Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 10: “Flores para lo que se estaba rompiendo”
Narra Brando
Al día siguiente yo no me levanté tranquilo. Tenía la cabeza en mil cosas, pero una sola idea fija: Violeta. Ya no podía seguir así, perdiéndola sin hacer nada. Así que me paré temprano y decidí hacer algo diferente, algo que no fuera de la calle, algo que no fuera orgullo ni rabia.
Fui a comprar unas flores. No soy de esas cosas, la verdad, pero ese día no me importó. También compré unos chocolates, de esos sencillos, nada exagerado. Yo solo quería verla, hablarle bien, sin pelear, sin presión, sin nada raro.
Me fui caminando hacia la casa de ella con el corazón raro, como nervioso. No era el mismo Brando de siempre. Era otro estado. Uno que no estaba acostumbrado a esto de pedir perdón con detalles, con paciencia, con calma.
Cuando llegué, toqué la puerta.
Y me abrió una niña.
Era Valentina, la hermanita de Violeta.
Pequeñita, con cara tierna… pero apenas me vio, su expresión cambió. Me miró con una cara de miedo, como si yo fuera un extraño peligroso. Eso me pegó raro en el pecho, porque yo nunca he querido que nadie me vea así.
Ella se quedó quieta, agarrada de la puerta.
—Hola… princesa —le dije bajito, tratando de sonar suave—. ¿Está tu hermana?
Ella me miró sin decir mucho.
—Sí… —dijo bajito, pero con miedo.
Yo bajé la mirada un segundo, no quería incomodarla más.
—¿Me la podés llamar, por favor? —le pedí suave.
La niña dudó, pero al final se metió para adentro corriendo un poquito.
Yo me quedé ahí afuera, parado con las flores en la mano, sintiéndome raro. No era nervio normal, era otra cosa. Era como si todo lo que yo hacía ahora tenía otro peso.
Pasaron unos segundos que se sintieron largos.
Y cuando la vi salir…
Violeta.
Ella venía seria.
Sin emoción.
Sin esa mirada dulce de antes.
Solo frialdad.
Yo respiré hondo y levanté las flores un poco.
—Mira… —le dije bajito—. Te traje esto.
Ella miró las flores sin emoción.
—¿Qué es esto, Brando? —me dijo seca.
Yo tragué saliva.
—Flores… y chocolates —le respondí—. Yo… yo vine a hablar bien contigo.
Ella cruzó los brazos.
—¿Y ahora sí? —me dijo—. ¿Ahora sí te acordaste?
Yo bajé la mirada.
—Violeta… yo sé que la cagué —le dije—. Pero no quiero seguir así contigo.
Ella no respondió de una de una.
Solo me miraba.
Y esa mirada era dura.
Pero había algo debajo… algo que todavía no estaba muerto.
—Yo no soy fácil, Brando —me dijo al fin.
Yo asentí.
—Yo sé… y yo tampoco —le respondí—. Pero yo no quiero perderte.
Hubo un silencio.
Yo le extendí las flores otra vez.
Ella las miró y después las tomó, sin decir nada.
Eso ya fue un avance.
—Vamos a hablar… —le dije—. Sin pelear.
Ella suspiró.
—¿A dónde? —preguntó.
—Al parque —le respondí.
Ella dudó un segundo… pero aceptó.
—Está bien —dijo.
Y salimos.
Caminamos los dos en silencio al principio. Ese silencio incómodo, pero no de pelea… sino de cosas que aún no se han dicho.
Cuando llegamos al parque, nos sentamos en una banca.
Yo la miré de lado.
—Yo sé que estás molesta conmigo —le dije—. Y tienes razón.
Ella no me miró de una.
—No es solo molestia —dijo.
Yo asentí.
—Yo te fallé… —le dije—. Pero no quiero que esto se acabe así.
Ella suspiró.
—Brando… yo estoy cansada de todo esto —me dijo—. De la calle, de tus problemas, de todo.
Yo bajé la cabeza.
—Yo estoy intentando cambiar —le dije—. De verdad.
Ella me miró.
Esta vez su mirada no era tan dura.
Era cansada.
—Siempre dices eso —me respondió.
Yo me quedé callado un segundo.
Y luego hablé más suave.
—Esta vez es diferente… porque te estoy perdiendo de verdad.
Eso la hizo quedarse quieta.
No respondió de una.
Solo me miró.
El viento del parque movía un poco su cabello, y por primera vez desde que la estaba buscando… sentí que no todo estaba perdido.
—Yo no quiero que te vayas de mi vida —le dije bajito—. Yo te quiero de verdad, Violeta.
Ella bajó la mirada.
—Brando… —dijo suave—. Tú me haces sentir muchas cosas… pero también me haces sufrir.
Yo asentí.
—Lo sé…
Silencio.
Pero esta vez no era malo.
Era como un punto medio.
Yo respiré hondo.
—Dame una oportunidad… —le dije—. No perfecta, pero real.
Ella me miró otra vez.
Y esta vez… su mirada ya no era de odio.
Era de duda.
—Yo voy a intentarlo… —dijo al fin.
Eso me calmó un poco el pecho.
No era todo arreglado.
Pero tampoco estaba perdido.
Me levanté un poco y le tomé la mano despacio.
Ella no la quitó.
Y eso fue suficiente para mí en ese momento.
Porque entendí algo claro:
Violeta todavía estaba ahí…
solo que ahora había que volver a conquistarla de verdad, sin calle, sin orgullo… solo con lo que yo sentía por ella.