Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 17
El silencio que siguió al baile no fue el de la paz, sino el de la devastación. El cuartel amaneció bajo una capa de escarcha más gruesa de lo normal, y el aire en la oficina de registros se sentía cargado de una tensión que hacía que hasta el Capitán Vane evitara mi mirada. Alistair no se había dejado ver. Se decía que se había encerrado en el ala norte, el sector más antiguo y ruinoso del palacio, donde solo los guardias de su absoluta confianza tenían permitido el paso.
Yo, sin embargo, ya no era la misma mujer que temía las sombras. Llevaba en mi piel el recuerdo de sus manos en el jardín y en mi pecho el peso de su sacrificio público. Había roto con una heredera por mí; había puesto su honor frente a la Reina por mí. No iba a permitir que se hundiera en su propia oscuridad ahora que finalmente habíamos cruzado el umbral.
—Vane —dije, dejando la pluma a un lado—, necesito los registros de la Campaña de las Nieves. Los de hace doce años.
Vane levantó la vista, horrorizado.
—Elena, esos archivos están sellados por orden del Consejo Real. Nadie toca la historia de la familia Thorne si no quiere terminar en un calabozo.
—Él me salvó de un calabozo hace dos días —respondí, poniéndome de pie—. Ahora me toca a mí entender de qué se está protegiendo.
Aproveché que Vane fue llamado a una reunión de suministros para deslizarme hacia el sótano de los archivos. El lugar olía a moho, a tiempo detenido y a secretos que nadie quería desenterrar. Mis dedos, todavía sensibles por el roce de la seda de la noche anterior, recorrieron los lomos de cuero hasta encontrar un tomo sin título, atado con una cadena de hierro oxidada.
Lo abrí con el corazón en la garganta. Y allí, entre informes de bajas y mapas manchados de sangre, encontré la verdad sobre el "Muro de Invierno".
Alistair no siempre había sido de piedra. Hubo un tiempo, antes de ser el Comandante, en que era un joven oficial lleno de ideales. El archivo hablaba de una traición familiar: su propio padre, el anterior Duque, había vendido la posición de sus tropas a los rebeldes del norte a cambio de mantener sus tierras. Alistair fue el único superviviente de una masacre que acabó con todo su regimiento. Tuvo que ejecutar a su propio progenitor para limpiar el nombre de su linaje y jurar lealtad absoluta a la corona, prometiendo que nunca más permitiría que una emoción —el amor filial, la piedad, la pasión— nublara su juicio.
Cerré el libro, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la humedad del sótano. Alistair no odiaba el amor; le tenía pánico. Para él, sentir era sinónimo de traición y muerte.
Subí las escaleras, no hacia mi oficina, sino hacia el ala norte. El corazón me latía con una urgencia nueva. Crucé los pasillos prohibidos, esquivando a los guardias que, por alguna razón que solo podía atribuir al destino o a que Alistair les había dado órdenes implícitas de no tocarme, me dejaron pasar.
Llegué a una puerta de roble macizo. No llamé. Entré.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el fuego agonizante de una chimenea. Alistair estaba sentado en un sillón de cuero, con una botella de licor a medio vaciar y la mirada perdida en las brasas. Se había quitado la guerrera; solo vestía una camisa de lino blanca, desabrochada en el pecho, que revelaba la extensión de sus cicatrices.
—Te dije que te fueras, Elena —su voz era un susurro roto, desprovisto de toda autoridad militar.
—Sé lo de tu padre —dije, cerrando la puerta tras de mí.
Él se tensó, sus hombros anchos se endurecieron y su mandíbula se marcó con una fuerza que amenazaba con romper el hueso. Se levantó lentamente, como un animal herido que se prepara para atacar.
—No tenías derecho a buscar en esas tumbas.
—Tengo el derecho que me diste en el jardín —me acerqué a él, ignorando el peligro que emanaba de su figura—. Me salvaste de Genevieve porque no podías soportar que me dañaran, pero te estás dañando tú mismo cada vez que levantas este muro. No eres tu padre, Alistair. Tu lealtad no es una debilidad, y lo que sientes por mí... lo que sientes por mí no es una traición.
