¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 4: Malas notas y pensamientos pecaminosos
Al día siguiente, me encontraba sentada en la inmensa biblioteca del castillo, rodeada de pergaminos antiguos, tazas de té vacías y un dolor de cabeza monumental. Si iba a pasar el resto de mis días en este lugar disfrutando de mi jubilación anticipada, mínimo tenía que saber cuánta plata tenía en el banco y por qué nadie venía a echarme de esta mansión.
A mi lado se encontraba Brigit, mi nueva doncella personal. Era una chica pelirroja, bajita, que llevaba un uniforme de sirvienta impecable y que parecía sufrir de un ataque de pánico crónico cada vez que yo respiraba demasiado fuerte.
—Excelencia... aquí están las actas de sucesión de su difunto padre —susurró Brigit, acomodándose el delantal con manos temblorosas—. Sigo sin entender por qué desea revisar los archivos legales ahora. ¿Acaso planea confiscar las tierras de algún barón vecino para ejecutarlo?
—¿Qué? No, qué flojera —respondí, pasando de página—. Solo quiero saber por qué soy la jefa de este lugar. Según lo poco que recuerdo de las clases de historia de la escuela, en estas épocas medievales las mujeres solo heredaban tierras si estaban casadas, o el título pasaba directamente al hijo varón. Yo estoy más soltera que una ostra y no tengo hermanos. ¿Cómo es que tengo un ducado entero y un ejército bajo mi mando?
Ojeé el pergamino principal, que llevaba el sello real del imperio. Al llegar a la cláusula de herencia, casi escupo el té. El padre de la Cassandra original, que según los rumores era un duque oscuro y temible, había redactado el documento con una caligrafía dorada gigantesca que decía textualmente:
«Le dejo la totalidad de mis bienes, tierras y el Ejército de las Sombras a mi única hija, Cassandra. Al noble, ministro o miembro de la corte que se atreva a protestar o a citar las leyes de sucesión del imperio, le cortaré la cabeza personalmente y colgaré sus órganos en la plaza principal para que sirvan de alimento a los cuervos».
Me quedé mirando el pergamino con una mezcla de horror y profundo respeto.
—Qué hombre tan eficiente —comenté, apoyando la barbilla en la mano—. Eso es ahorrarle trámites a la abogacía y lo demás son cuentos. Me encanta. Con un padre así, ¿quién necesita contratos prenupciales? Me pregunto si el Duque Gideon también usará técnicas tan agresivas en sus negociaciones... Dios, qué bueno que está ese hombre. Me juego la vida a que bajo esa capa negra tiene unos abdominales que parecen una tableta de chocolate premium. Ojalá me lo encuentre un día saliendo de bañarse sin toalla; de verdad, sería un espectáculo glorioso para la salud visual y un bálsamo para mis ojos cansados.
Un crujido seco interrumpió el silencio de la biblioteca.
Miré de reojo a Brigit. La pobre chica había soltado la pila de documentos que cargaba, los cuales ahora estaban desparramados por el suelo. Tenía los ojos abiertos como platos, la boca completamente abierta y su rostro estaba tan ridículamente rojo que parecía que iba a estallar en llamas en cualquier momento.
—¡¡Duquesa Cassandra!! —chilló Brigit, tapándose la cara con las manos y mirando desesperadamente hacia los lados—. ¡Por los cielos! ¡Ha vuelto a decir sus... sus pensamientos pecaminosos en voz alta! ¡Los guardias que custodian la puerta de la biblioteca la escucharon perfectamente! ¡Están conteniendo la risa!
—¿Eh? —pestañé un par de veces, sintiendo el calor subiendo por mis propias mejillas—. ¡Ah, maldita sea! ¿Lo dije en voz alta otra vez?
—¡Sí, lo dijo completo! ¡Hasta la parte de la toalla! —Brigit parecía al borde de las lágrimas por la vergüenza ajena—. ¡Mi señora, por favor! El Duque Gideon Vance es el enemigo público número uno del imperio, un rebelde despiadado. ¡No puede ir por ahí diciendo que quiere comérselo con papas fritas y fantaseando con su anatomía frente al servicio! ¡Si el Príncipe Jarek se entera, declarará una guerra santa!
—Bueno, bueno, ya entendí. Es que mi cerebro todavía no coordina bien el filtro de las palabras —me encogí de hombros, restándole importancia mientras me levantaba de la silla—. Además, no me vas a negar que el tipo es un camión de bombones. El príncipe en cambio parece un fideo rubio oxigenado. En fin, me voy al jardín. Necesito aire libre y alejarme de tanta burocracia.
Salí al enorme patio trasero de la mansión, ignorando los murmullos de los guardias de la entrada, que de repente se habían puesto sospechosamente rectos y serios al verme pasar.
El jardín de la Cassandra original era enorme, pero daba un poco de miedo. Todo eran árboles de hojas oscuras y estatuas de piedra de criaturas mitológicas. Mientras caminaba arrastrando los pies, disfrutando de la brisa, divisé algo pequeño que se movía torpemente entre unos arbustos de rosas negras.
