Sin loba. Sin linaje. Sin lugar en el mundo.
Criada como sirvienta en la manada más despiadada del reino, Lyra ha sobrevivido dieciocho años de desprecio ocultando lo único que la hace diferente: un cabello blanco como la luna que tiñe de negro cada noche, y un poder latente que ni ella misma comprende.
Cuando el Alfa Vane —el hombre que debería ser su compañero destinado— la rechaza públicamente para coronar a otra como su Luna, Lyra hace lo impensable: lo rechaza de vuelta. Las palabras de ruptura le destrozan el alma, pero también encienden algo antiguo en su sangre.
Y entonces aparece él.
Aron. El Soberano.
Un ser milenario de ojos negros como el abismo, tan letal como seductor, que ha esperado siglos por una mujer con aroma a madreselva y ojos que guardan tormentas. Desde el momento en que la atrapa entre sus brazos, Aron no piensa soltarla. Nunca.
Pero el nuevo vínculo que los une despierta fuerzas que llevaban generaciones dormidas. Lyra descubre que su linaje no está extinto... y que el hombre que la reclama como suya guarda un secreto capaz de destruirlo todo.
Mientras conspiraciones ancestrales, traiciones políticas y un enemigo que devora almas cierran el cerco, Lyra deberá elegir entre el amor que la hace invencible y la verdad que podría convertir a su compañero en su peor enemigo.
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Lyra
No podía dejar de caminar.
La alfombra lujosa de la habitación amortiguaba mis pasos, pero el silencio a mi alrededor parecía gritar.
Mi mano seguía cerrada en un puño, la sangre de Aron secándose en mi palma como una marca de guerra que me negaba a borrar.
Cada fibra de mi ser vibraba con la agonía de él a través del vínculo.
Era una náusea negra, un calor corrosivo que subía por mi propia columna.
Cuando la puerta finalmente se abrió, no tuve tiempo de hablar.
Aron entró como una tempestad de oscuridad y dolor.
No vaciló, no pidió ayuda.
Antes de que pudiera preguntar por la herida, cruzó la distancia entre nosotros en dos zancadas largas y me acorraló contra la pared de piedra fría con una fuerza que me arrancó un jadeo.
Sus ojos negros estaban dilatados, casi completamente tomados por las pupilas, chispeando con un hambre peligrosa.
Sujetó mi rostro con sus manos grandes, los dedos hundiéndose en mi cabello plateado mientras inclinaba la cabeza.
— Desobedeciste — siseó contra mis labios, el aliento caliente cargado de feromonas y del olor metálico de la sangre que lo consumía.
— Saliste del cuarto, mi luna. Te expusiste.
— Aron, tú estás… — intenté decir, pero él no quería explicaciones.
Me besó.
No fue una petición; fue una reclamación.
Un beso posesivo, dominante, que invadió mis sentidos y me hizo perder el suelo.
Sus manos bajaron a mi cintura, jalándome hacia arriba, forzando mi cuerpo contra el suyo hasta que no quedó aire entre nosotros.
Instintivamente, mis manos subieron a sus hombros, aferrándose a su túnica negra para no caer.
En el punto álgido del beso, en el momento en que él profundizó el contacto como si quisiera devorarme, algo cambió.
Una ola de calor pálido y eléctrico partió del centro de mi pecho y fluyó por todo mi cuerpo.
No me di cuenta.
Estaba perdida en su sabor, en la forma en que me dominaba.
Pero Aron sí lo notó.
Sentí su cuerpo tensarse.
A través del vínculo, escuché el susurro de algo cerrándose.
El siseo de la plata siendo expulsada de su carne resonó en mi mente.
El dolor negro que sentía a través de la conexión empezó a ser reemplazado por una vitalidad arrasadora.
Aron soltó un gruñido gutural contra mi boca.
Sintió la herida en la espalda —aquel cráter de carne podrida y magia antigua— comenzar a cerrarse instantáneamente bajo la influencia del toque inconsciente de su compañera.
Se apartó solo unos milímetros, sus labios aún rozando los míos, la respiración errática.
¿Cómo? Vi la pregunta en sus ojos.
Me miraba como si fuera un milagro imposible y peligroso.
Sentía la vida regresando, sentía el veneno de la plata siendo incinerado por la energía que emanaba de mí.
En lugar de apartarse para cuestionarlo, se volvió aún más hambriento.
Sus manos apretaron mi cintura con tanta fuerza que dejarían marcas, y volvió a besarme, pero esta vez con una urgencia febril.
Me besaba más fuerte, consumiendo cada centímetro de esa energía, succionando mis labios como si yo fuera su única fuente de supervivencia en el mundo.
Ya no era solo su Luna.
En esa penumbra, yo era suya, y él me consumía como si estuviera dispuesto a perderse en mí para siempre.