Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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Huyendo
El pánico es un pésimo administrador de los detalles. Mientras Anelly huía a pasos ciegos entre la multitud de la Rue du Faubourg Saint-Honoré, sintiendo el peso de la sonrisa demoníaca de Ethan clavado en su nuca, no se percató del momento exacto en que sus dedos perdieron el agarre. Fue en el violento giro tras el choque, o tal vez cuando el miedo la obligó a aferrar contra su pecho las bolsas de ropa banal para usarlas como un escudo absurdo.
Cuando finalmente logró cruzar el bulevar y se refugió en el interior de un callejón oscuro, con la respiración rota y el carmín corrido por el sudor helado, bajó la mirada.
El bolso de piel de cocodrilo no estaba. Y con él, se habían esfumado su dinero en efectivo, su documentación de emergencia y, lo peor de todo, la tarjeta de crédito bancaria que Elean Leroux le había entregado en Múnich. El boleto en blanco que financiaba su existencia se había quedado sobre el asfalto, a merced de los zapatos de los transeúntes o, con mayor probabilidad, en las manos del espectro que acababa de cruzarse en su camino.
Anelly se apoyó contra la pared de ladrillos, tragando saliva. Los nervios la traicionaban de una forma que nunca antes había experimentado. Intentó racionalizar la situación: se repitió a sí misma que 8 años cambian a cualquiera, que París estaba lleno de jóvenes apuestos de pómulos afilados y abrigos caros, y que era imposible que el joyero provinciano de los Cárpatos se hubiera transformado en semejante deidad oscura. Pero el escalofrío de su espina dorsal no mentía. Era él. El monstruo estaba vivo y caminaba por sus mismos bulevares.
Temerosa de que la estuviera siguiendo entre la niebla parisina, regresó a su hotel boutique a toda prisa, utilizando los últimos francos que llevaba sueltos en el bolsillo del abrigo. No subió a desempacar. El terror a que Ethan apareciera en el vestíbulo la obligó a abandonar la suite de inmediato, cargando únicamente una pequeña maleta de mano. Tenía que encontrar a su protector. Tenía que volver al santuario de los Leroux.
Anelly tomó el celular con dedos temblorosos y marcó el número privado de Elean.
El tono sonó una, dos, tres veces, hasta que la línea cayó en el vacío del silencio automatizado. Volvió a marcar. El resultado fue el mismo. El hombre que durante años había respondido a su primer capricho, el cómplice que se reía de sus chistes de madrugada, ahora parecía haber desaparecido de la faz de la tierra.
—¡Maldita sea, Elean, contesta! —bramó Anelly, azotando el celular contra sus piernas.
La desesperación comenzó a cerrarse sobre su cuello como una soga. Sin la tarjeta de crédito, con los pocos ahorros derrochados en los spas y las boutiques esa misma semana, y con la sombra de Ethan Dragomir rondando el distrito, la rubia comprendió que no tenía a dónde ir. No podía exponerse a dormir en un hostal de mala muerte donde cualquiera pudiera arrinconarla. Su estatus se estaba desmoronando a la misma velocidad que su seguridad.
En un último intento de pura supervivencia, abordó un taxi dando la única dirección que representaba una fortaleza: la imponente mansión de la dinastía Leroux en los suburbios de París.
Al llegar, las enormes rejas de hierro forjado con el monograma de la familia permanecían cerradas. El guardia de la garita, un hombre maduro que la conocía de sobra por haberla visto entrar en los automóviles de Elean, se acercó. Su saludo fue cortés, pero sus ojos reflejaban una distancia gélida.
—Buenas noches, mademoiselle Rosseau —dijo el hombre, manteniendo la mano apoyada en la verja—. Lamento informarle que no puedo dejarla pasar. El señor Augusto Leroux ha dejado órdenes estrictas de no recibir visitas de ningún tipo. La propiedad está cerrada.
—¿Órdenes? ¿Incluso para mí? —Anelly forzó su mejor voz de autoridad aristocrática, aunque el temblor de su barbilla delataba el engaño—. ¿ No sabe quién soy? Soy Anelly Rosseau Heisenhauer.
—Lo siento, mademoiselle. Son órdenes directas de la gerencia de la familia. No puedo romper el protocolo.
Anelly regresó al interior del coche, sintiendo que el mundo se le vaciaba bajo los pies. Con el rostro desencajado, sacó nuevamente su celular y comenzó a marcar el número de Elean de forma compulsiva, una y otra vez, mientras el coche avanzaba sin rumbo por las avenidas periféricas.
Al vigésimo intento, la línea finalmente hizo un clic metálico. La voz que respondió al otro lado no era la del heredero brillante de Múnich; era el tono arrastrado, roto y carente de vida.
—¿Qué quieres, Nelly? —pronunció Elean, su respiración sonando pesada a través del auricular.
—¡Elean, por fin! —Anelly fingió una voz quebrada, mezclando el pánico real de su encuentro con Ethan con una falsa vulnerabilidad—. Estoy de vuelta... ahora mismo estoy hospedada en un sitio espantoso, un hotel que no cumple ni las cinco estrellas, Elean...
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea. En otro tiempo, Elean habría tomado el primer automóvil para ir a rescatar a su "hermana menor". el joven magnate apenas tenía energía para mantener la conversación.
—Anota está dirección —dijo Elean, con una frialdad que congeló la sangre de la rubia—.Mi familia tiene una propiedad de verano en el distrito de Passy, una residencia menor que actualmente está desocupada. Le daré la orden al encargado para que te entregue las llaves. Quédate allí y no me molestes en unos días.
Anelly guardó la dirección en su memoria con una mezcla de triunfo y humillación. No era la suite del hotel de lujo, ni la suite principal de la mansión Leroux, pero era un techo seguro, un escondite fortificado donde el sastre de Transilvania no podría encontrarla. Indicó el nuevo rumbo al chofer, aferrando su maleta de mano. Si no fuera por la última gota de consideración fraternal de Elean, esa noche la gran Anelly Rosseau habría descubierto el verdadero frío de las calles de París.