Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
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Capítulo 20 — Una cosa a la vez
La mansión estaba en silencio.
Después de que Alana se fue, solo quedaron el sonido suave de la cuchara tocando el tazoncito de papilla y las risitas ocasionales de Clara.
Eduardo permaneció sentado frente a su hija, completamente concentrado.
— Una cucharada más, princesa.
Clara abrió la boca y recibió la fruta, meneando enseguida los piececitos en la sillita.
Él sonrió.
Aún se sentía extraño.
Pero, al mismo tiempo, natural.
Como si aquel lugar frente a su hija siempre hubiera sido suyo… y él simplemente hubiera tardado en darse cuenta.
Al terminar la cena, le limpió la boquita con un trapito húmedo.
— Listo.
Clara soltó un ruidito contento.
Eduardo la tomó en brazos.
El cuerpecito pequeño se acurrucó de inmediato contra su pecho.
El aroma suave del jabón infantil todavía flotaba desde el baño.
— Hueles muy bien, ¿eh?
La bebé se aferró a uno de los botones de la camisa ligera que él llevaba.
Eduardo subió la escalera despacio, cargándola hasta su habitación.
El cuarto estaba iluminado apenas por la lámpara de luz tenue.
Mariposas decoraban la pared.
La cuna blanca al centro.
La puso en la alfombra por unos instantes, sosteniendo sus manitas.
— ¿Intentamos un pasito más?
Clara se rio.
Dio un pequeño paso.
Después otro.
Eduardo sintió que el corazón se le apretaba de emoción.
— Eso… eso, mi niña…
La voz le salió baja y contenta.
Después de algunos minutos, la tomó de nuevo en brazos y comenzó a mecerla suavemente.
El cuerpecito se fue relajando poco a poco.
Los ojitos ya pesados de sueño.
Fue entonces cuando la imagen de Alana apareció en su mente.
La manera dulce en que le hablaba a Clara.
La paciencia.
La sonrisa.
Los ojos castaños siempre atentos.
El cabello recogido de forma sencilla, pero elegante.
Eduardo se detuvo un segundo, mirando a su hija que se quedaba dormida.
Y pensó en voz alta, sin darse cuenta:
— Es que… la verdad sí es bonita.
El silencio del cuarto pareció devolverle la frase.
Por un segundo, se quedó inmóvil.
Entonces frunció el ceño.
— ¿Qué te pasa, Eduardo?
Murmuró para sí mismo.
Se pasó la mano por el rostro, incómodo.
— Ya basta con eso.
Miró de nuevo a Clara.
Dormida en sus brazos.
Serena e inocente.
La culpa llegó de inmediato.
— Tienes que pensar en una sola cosa.
La voz le salió firme.
— En tu hija.
Respiró hondo.
Como si necesitara poner en orden su propia cabeza.
— Solo en ella.
Con cuidado, acostó a Clara en la cuna y le acomodó la mantita sobre el cuerpecito pequeño.
Se quedó observándola unos segundos.
El rostro tranquilo.
El chupón en la comisura de la boca.
El osito rosa a un lado.
Entonces, antes de apagar la luz, volvió a pensar en Alana.
En la forma en que Clara se calmaba con ella.
En la forma en que la casa parecía más liviana desde su llegada.
Y eso lo incomodó todavía más.
Porque lo sabía.
Aún no estaba listo para sentir nada.
No después de Eleonor.
No después de todo.
Todavía amaba a su difunta esposa.
Apagó la luz principal, dejando solo la lámpara encendida.
Y, antes de salir, murmuró para sí mismo:
— Una cosa a la vez.
Pero, en el fondo… la imagen de Alana seguía ahí, en su mente.
aunque parece q para el no va a ser tan fácil.
Elevó a Dios mis plegarias por iluminar su mente, es un buen trabajo.Felicitaciones y abundantes bendiciones. Gracias