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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

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capitulo 16

...Decirlo en Voz Alta...

...****************...

Elena no durmió esa noche.

No por miedo. No por arrepentimiento.

Por no saber cómo decirlo.

Kael y Roran estaban en la casa.

Los gemelos dormían en el cuarto de al lado.

La casa estaba en silencio, y ese silencio pesaba.

Se sentaron los tres en la cocina.

Taza de té frío, pan duro, caras de cansancio.

“Habla”, dijo Roran.

Él ya lo sabía. Lo había sentido en ella desde la sala de curación.

Kael no. Kael solo veía que Elena estaba pálida y que sus manos no paraban de moverse.

Elena respiró hondo.

“Estoy embarazada”.

Kael parpadeó.

“¿Otra vez? ¿Tan pronto?”

“No”, dijo Elena. “No de los gemelos. De este”.

Silencio.

Kael miró a Roran.

Roran no apartó la vista.

“¿Suyo?”, preguntó Kael.

Elena asintió.

Kael se recostó en la silla.

No gritó. No golpeó la mesa.

Solo se quedó quieto, mirando el piso.

“¿Cuánto tiempo?”, preguntó.

“Ocho semanas”, dijo Elena. “Mara dice que el bebé está bien”.

Kael asintió.

Luego se levantó y salió al patio.

No cerró la puerta con fuerza. Solo salió.

Roran se quedó.

“¿Quieres que vaya?”, preguntó.

“No”, dijo Elena. “Déjalo. Va a volver cuando lo procese”.

Se quedaron solos.

Roran le tomó la mano.

“¿Estás bien tú?”

Elena asintió.

“Cansada. Con miedo. Pero bien. Tú?”

Roran sonrió.

“Estoy asustado. Y feliz. Y no sé qué hacer con eso”.

Elena se rió bajito.

“Bienvenido a ser papá otra vez”.

 

Fuera, en el patio

Kael estaba sentado en el escalón.

Mirando las estrellas.

No estaba enojado.

No con Elena. No con Roran.

Estaba enojado con él mismo.

Había pensado que tenían tiempo.

Tiempo para que los gemelos crecieran un poco más.

Tiempo para que las cosas se sintieran estables.

Tiempo para él.

Y ahora todo se movía otra vez.

Escuchó pasos.

No se volteó.

Sabía quién era.

Roran se sentó a su lado.

No dijo nada en un minuto.

“Lo siento”, dijo Roran.

Kael se rió sin humor.

“¿De qué? No es tu culpa que la quieras. No es tu culpa que ella te quiera también”.

Roran asintió.

“¿Y tú?”

Kael se pasó una mano por la cara.

“Yo también la quiero. Eso no cambia”.

Hizo una pausa.

“Pero me da miedo que esto nos rompa. Ya nos costó mucho llegar aquí”.

Roran lo miró.

“No nos va a romper. Si dejamos que hablemos. Si no guardamos mierda”.

Kael asintió.

“Entonces hablemos”.

Hablaron una hora.

Sin rodeos.

Sin culpas.

Solo dijeron lo que dolía y lo que querían.

Cuando entraron, Elena estaba dormida en la mesa.

Los dos la cargaron entre los dos y la llevaron a la cama.

Nadie dijo nada más esa noche.

 

Mañana siguiente

Elena se despertó con Kael a un lado y Roran al otro.

Los gemelos estaban en su cuna, dormidos.

Nadie mencionó el embarazo en el desayuno.

Hicieron como si fuera un día normal.

Porque tenía que seguir siendo un día normal.

Kael fue el primero en romper el silencio.

“¿Niño o niña?”

Elena se rió.

“No se sabe todavía. Faltan meses”.

“Yo quiero una niña”, dijo Roran.

“Yo un niño”, dijo Kael.

Elena los miró.

“Yo quiero que nazca sano. Lo demás me da igual”.

Kael asintió.

Roran asintió.

Ese fue el acuerdo.

 

Semanas siguientes

La noticia no salió del refugio.

Solo lo sabían Mireya, Mara y los tres.

Elena siguió trabajando 4 horas al día.

Bajó a 3 cuando las náuseas empeoraron.

El consejo se quejó una vez.

Elena dijo: “Si quieren otra Luna, busquenla”.

No volvieron a quejarse.

Kael se volvió más protector.

No la dejaba cargar nada pesado.

Le llevaba agua cada hora.

Elena se quejaba.

Él no hacía caso.

Roran se volvió más callado.

Pero estaba ahí.

En cada comida.

En cada noche.

Tocándole el estómago cuando nadie miraba.

Hablándole al bebé en voz baja cuando pensaba que nadie escuchaba.

Los gemelos no notaron nada.

O si lo notaron, no dijeron nada.

Solo se pegaban más a Elena cuando tenía náuseas.

Como si supieran.

 

Mes 4 de embarazo

Elena dejó de esconderlo.

Se notaba.

La gente empezó a preguntar.

Ella lo dijo en la reunión mensual del consejo.

“Voy a tener otro hijo. Es de Roran. Sí, los tres lo sabemos. No, no es problema del consejo”.