Me acerqué por pura curiosidad. Escondido entre las raíces, había un animalito bastante extraño. Parecía un lagarto gordo, del tamaño de un gato, cubierto de unas escamas de un color gris pálido y opaco. Tenía una pequeña herida en una de sus patitas traseras y me miraba con unos ojos dorados llenos de lástima, emitiendo un débil chillido que me partió el corazón.
—Ay, pobrecito... estás todo roto —dije, agachándome con cuidado de no romperme el corsé—. Mirá cómo tenés esa pata. Debes ser un bicho raro de este bosque.
Como nunca en mi vida pasada había tenido tiempo para cuidar de una mascota, sentí un repentino instinto maternal. Quería curarlo, pero sobre todo, quería una mascota floja que solo quisiera dormir la siesta conmigo en la cama gigante.
Recordando la lección del picnic y del pan tostado, decidí ser extremadamente cuidadosa con la magia. Solo necesitaba un hilito de energía médica. Algo suave. Un mimo mágico.
Metí la mano en el bolsillo de mi vestido y saqué un trozo de pan dulce que le había robado a la bandeja del desayuno. Lo puse frente a su hocico y luego extendí mi dedo índice, concentrándome con todas mis fuerzas. «Por favor, magia de porquería, solo cura la patita. No explotes. No prendas fuego nada. Sé un ángel de la salud».
Un hilo de luz blanca, suave y brillante, salió de mi dedo y envolvió al lagarto.
Durante tres segundos, pensé que lo había logrado. El lagarto dejó de llorar y empezó a comerse el pan dulce con entusiasmo. Sonreí, inflando el pecho de orgullo. ¡Tomá esa, Einstein! ¡Hice medicina mágica!
Pero, como era de esperarse en mi nueva vida, las cosas no podían salir bien.
De repente, el lagarto gordo dejó de comer. Sus ojos dorados empezaron a brillar como dos faros de auto. Su cuerpo comenzó a absorber la luz blanca del jardín, y luego el cielo de la tarde se oscureció por completo, cubriéndose de nubes cargadas de electricidad. El viento sopló con tanta violencia que casi me arranca el sombrero de paja.
—Uh oh... otra vez no —murmuré, dando un paso atrás.
El pequeño bicho empezó a crecer a una velocidad absurda. Sus escamas grises cayeron, revelando una piel cubierta de placas blancas y relucientes que parecían diamantes bajo la tormenta. Le brotaron cuatro patas enormes con garras de oro, una cola majestuosa que aplastó la mitad de los arbustos de rosas, y un par de alas gigantescas que generaron un minitornado en el patio.
En menos de diez segundos, el lagarto herido se había transformado en un imponente Dragón Celestial de Escamas Blancas, una deidad mítica de unos quince metros de largo que rugió hacia el cielo, haciendo que las ventanas de toda la mansión estallaran en pedazos.
Brigit, que venía corriendo detrás de mí con un chal, se quedó petrificada en la entrada del jardín. Soltó un grito sordo y se desmayó de golpe sobre el césped. Los guardias del castillo salieron al patio con las espadas desenvainadas, pero al ver a la legendaria bestia divina, cayeron de rodillas, soltando sus armas y empezando a rezar el rosario medieval.
El gigantesco dragón celestial bajó su enorme cabeza, la cual era tres veces más grande que todo mi cuerpo. Me miró fijamente con sus ojos dorados de deidad destructiva. Yo me quedé tiesa, esperando que me tragara de un bocado.
En lugar de eso, la imponente bestia arrastró su hocico por el suelo, emitió un sonido parecido al ronroneo de un motor de camión, y empezó a lamerle la cara con una lengua gigantesca y húmeda, derribándome sobre el pasto en el proceso.
—¡Puaj! ¡Pará, pará! ¡Qué asco! —grité, intentando quitármelo de encima mientras quedaba completamente empapada de baba de dragón celestial—. ¡Solo te di un pedazo de factura! ¡No nos casamos!
El dragón se sentó sobre sus patas traseras, agitando las alas con alegría como si fuera un caniche faldero emocionado, esperando que le tirara otra migaja de pan.
Desde la entrada del palacio, el capitán de la guardia, temblando de pies a cabeza, miró la escena con una devoción absoluta.
—La... la Duquesa Cassandra... no solo domina el Ejército de las Sombras —susurró con lágrimas de terror en los ojos—. ¡Ha invocado y domesticado a un Dios Celestial en menos de un minuto usando un pedazo de pan viejo! ¡Su poder es verdaderamente infinito! ¡Viva la reina de la oscuridad!
Yo me levanté del suelo, escurriéndome la baba de dragón del vestido y mirando a mi nueva "mascota" hiperactiva que ya estaba empezando a masticar una estatua de mármol por pura diversión.
Miré al cielo gris, luego a Brigit desmayada y finalmente al enorme lagarto sobrealimentado.
—Definitivamente —suspiré, pasándome una mano por la cara—. Mis vacaciones están malditas.