En una ciudad gris donde la lluvia parece no terminar nunca, dos chicos completamente distintos terminan cruzando caminos en un instituto marcado por el silencio, los rumores y la soledad.
Kai es un joven reservado y rebelde que suele escapar al techo del colegio para tocar su guitarra lejos del ruido del mundo. Detrás de su actitud fría guarda heridas, secretos y una tristeza que casi nadie nota.
Noah, en cambio, parece más tranquilo y observador. Es nuevo, callado y diferente al resto. Desde el primer momento siente que hay algo extraño en Kai… algo roto, pero también auténtico.
Mientras ambos comienzan a acercarse lentamente bajo cielos grises y luces nocturnas de la ciudad, empiezan a ocurrir situaciones inquietantes: sombras observándolos, rincones oscuros del instituto y presencias que parecen seguirlos cuando cae la noche.
Entre música, lluvia, conflictos escolares y emociones que ninguno sabe expresar, Kai y Noah descubrirán que algunas personas llegan a tu vida justo cuando es
NovelToon tiene autorización de Mateo Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Qué se supone que hagamos ahora
Noah no recordaba la última vez que alguien había confiado en él de esa manera.
Tal vez nunca.
Porque Kai apoyado contra su hombro no parecía estar buscando lástima.
Solo descanso.
Como si por fin hubiera encontrado un lugar donde podía dejar de fingir por unos minutos.
Y eso hizo que algo dentro del pecho de Noah doliera de una forma extraña.
El apartamento seguía en silencio.
Solo se escuchaba el ruido lejano de la ciudad entrando por las ventanas mal cerradas y el zumbido bajo de la heladera en la cocina.
Kai permaneció quieto unos segundos más antes de apartarse lentamente.
Parecía avergonzado.
Como si acabara de mostrar demasiado.
—Perdón —muró sin mirarlo.
Noah frunció el ceño de inmediato.
—Dejá de disculparte por todo.
Kai soltó una pequeña risa cansada.
—Estoy acostumbrado.
Esa respuesta volvió a provocar rabia dentro de Noah.
Odiaba todas las cosas horribles a las que Kai “estaba acostumbrado”.
Kai se pasó una mano por el cabello oscuro y finalmente levantó la mirada hacia él otra vez.
Sus ojos todavía se veían algo brillosos.
Pero aun así intentó sonreír.
Claro que lo hizo.
Noah suspiró lentamente.
—¿Tu papá ya se fue?
Kai asintió apenas.
—Hace un rato.
—¿Y siempre deja el lugar así?
Kai guardó silencio un momento.
Después se encogió ligeramente de hombros.
Eso fue suficiente respuesta.
El pecho de Noah se apretó otra vez.
Kai caminó lentamente hasta el sofá y empezó a recoger algunas botellas vacías del suelo.
Como si quisiera distraerse.
Como si quedarse quieto fuera más difícil.
Noah lo observó unos segundos antes de acercarse para ayudarlo.
Kai levantó una ceja apenas.
—No tenés que hacer eso.
—Tampoco tenés que hacerlo solo.
El corazón de Kai pareció detenerse un segundo.
Noah empezó a juntar los vidrios rotos del piso mientras Kai permanecía inmóvil mirándolo.
Después soltó una pequeña risa incrédula.
—Sos raro.
—Vos empezaste.
Kai sonrió apenas.
Y aunque seguía cansado, esa sonrisa ya no parecía tan rota como antes.
Pasaron varios minutos limpiando el apartamento en silencio.
Pero no era un silencio incómodo.
Era tranquilo.
Extrañamente tranquilo.
Como si ambos entendieran que no hacía falta llenar el aire de palabras todo el tiempo.
Cuando terminaron, Kai se dejó caer sobre el sofá soltando un suspiro agotado.
Noah se sentó en el otro extremo.
Las luces tenues de la ciudad entraban por la ventana iluminando apenas la sala.
Kai giró un poco la cabeza hacia él.
—Gracias por quedarte.
Noah apartó la mirada de inmediato.
—Ya dijiste eso.
—Lo diré otra vez igual.
El pecho de Noah volvió a sentirse extraño.
Cálido.
Inquieto.
Kai observó el techo unos segundos antes de hablar otra vez.
