Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 20
El jardín botánico era el lugar neutral elegido. Un espacio abierto, rodeado de cristal y vegetación exótica, pero custodiado por tres anillos de seguridad: los hombres de Atlas Global, los guardaespaldas de los Durantt y una trabajadora social designada por el tribunal que observaba cada movimiento desde una distancia prudencial.
Nicolás llegó quince minutos antes. Sus manos, que usualmente firmaban contratos de millones sin un solo temblor, sudaban. Se había quitado el saco y la corbata, tratando de parecer menos el magnate que Tania odiaba y más el hombre que el niño pudiera aceptar. Llevaba una caja con el set de construcción más avanzado del mercado, un gesto materialista que era el único lenguaje que sabía hablar.
Cuando Tania apareció, guiando a Nico de la mano, el tiempo pareció detenerse para Nicolás. Ella vestía un conjunto casual pero elegante, con unas gafas de sol que ocultaban su mirada, aunque su postura era la de una centinela lista para el combate.
—Tienes una hora —dijo Tania al acercarse. Su voz no tenía rastro de calidez—. No le hables de la familia, no hagas promesas que no puedas cumplir y, sobre todo, no lo toques a menos que él lo permita.
Nico se adelantó. No corrió; caminó con una seguridad que desarmó a Nicolás. El niño lo observó de arriba abajo con esos ojos grises que eran un espejo de los suyos, pero con una claridad analítica que pertenecía enteramente a Tania.
—Hola —dijo el niño, inclinando la cabeza—. Tú eres el señor que estaba en el colegio. Mi mamá dice que eres un "conocido del pasado".
Nicolás se puso a la altura de sus ojos, sintiendo un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
—Hola, Nico. Sí, soy... un viejo amigo de tu mamá. Me llamo Nicolás. He traído esto para ti.
Le tendió la caja. Nico miró el juguete y luego volvió a mirar a Nicolás, sin mostrar la emoción desbordada que él esperaba.
—Es un modelo a escala del motor de un cohete —observó el niño, leyendo la caja con precisión—. Gracias, es un detalle lógico considerando que mi mamá dijo que te gustan las máquinas. Pero, ¿por qué me traes un regalo tan grande si apenas nos conocemos? En los libros de psicología que lee mi tutora, eso se llama "intento de compra de afecto".
Nicolás parpadeó, estupefacto. La agudeza del niño lo golpeó como una descarga eléctrica. Miró a Tania de reojo, quien permanecía de brazos cruzados, permitiéndose una pequeña y casi imperceptible sonrisa de satisfacción.
—No es una compra, Nico —balbuceó Nicolás, tratando de recuperar el equilibrio—. Es solo que quería que tuviéramos algo divertido que hacer mientras hablamos.
Se sentaron en un banco de madera rodeado de helechos. Durante los primeros veinte minutos, Nicolás intentó dirigir la conversación hacia temas triviales: deportes, helados, la escuela. Pero Nico no era un niño ordinario.
—Señor Nicolás —interrumpió el pequeño mientras examinaba una pieza del motor—, si eras tan amigo de mi mamá, ¿por qué no apareces en ninguna de las fotos de mi álbum de cuando era bebé? He visto fotos de Marcus, de la abuela de Singapur y hasta del gato del vecino. Pero tú no estás.
Nicolás sintió que el aire se volvía pesado. La lógica del niño era una trampa mortal.
—Estaba... estaba trabajando muy lejos, Nico. En otro país. A veces los adultos toman decisiones equivocadas y se alejan de las personas que deberían cuidar.
—Eso no es muy eficiente —sentenció Nico, sin levantar la vista de la pieza—. Si alguien es importante, se optimiza el tiempo para estar presente. Mi mamá maneja una empresa entera y nunca se pierde mis cenas. ¿Tu trabajo era más importante que yo?
La pregunta fue un puñal directo al centro de la culpa de Nicolás. No había arrogancia que pudiera protegerlo de la pureza de ese juicio infantil. Miró al niño, viendo en él no solo su reflejo físico, sino la versión mejorada de sí mismo: alguien con su inteligencia, pero formado por el amor y la honestidad de Tania, no por el veneno de los Durantt.
—Nada era más importante que tú, Nico —dijo Nicolás con una sinceridad que le dolió en el pecho—. Simplemente fui un hombre muy tonto que no sabía lo que tenía.
Nico lo miró fijamente por unos segundos, como si estuviera escaneando la veracidad de sus palabras.
—Mi mamá dice que las personas que dicen "fui tonto" usualmente lo dicen para que les tengan lástima y no para cambiar —replicó el niño—. Pero tus ojos están brillantes, como si quisieras llorar. Eso es una reacción biológica de arrepentimiento real. Te daré el beneficio de la duda por hoy.
Nicolás soltó una risa ahogada, una mezcla de alivio y asombro. El carácter de Tania estaba allí, en cada palabra calculada, en la negativa a dejarse impresionar por el dinero y en la capacidad de ver a través de las máscaras.
Pasaron el resto del tiempo armando la base del motor. Nicolás descubrió que Nico no solo era brillante, sino que tenía una curiosidad insaciable por cómo funcionaban las cosas. Por un momento, el magnate implacable se olvidó de la guerra de acciones, de la deuda de la constructora y del odio de Tania. Solo estaba allí, en el suelo, ayudando a un niño de cinco años a encajar una pieza de plástico.
—Se acabó el tiempo —anunció la voz de Tania, rompiendo el hechizo.
Se acercó y puso una mano protectora en el hombro de Nico. El niño se levantó de inmediato, demostrando dónde residía su verdadera lealtad.
—Adiós, señor Nicolás —dijo Nico, dándole la mano con una formalidad que volvió a desarmar a su padre—. El motor es interesante. Tal vez la próxima vez podamos hablar de por qué tu empresa tiene tantas quejas en los foros de logística. Me gusta leer las noticias con Marcus.
Nicolás se quedó de piedra mientras veía a Tania y al niño alejarse. Ella no se giró ni una vez. Había permitido el encuentro no por él, sino para que Nico viera por sí mismo quién era ese hombre, confiando plenamente en que la educación que le había dado sería el escudo perfecto.
Nicolás permaneció sentado en el banco, mirando la caja del juguete a medio armar. Sentía una alegría extraña, una que le apretaba el corazón, pero también una desesperación renovada. Había encontrado a su hijo, pero había descubierto que no podía reclamarlo como un activo. Tenía que ganarse a un niño que pensaba como un estratega y que lo miraba con la misma distancia crítica que su madre.
—Es perfecta —susurró Nicolás, refiriéndose a la obra que Tania había esculpido en Nico—. Y yo soy un extraño en su paraíso.
El primer encuentro no le había dado la victoria que esperaba; le había dado un espejo de su propia insignificancia. Nicolás Durantt salió del jardín botánico sabiendo que para recuperar a ese niño, no tendría que luchar contra Tania, sino contra el hombre que él mismo había sido. La fiera no solo le había quitado el poder; le había mostrado que su hijo era su juez más implacable.