. Este aire era su aire....

Sebastián cerró los ojos un momento. Respiró hondo — ese aroma que se disipaba lentamente, que duraría quizás un minuto más antes de que el aire del subsuelo lo borrara del todo. Lo guardó como se guardan las cosas que no caben en ninguna caja: en el pecho, en algún lugar sin nombre.

Luego abrió los ojos. Se dio vuelta. Volvió al pasillo.

Tenía una llamada con Milán en diez minutos.

Pero algo había cambiado. Algo que no cambiaría de vuelta.

...A media cuadra del hotel — El mismo instante★ ★ ★...

Valeria

Caminaba hacia la parada pensando en la cena. Milanesas, probablemente. Tenía milanesas en el freezer. Mateo llegaba a las siete. Alma tenía clase hasta las ocho.

Dobló la esquina.

Y sintió algo raro.

No supo qué era. Una sensación en la nuca — ese lugar donde el cuerpo recibe lo que los ojos no ven. Como cuando alguien te mira desde lejos y lo sabés antes de girar. Así.

Se detuvo. Giró levemente la cabeza hacia atrás, hacia el hotel, hacia el lateral del edificio que había dejado atrás.

No había nadie.

La puerta lateral del hotel estaba cerrada.

Valeria frunció el ceño un segundo — ese gesto pequeño que hacía cuando algo no terminaba de encajar. Luego siguió caminando. Milanesas. Mateo a las siete. La parada a dos cuadras.

Pero por el resto de esa tarde llevó consigo algo que no supo nombrar. Una inquietud suave. Como la nota musical que no termina de irse aunque la canción haya parado.

Esa noche, después de la cena, abrió su carpeta secreta. Estuvo un rato mirando el cursor parpadeando. Luego escribió, despacio, sin saber de dónde salía:

"Hoy sentí que alguien me miraba.

Giré y no había nadie.

Pero el aire tenía algo que no tenía antes.

Como si alguien hubiera pasado y hubiera dejado

una pregunta que yo todavía no sé responder.

¿Será que el alma avisa antes de que todo lo demás llegue?"

Lo guardó. Apagó la luz. Y durmió con esa inquietud suave todavía instalada en algún lugar del pecho, como si algo hubiera empezado sin que ella hubiera dado permiso.

...Un pasillo. Cuatro minutos de diferencia. Una pared entre los dos....

Él la había olido sin verla. Ella lo había sentido sin saber quién era.

Llevaban toda una vida acercándose. Y acababan de llegar, por primera vez, al mismo instante en el mismo lugar.

El próximo paso ya no dependía de los sueños.

...✦   ✦   ✦...

Continuará en el Capítulo X

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