Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 14: El último silencio
El pasillo no está vacío.
Aunque las luces parpadeen.
Aunque los salones estén cerrados.
Aunque el eco sea lo único que responde.
Hay algo más.
Algo que se queda.
Algo que no se a podido ir.
Don Eusebio lo siente en la piel.
Como una humedad invisible.
Como una mirada que no pertenece a nadie…
pero que está ahí.
El trapeador se arrastra.
Lento.
Rítmico.
Hipnótico.
Una línea húmeda sobre el piso.
Como si borrara huellas.
Como si intentara limpiar algo que no se limpia.
—No vas a poder… susurra la voz.
Eusebio cierra los ojos.
Un segundo.
—Cállate.
—¿Por qué? —responde ella—. Si ahora sí quieres ver…
Respira hondo.
Pero el aire no entra bien.
Nunca entra bien cuando ella habla.
Daniela.
No la nombra.
Nunca.
Pero está.
Siempre está.
—Hoy pasó algo… —murmura.
—Hoy pasaron muchas cosas.
Un silencio.
Eusebio se detiene.
Aprieta el palo del trapeador.
—La directora…
—Sí.
—Está muerta.
—Sí.
—Pero…
Duda.
Algo no encaja.
—Algo más pasó.
La risa es suave.
Ligera.
Pero le hiela la sangre.
—Siempre pasa algo más.
Eusebio abre los ojos.
Mira el pasillo.
Oscuro.
Largo.
Vacío.
Pero no lo está, el siente ese aire diferente.
Y entonces la ve.
Al fondo.
La psicóloga.
De pie.
Quieta.
Como si lo estuviera esperando.
Como si supiera que él iba a llegar.
Como si… ya lo conociera.
—Ve... susurra Daniela.
Eusebio traga saliva.
Camina.
Paso a paso.
Lento.
Midiendo.
Observando.
Ella no se mueve.
No retrocede.
No se esconde.
Eso es lo que más le molesta.
Eso… y su calma.
Demasiada calma.
—Licenciada…
Su voz suena más baja de lo que esperaba.
Ella inclina la cabeza apenas.
—Don Eusebio.
No es sorpresa.
No hay susto.
No hay nada.
Solo control.
—¿Se enteró?
—¿De qué?
Eusebio la mira, fijo.
—De la directora.
Pausa.
—Murió.
Ella no reacciona.
Ni un músculo.
Nada.
Eso confirma todo.
—Lo sé.
La respuesta cae.
Fría.
Exacta.
Eusebio frunce el ceño.
—¿Cómo?
Un silencio.
Ella lo observa.
Lo mide.
Como si estuviera decidiendo algo.
—Porque fui yo.
El mundo se queda quieto.
No hay eco.
No hay aire.
No hay nada.
Solo esas palabras.
—¿Qué…?
Eusebio da un paso atrás.
—No…
—Sí.
No hay emoción en su voz.
No hay culpa.
Solo… certeza.
—Yo la maté.
El trapeador cae.
El golpe suena más fuerte de lo que debería.
—Eso no tiene sentido…
—Tiene todo el sentido.
Ella da un paso hacia él.
—Si sabes escuchar.
Lo mira fijamente, esperando una respuesta.
Daniela ríe.
—Escucha…
Eusebio niega.
—¿Por qué?
Ella lo mira.
Directo.
Sin rodeos.
—Porque la dejó morir.
Pausa.
—Como a los demás.
—¿De qué habla?
—De mi hija.
Ahí.
Algo cambia.
Pero no en ella.
En él.
Porque esa palabra…
abre algo.
Un recuerdo.
Una voz.
—No quiero ir…
Eusebio aprieta los ojos.
—No…
—Escucha.... susurra Daniela. Esta vez escucha, lo que ella te va a decir
La psicóloga continúa.
—Tenía catorce años.
Su voz, se rompe, queda en silencio.
—Y nadie hizo nada.
El pasillo se enfría, más de lo normal.
—La molestaban.
—La humillaban.
—La rompieron.
Cada palabra cae como un golpe.
—Y cuando pidió ayuda… queda en silencio, dice.
—La ignoraron.
Eusebio no respira, no bien, no completo.
—Maestros.
—Estudiantes.
—Personal.
- !Todos!
Lo mira.
—Como tú.
El golpe es directo.
—Yo no…
—No hiciste nada.
Suena un silencio. un vacío.
—Ese fue el problema.
Daniela susurra.
—Te lo dije…
Eusebio retrocede.
—Yo… yo no sabía…
Ella sonríe.
Pero no es una sonrisa amable.
—Siempre dicen lo mismo.
—Hasta que recuerdan.
Un silencio insoportable.
—¿Y la directora?
Logra decir.
Ella no aparta la mirada.
—Sabía.
—Vio.
—Escuchó.
—Y decidió no involucrarse.
El eco de esas palabras se queda flotando.
—¿Y entonces…?
Ella inclina la cabeza.
—Entonces hice lo que nadie hizo.
—Actué.
Eusebio siente el corazón en la garganta.
—¿Cómo?
Ella se acerca... Lo suficiente. le dice:
—Le di la oportunidad de ver.
—Y no la aprovechó.
—No entiendo…
Ella sonríe apenas.
—Un sobre.
Eusebio se queda inmóvil.
—¿Qué…?
—Blanco.
—Simple.
—Inofensivo.
—Como las excusas.
—Dentro…
Hace un gesto con los dedos.
—Polvo.
