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El Enredo Del Destino

El Enredo Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Dejar escapar al amor
Popularitas:584
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.

NovelToon tiene autorización de EllyaG para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La calma antes de la tormenta

En Varath, la familia De La Torre se preparaba para el compromiso de Damara.

No sería la celebración oficial, aquella en la que se invitaría a los nobles más importantes del reino, sino una reunión íntima.

Una cena privada con la familia de Aarón, donde ambas casas tendrían la oportunidad de conocerse más de cerca.

Por supuesto… faltaba Isabela.

Pero, por desgracia, en esta ocasión no podría asistir.

La reunión estaba programada para las siete de la noche, la hora habitual de las veladas sociales.

El duque Eduardo no había escatimado en gastos.

El salón ducal se encontraba perfectamente iluminado. Había mandado traer luminarias del nuevo continente, cuya luz cálida realzaba cada rincón del lugar, y flores exóticas, cuidadosamente conservadas para alcanzar su punto exacto de apertura justo a tiempo para la reunión.

El vestido de Damara había sido confeccionado una semana antes.

Y aun así, esa noche volvía a ajustarse con él puesto.

Nada podía fallar.

Aarón Belmar no era duque, eso era cierto…

pero sí un marqués de fortuna considerable.

Sus tierras, extensas y ricas en recursos, se extendían lejos de Varath, rodeadas de minas que garantizaban una estabilidad difícil de ignorar.

No era el mejor título.

Pero era… suficiente.

El momento era el indicado.

Todo en calma… justo antes de la tormenta.

La familia De La Torre se encontraba casi lista para recibir a los Belmar cuando algo inesperado interrumpió la perfección de la escena.

—Excelencia…

Jorge, el mayordomo, entró al salón con un periódico enrollado entre las manos.

Todas las miradas se dirigieron hacia él.

—¿Han llegado? —preguntó el duque Eduardo.

—Aún no, excelencia. Pero… debo hablar con usted. Es un asunto delicado.

La ligera irritación no tardó en aparecer en el rostro del duque.

—¿No puede esperar? Mi nieta está a minutos de comprometerse. El ducado puede esperar.

Jorge dudó apenas un segundo.

—Insisto.

El tono fue suficiente.

Sin añadir más, Eduardo abandonó el salón, seguido de cerca por el mayordomo.

El murmullo quedó atrás.

—Bien —dijo el duque en voz baja—. ¿De qué se trata?

Jorge no respondió.

Le extendió el periódico.

Eduardo lo tomó con impaciencia… pero esa impaciencia no duró.

Sus ojos se detuvieron en el titular.

“¿El pasado se repite?”

El silencio se volvió pesado.

Continuó leyendo.

La heredera de la familia De La Torre, actualmente estudiante del Instituto San Valerio, podría estar repitiendo la historia de su madre. Durante un reciente intercambio cultural, la joven no dudó en protagonizar un altercado con un caballero de menor rango…

La mirada del duque se endureció.

¿Su nombre? Dante Belmonte, heredero del condado Belmonte.

¿Qué opinará la familia De La Torre?

¿El duque Eduardo permitirá esta relación?

¿Estamos ante un nuevo escándalo… o un compromiso inevitable?

El papel crujió entre sus manos.

El rostro del duque palideció. Su voz, apenas contenida, se quebró al hablar.

—¿Investigaste esto?

—Desde luego, excelencia. Antes de entregarle cualquier información, verifico su veracidad. Y me temo… que esta vez el periódico no está del todo equivocado.

El duque negó ligeramente.

—Debe tratarse de un error. Mi Isabela es una joven cauta… no pondría en riesgo nuestra reputación.

Pero no intentaba convencer a Jorge.

Intentaba convencerse a sí mismo.

Necesitaba creer que la educación que había dado a su nieta había sido suficiente.

Y, sobre todo… necesitaba creer que no había vuelto a fallar…

—¿Desea que viaje a San Valerio? —ofreció Jorge—. Puedo vigilar a la señorita Isabela.

Eduardo negó de inmediato.

—No. Iré yo mismo.