Se acercó a mí con dos zancadas, atrapándome por los hombros. Sus manos quemaban a través de mi sencilla blusa de algodón.
—¿Crees que es tan fácil? —rugió, sus ojos grises brillando con una mezcla de furia y agonía—. Cada vez que te toco, siento que estoy rompiendo mi juramento. Cada vez que mi cuerpo grita por el tuyo, veo los rostros de los hombres que murieron porque un hombre prefirió sus sentimientos al deber. Eres un veneno dulce, Elena. Me haces querer olvidar quién soy.
—Entonces olvídalo —susurré, subiendo mis manos por su pecho, sintiendo el calor abrasador de su piel bajo el lino—. Sé solo Alistair. Solo por esta noche.
La tensión sensual entre nosotros, que ya era insoportable, estalló en ese ambiente de confesión y sombras. Alistair soltó un gemido que fue mitad protesta y mitad rendición, y estrelló su boca contra la mía. Este beso no tenía nada de la elegancia del salón de baile; era un choque de desesperación, de hambre acumulada y de un dolor que solo la pasión podía adormecer.
Me levantó en vilo y me sentó sobre una mesa de madera antigua, apartando de un manotazo un mapa de las fronteras. Sus manos buscaron ansiosamente mi piel, subiendo por mis muslos con una urgencia que me hizo soltar un jadeo de pura necesidad. El contraste entre su camisa blanca desordenada y la oscuridad de la habitación creaba una atmósfera de intimidad prohibida.
Sentí sus labios bajar por mi escote, marcando mi piel con una ferocidad que me hacía arquear la espalda. Sus dedos encontraron los cordones de mi corpiño y los desataron con una destreza militar que me dejó expuesta ante él. Cuando sus manos cálidas envolvieron mis pechos, sentí una descarga eléctrica que me recorrió hasta la punta de los dedos.
—Maldita seas... —murmuró contra mi piel, su voz ronca de deseo—. Si esto es la ruina, que me consuma por completo.
Me atrajo más hacia él, sus manos bajando hasta mi cintura, apretándome contra su propio deseo, que era evidente y exigente bajo sus pantalones de uniforme. La sensualidad era cruda; olía a leña quemada, a licor fuerte y a la piel de un hombre que finalmente estaba dejando caer su armadura. En ese momento, no había duques, ni comandantes, ni escribientes. Solo había dos almas intentando salvarse del invierno mutuo.
Él se detuvo por un segundo, apoyando su frente contra la mía, con los ojos cerrados. Su respiración era errática, pesada.
—Si sigo, Elena... si no me detengo ahora mismo, no habrá vuelta atrás. Te marcaré como mía de una forma que ni la Reina ni el ejército podrán borrar jamás.
—Ya me marcaste en el jardín, Alistair —respondí, rodeando su cuello con mis brazos y atrayéndolo de nuevo hacia mí—. Ahora termina de derretir el hielo.
Él no necesitó más. Me tomó de nuevo con un hambre renovada, pero justo cuando el mundo parecía desvanecerse en un torbellino de sensaciones, un golpe seco en la puerta exterior nos devolvió a la realidad.
—¡Excelencia! —era la voz de un mensajero de la guardia—. ¡Un despacho urgente de la frontera norte! ¡Los rebeldes han cruzado el río!
Alistair se separó de mí como si le hubieran disparado. El hombre de hielo regresó en un parpadeo, sus ojos recuperando esa claridad gélida y analítica. Se abrochó la camisa con manos firmes, aunque todavía respiraba con dificultad.
Me miró una última vez antes de ponerse su guerrera. Ya no era el hombre vulnerable del sillón; era el Comandante Thorne. Pero en el fondo de su mirada, vi que la semilla de la duda —y de la esperanza— ya estaba plantada.
—Vuelve a tu habitación, Elena. Prepárate. Si la frontera ha caído, el invierno que viene será el más largo de nuestras vidas.
Salió de la habitación sin mirar atrás, dejándome allí, con el cabello desordenado y el corazón en pedazos, pero con la certeza de que ya no era una extraña para su pasado. Ahora entendía su frío. Y ahora sabía exactamente cómo combatirlo.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