—Fino.
—Invisible.
Eusebio recuerda.
La oficina.
La puerta.
El aire raro.
—Cuando lo abrió…
—Respiró.
Cierra los ojos un segundo.
Como si recordara cada detalle.
—Al principio no sintió nada.
—Luego… confusión.
—Después… miedo.
Silencio.
—Y finalmente…
La mira.
—La verdad.
Eusebio traga saliva.
—La mataste…
—No.
—Le mostré lo que hizo.
Daniela ríe.
—Bonito…
Eusebio niega.
—Eso no es justicia…
Ella se inclina.
Más cerca.
—¿Y lo que le hicieron a mi hija sí lo fue?
- sabías que la directora me trajo, aquí...
Eusebio dice:
- Ella te trajo, ¿para qué? No entiendo.
Ella le dice:
- Ella sabía que no eran normal las muertes, me trajo a investigar que estaba pasando, me contrato como psicóloga, pero no sabía que yo no era psicóloga.
- Porque nadie fue castigado.
—Nadie habló.
—Nadie intervino.
Él dice:
- ¿No eres psicóloga?
- Pues, no
- Solo vine, por que nadie había hecho justicia.
—Hasta ahora.
El aire se vuelve pesado.
—Los nombres…
—dice Eusebio.
—Mateo.
—Valeria.
—Ricardo.
—Mariana.
—Carla.
—Elena.
—Luis.
Cada nombre pesa.
Dice ella.
- Ellos…
—Todos participaron.
—Todos miraron.
—Todos eligieron.
—Y todos…
Queda en silencio....
—Pagaron.
Eusebio siente frío.
—Esto no va a parar…
Ella lo mira.
—No.
—No hasta que termine.
—¿Y ya terminó?
Ella no responde.
Eso es suficiente.
Daniela susurra.
—No…
Eusebio la mira.
Duda, miedo. lo invaden.
—¿Qué quieres de mí?
Largo.
Peligroso.
Ella lo observa.
De verdad.
Como si lo estuviera viendo por primera vez.
—Eso mismo me pregunto yo.
—¿Qué hiciste tú?
El golpe regresa.
—Yo no…
—Escuchaste.
—Viste.
—Estuviste ahí.
—Y no hiciste nada.
Daniela sonríe dentro de él.
—Como siempre…
Eusebio aprieta los dientes.
—No recuerdo…
—Vas a recordar.
Ella da un paso atrás.
—Todos recuerdan.
—Cuando es demasiado tarde.
El pasillo parece cerrarse.
—No soy como ellos… —dice Eusebio.
Ella inclina la cabeza.
—¿Estás seguro?
Eusebio duda.
Por primera vez… duda de sí mismo.
—Yo…
No termina.
No puede.
Daniela habla.
—No mientas…
Eusebio respira agitado, dice:
—Yo puedo ayudar…
Las palabras salen solas.
Incluso a él le sorprenden.
La psicóloga lo observa.
—¿Ayudar?
—Sí.
—A terminar esto.
—A hacer que paguen todos.
Ella no responde.
Pero no se va.
Eso es importante.
—No tienes que hacerlo sola. Dice él.
—Ya no.
Daniela susurra.
—Dile…
—Yo también tengo cuentas pendientes.
—Yo también…
—Escucho voces.
La psicóloga lo mira diferente.
Más profundo.
Más peligrosa.
—No estás bien.
—Nunca lo he estado.
—Pero veo.
—Y ahora entiendo.
Ella no habla.
Pero sus ojos…
calculan.
Miden.
Deciden.
—Esto no es un juego —dice ella.
—Lo sé.
—Esto no se detiene.
—Lo sé.
—Esto no tiene vuelta atrás.
—Mejor.
Silencio.
Largo.
Denso.
Peligroso.
—¿Por qué lo harías? —pregunta ella.
Eusebio sonríe.
Pero no es una sonrisa sana.
—Porque algunos merecen caer.
Pausa.
—Y otros…
Mira al fondo del pasillo.
—Ya se están levantando.
Daniela ríe.
Suave.
Oscura.
—Me gusta…
La psicóloga lo observa.
Y por primera vez…
no lo rechaza.
Pero tampoco lo acepta.
—Esto no es una alianza.
—Aún no.
—Pero podría ser.
Ella da un paso atrás.
—No confío en ti.
Eusebio asiente.
—Yo tampoco en usted.
Daniela se ríe.
—Por eso funciona.
Silencio.
El aire pesa.
Más que antes.
Más que nunca.
Ella se gira.
Empieza a caminar.
Pero se detiene.
Sin mirarlo.
—Si te acercas demasiado…
Pausa.
—Vas a caer.
Eusebio sonríe.
—Ya estoy cayendo.
Daniela susurra.
—Y no piensa detenerse…
La psicóloga continúa caminando.
Se pierde en el pasillo.
Eusebio se queda.
Solo.
Pero no.
Nunca solo.
—Esto va a doler…
Dice Daniela.
Él cierra los ojos.
—Siempre dolió.
Pausa.
Su sonrisa aparece.
Lenta.
Oscura.
—Pero ahora…
Abre los ojos.
—Va a ser justo.
El trapeador sigue en el suelo.
El pasillo huele igual.
Pero ya no es el mismo.
Porque ahora…
hay dos.
Dos que saben.
Dos que recuerdan.
Dos que están dispuestos a seguir.
Y eso…
es peor que uno.
Mucho peor.
El último…
que van hacer