Su voz recuperó firmeza, aunque no del todo calma.

—Prepara nuestra casa de campo. Nos trasladaremos con la familia durante las vacaciones de mi nieta. Quiero la residencia de invitados lista… es posible que Aarón Belmar nos acompañe.

Jorge asintió en silencio.

Desde fuera, el duque había recuperado su porte.

Su control.

Su autoridad.

Pero quien lo conocía de verdad… lo sabía.

Estaba profundamente preocupado.

Por desgracia para Eduardo, no había tiempo para detenerse.

Debía convertirse en el mejor actor del reino.

Ocultar su inquietud.

Sonreír.

Cumplir.

Los Belmar habían llegado…

Y, para sorpresa de Eduardo, ya habían sido recibidos.

El futuro prometido de Damara y su familia se encontraban en el salón, tomando un ligero té mientras esperaban que la cena fuera servida.

El salón ducal brillaba con una iluminación impecable. El banquete, dispuesto con precisión, era majestuoso.

Si la intención era impresionar… lo habían logrado.

Los Belmar estaban complacidos.

—Es un excelente anfitrión —comentó la marquesa Claret, madre de Aarón, con una sonrisa satisfecha.

—Se lo agradezco —respondió Eduardo—, pero esto ha sido posible gracias a mi esposa, la duquesa Elisa.

La marquesa dirigió entonces la mirada hacia su hijo… y hacia Damara.

—Hacen una bellísima pareja —añadió—. Su nieta es una flor… y aun así, las de este salón palidecen frente a ella.

Eduardo asintió, con un orgullo sereno.

—Es uno de mis mayores orgullos. Damara será una excelente marquesa.

—Y no solo eso —intervino Elisa con suavidad—. Tiene un don natural. Ella va a dirigir la sociedad. Es cálida… cercana… sabe conectar con las personas.

La cena avanzó con naturalidad. Conversaciones fluidas.

Risas suaves.

—¿Cuándo se elegirá la fecha de la boda? —preguntó Lilia, con interés.

Antes de que los Belmar respondieran, Eduardo tomó la palabra.

—Cuando se haya acordado la dote y se firme el contrato.

La marquesa Claret sonrió, suavizando el tono.

—Confiamos en su nombre, duque. Estos acuerdos siempre toman su tiempo.

Miró a la joven pareja.

—¿Y ustedes? ¿Qué desean?

—Damara y yo lo hemos hablado —respondió Aarón—. Nos gustaría casarnos cuando su hermana regrese por vacaciones.

El duque se tensó apenas.

Fue casi imperceptible.

Se aclaró la garganta.

—Me temo que mis asuntos requieren que me traslade a nuestra casa de campo, cerca de San Valerio —dijo con calma medida—. Me gustaría que nos acompañaran.

Damara frunció ligeramente el ceño.

—¿Será por mucho tiempo?

—Es posible —respondió Eduardo—. Pero tiene una ventaja: tu hermana podrá quedarse con nosotros y trasladarse al instituto en carruaje. Estaremos todos reunidos.

Los Belmar no notaron nada.

Pero la familia De La Torre sí.

Sabían que algo había ocurrido.

Y sabían, también… que tenía que ver con Isabela.

—Me parece una excelente idea —intervino Aarón con una sonrisa—. Siempre he disfrutado del campo. Si no hay inconveniente, incluso podríamos celebrar la boda allí. Sería más íntima… más nuestra.

La marquesa Claret se mostró encantada.

—Sería precioso.

El marqués Reymund intervino entonces, más práctico.

—¿Y el ajuar de Damara? Deberá permanecer aquí para las pruebas.

—Yo me quedaré con mi hija, padre —respondió Lilia con firmeza tranquila—. Usted y madre pueden adelantarse. La marquesa Claret, Damara y yo podremos encargarnos de todo lo necesario para que la boda sea perfecta en el campo.

—Entonces… está decidido —concluyó Elisa.

Tomó la mano de Eduardo con suavidad.

Y, aunque su sonrisa no cambió… sus ojos sí.

Había notado su tensión.

Y empezaba a entender por qué.

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