—Cuando era más chico pensaba que si hacía todo bien, las cosas iban a mejorar.
Su voz sonó distante.
Lejana.
Como si estuviera recordando algo demasiado viejo.
—Ser tranquilo. Sacar buenas notas. No causar problemas…
Kai soltó una risa pequeña.
Triste.
—Pero algunas personas simplemente encuentran razones para romperte igual.
Noah sintió la garganta apretarse.
Porque entendía demasiado bien esa sensación.
Kai cerró los ojos cansadamente.
—Supongo que por eso me acostumbré a sonreír todo el tiempo. Es más fácil si nadie nota que algo está mal.
Noah observó su perfil iluminado apenas por las luces de afuera.
Y entendió algo importante.
Kai no sonreía porque fuera feliz.
Sonreía porque había aprendido a sobrevivir así.
Eso dolió más de lo que Noah esperaba.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Lento.
Pesado.
Hasta que Kai habló otra vez, esta vez más bajo.
—¿Sabés qué es lo peor?
Noah lo miró.
Kai abrió lentamente los ojos.
Y por primera vez parecía realmente asustado.
—Que con vos ya no quiero seguir fingiendo.
El corazón de Noah golpeó tan fuerte que casi dolió.
Porque él también estaba cansado.
Cansado de esconderse.
Cansado de actuar como si nada le importara.
Kai giró un poco el cuerpo hacia él en el sofá.
Muy cerca ahora.
Demasiado cerca.
Pero Noah no se movió.
No quiso hacerlo.
—No sé qué se supone que hagamos ahora —muró Kai.
La ciudad seguía brillando detrás de las ventanas.
Azul.
Rosa.
Neón reflejándose sobre el cristal.
Noah sostuvo su mirada unos segundos antes de responder en voz baja:
—Tal vez no tengamos que saberlo todavía.
Kai lo observó en silencio.
Y entonces sonrió apenas.
Pequeño.
Real.
Esa sonrisa tranquila que Noah empezaba a querer más de lo que debería.
Y por primera vez en mucho tiempo…
ninguno de los dos se sintió solo.
Se quedaron así un rato largo, sin apartarse, dejando que el silencio hiciera lo que las palabras no podían.
No hacía falta prometer nada.
No hacía falta definirlo.
Solo estar ahí era suficiente por ahora.
Kai se recostó un poco más contra el respaldo, agotado de repente.
Noah notó cómo sus párpados pesaban, cómo su respiración se hacía más lenta.
No dijo nada.
Solo se movió lo justo para que Kai pudiera apoyar la cabeza en su hombro sin incomodidad.
Kai no se quejó.
Cerró los ojos y suspiró, como si llevara días esperando ese pequeño permiso para descansar.
—No te duermas —dijo Noah en voz baja, aunque no quería sonar serio.
Kai esbozó una sonrisa sin abrir los ojos.
—Si me duermo, te quedás, ¿no?
—No me voy a ir —respondió Noah simple.
Kai asintió apenas, satisfecho.
—No. No te vas a ir.
La ciudad afuera siguió moviéndose, ruidosa e indiferente, pero adentro el tiempo parecía haberse detenido.
Las luces de neón tiñeron el techo de rosa y azul, cambiando de tono cada vez que un auto pasaba abajo.
Noah no sabía qué venía después.
No sabía cómo manejar esto que crecía entre ellos sin nombre y sin instrucciones.
Pero por primera vez, no le daba miedo no tener la respuesta.
Porque Kai estaba ahí.
Y él también.
Y si todo se iba a la mierda mañana, al menos esa noche la tenían.
Kai se durmió sin darse cuenta, con la respiración pareja y el cuerpo finalmente suelto.
Noah se quedó quieto, con cuidado de no despertarlo, mirando la línea tranquila de su rostro.
Nunca lo había visto tan en paz.
Se prometió en silencio que iba a hacer lo que pudiera para que no perdiera eso otra vez.
No sabía si alcanzaba.
No sabía si él alcanzaba.
Pero iba a intentarlo.
Y cuando el primer rayo de luz gris se coló por la ventana, Noah seguía ahí.
Sin dormir.
Sin soltarse.
Porque quedarse, por una vez, se sentía como lo único correcto que podía hacer.