Hubo silencio.

Luego Mireya se levantó y aplaudió.

Los demás la siguieron.

Ese día Elena entendió que lo habían aceptado.

No porque les gustara.

Porque confiaban en ella.

Y porque confiaban en ellos tres.

 

Mes 5: La pelea

No todo fue fácil.

Una tarde, Kael y Roran discutieron.

No por Elena.

Por el bebé.

“Si es niño, va a entrenar conmigo desde los 5 años”, dijo Kael.

“No”, dijo Roran. “Va a aprender a negociar antes de aprender a pelear”.

“Negociar no sirve si te atacan”, dijo Kael.

“Pelear no sirve si no tienes a quién defender”, dijo Roran.

La discusión subió.

Elena los dejó.

Cuando se cansaron, se sentaron los dos en la cocina, sin hablarse.

Elena entró con té.

Se lo puso enfrente a cada uno.

“¿Ya terminaron?”, preguntó.

Kael miró a Roran.

Roran miró a Kael.

“Terminamos”, dijeron los dos al mismo tiempo.

Elena asintió.

“Bien. Porque el bebé va a hacer lo que quiera. No lo que ustedes quieran”.

Se rieron.

La tensión se fue.

 

Mes 6: El vínculo cambia

El bebé empezó a moverse.

Elena lo sintió primero.

Luego Kael.

Luego Roran.

Los tres se quedaban callados cuando pasaba.

Como si fuera algo sagrado.

Una noche, mientras los gemelos dormían, los tres estaban en la cama.

Elena en medio.

Kael a un lado, mano en su estómago.

Roran al otro lado, mano en su estómago.

El bebé se movió.

Fuerte.

Kael sonrió.

“Es terco”.

Roran sonrió.

“Sale a ti”.

Elena se rió.

“No. Sale a los dos”.

Dormieron así.

Con las manos juntas sobre el bebé.

 

Mes 7: El miedo vuelve

Llegó una carta.

Sin firma.

Otra vez los Hijos de la Purga.

“Si nace, morirá. Abominación”.

Elena la quemó sin decirle a nadie.

Pero Roran lo sintió por el vínculo.

Kael también.

Esa noche reforzaron la guardia.

No dijeron nada a Elena.

No quería que se estresara.

Kael empezó a dormir en la puerta de su cuarto.

Roran empezó a revisar el perímetro dos veces por noche.

Elena se dio cuenta.

No dijo nada.

Solo les dejó comida caliente cuando volvían.

 

Mes 8: Preparativos

Prepararon la casa.

Cuna nueva.

Ropa pequeña.

Medicina.

Los gemelos ayudaron.

Lira dobló pañales. Mal, pero los dobló.

Kael Jr. llevó pañales de un lado a otro.

“Para mi hermanito”, decía.

Elena no los corrigió.

Si era niño o niña, iba a ser su hermano.

Kael hizo una cuna de madera él mismo.

Tardó 2 semanas.

Quedó torcida de un lado.

A Elena le encantó.

Roran compró una manta en el este.

Azul.

“Si es niño”, dijo.

“Si es niña también sirve”, dijo Elena.

 

Mes 9: La espera

Elena dejó de trabajar.

Se quedaba en casa.

Leía, dormía, caminaba un poco.

Kael y Roran se turnaban para estar con ella.

No la dejaban sola.

Los gemelos estaban emocionados.

Cada día preguntaban: “¿Ya nació?”

Elena les decía: “Cuando quiera salir”.

Una noche, a las 3 a.m., el dolor empezó.

No como el de los gemelos.

Más rápido.

Elena llamó por el vínculo.

No con palabras. Con urgencia.

Kael y Roran estaban en la puerta en 30 segundos.

 

El nacimiento

Duró 4 horas.

Más rápido que con los gemelos.

Un niño.

Piel clara, ojos grises como Roran.

Gritó fuerte.

Elena lo tuvo en brazos y lloró.

No de dolor.

De alivio.

Kael besó su frente.

Roran besó su frente.

Los dos besaron la cabeza del bebé.

“¿Nombre?”, preguntó Mara.

Elena miró a Kael.

Miró a Roran.

“Kael Roran”, dijo.

Kael se quedó quieto.

Roran se quedó quieto.

Luego asintieron.

Kael Roran.

Mitad de cada uno.

Todo de ella.

 

Primera semana

Fue caótico.

Otra vez no dormían.

Otra vez pañales.

Otra vez miedo cada vez que lloraba.

Pero era diferente.

Porque ahora eran cuatro adultos para un bebé.

Los gemelos adoraban a su hermano.

Lira le cantaba.

Kael Jr. le llevaba juguetes.

Kael y Roran se peleaban por quién lo cargaba.

Elena los dejaba.

Sabía que ambos lo necesitaban.

Una noche, cuando el bebé se durmió, los tres se sentaron en la cocina.

Cansados.

Felices.

“Lo logramos”, dijo Roran.

“No”, dijo Kael. “Lo estamos logrando”.

Elena asintió.

“Y vamos a seguir”.

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Rosa Pandui
Que suerte tiene
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