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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 10
Nox
El dolor me despertó.
No fue un despertar suave. Fue como si alguien me clavara un hierro al rojo vivo en la pierna y lo retorciera. Grité antes de abrir los ojos. Mi voz rebotó en paredes de cemento.
Olía a desinfectante, a sangre seca y a algo metálico.
Abrí los ojos.
Estaba en una habitación pequeña, sin ventanas. Una camilla metálica debajo de mí. Un gotero clavado en la vena del brazo derecho. Mi pierna izquierda vendada con gasas blancas manchadas de rojo.
Y él.
Killa estaba sentado en una silla, en la esquina opuesta. Con las piernas cruzadas. Un libro abierto sobre el regazo. Como si esperara el autobús, no vigilando a su prisionera.
Pero no estaba leyendo.
Me miraba por encima del libro. Con esos ojos oscuros que no parpadeaban.
—Buenas noches, Nox —dijo, cerrando el libro despacio—. Dormiste casi un día entero. Empezaba a preocuparme.
Intenté incorporarme. Un dolor agudo me recorrió la pierna y caí de nuevo sobre la camilla.
—No te muevas —dijo él, sin levantarse—. La bala rozó la arteria. Perdiste mucha sangre. El médico militar dijo que necesitas reposo.
—¿El médico militar? —escupí, con la voz ronca—. ¿Me estás reteniendo aquí para curarme?
Killa sonrió. Esa sonrisita ladeada que ya empezaba a conocer.
—Te estoy reteniendo aquí para muchas cosas. Curarte es una de ellas.
Se levantó. Caminó hacia mí despacio. Sin prisa. Disfrutando cada paso.
Me quedé quieta. No por valentía. Porque no podía huir.
Se detuvo a un metro de la camilla. Me miró de arriba abajo. Mis ropas rotas. Mis vendas manchadas. Mi cara hinchada por el golpe de Ko.
—Ese ojo —dijo, señalando mi pómulo amoratado—. No te lo hice yo.
—No —respondí—. Fue Ko.
Killa inclinó la cabeza. Su mandíbula se tensó apenas un milímetro.
—¿El hijo del líder rebelde?
—El mismo.
—¿Te golpea a menudo?
No respondí.
Killa esperó. Yo también.
Finalmente, suspiró. Se sentó en el borde de la camilla. Sentí su peso hundir el colchón. Estaba demasiado cerca. Olía a jabón de hombre y a cuero limpio.
—Sabes —dijo, mirando mis vendas—, cuando te disparé, no fue para matarte.
—Lo sé —respondí—. Si quisieras matarme, ya lo habrías hecho.
—¿Y no te da miedo?
—Tengo más miedo de Ko que de ti.
Killa soltó una risa baja. Ronca. Cálida. Me pilló desprevenida.
—Eso es lo que me gusta de ti, Nox. Dices la verdad. Aunque duela.
Me agarró la barbilla —otra vez— y me obligó a mirarlo. Sus dedos eran fríos. Pero su mirada era fuego.
—Ko te pega. Ko te posee. Ko te obliga a acostarte con él.
Mi respiración se cortó.
—Lo sé todo, Nox. He visto los partes médicos de los refugios. Las visitas de tu hermana al hospital. Las noches que pasas en la habitación privada de Ko.
Me soltó la barbilla. Pero no se apartó.
—Y sin embargo —continuó, con la voz más baja—, sigues ahí. ¿Por qué?
Tragué saliva. Mi garganta ardía.
—Por mi hermana.
—Ya lo sé. Pero ahora estás aquí. Lejos de ella. Lejos de Ko.
—¿Qué quieres, Killa?
Él se inclinó. Su rostro quedó a centímetros del mío.
—Quiero que entiendas una cosa.
Pausa.
Su aliento en mi mejilla.
—Desde que te vi en esa plaza, con los ojos llenos de odio y la boca llena de sangre… desde ese momento, eres mía.
—No soy de nadie —respondí, con la voz temblorosa pero firme.
—Lo sé. Y eso es lo que me vuelve loco.
Se apartó. Se puso de pie. Ajustó su uniforme con dos palmadas. Recuperó su máscara de hielo.
—Ahora descansa. Mañana empezamos los interrogatorios.
—¿Interrogatorios? —pregunté—. ¿Sobre qué?
Killa se giró en la puerta. Me miró por encima del hombro.
No sonrió. No esta vez.
—Sobre nada. Es solo para tener una excusa para verte todos los días.
Y salió.
La puerta se cerró con un golpe metálico.
Me quedé sola en la penumbra, con el corazón latiendo demasiado rápido, la pierna ardiendo, y la certeza de que Killa no era solo un verdugo.
Era algo peor.
Alguien que me miraba como si yo fuera su perdición.
Killa
Caminó por el pasillo con las manos en los bolsillos.
Dentro, algo le hervía.
Ko la golpea.
Ko la posee.
Ko duerme con ella.
Apretó la mandíbula hasta que le dolió.
Eso va a cambiar, pensó. Ella no es de él. Ella no es de nadie.
Todavía.
Llegó a su despacho. Cerró la puerta. Sacó del bolsillo la cinta negra de Nox. La besó.
Como un enfermo.
Como un hombre que ha perdido el juicio y no le importa.
—Vas a ser mía —susurró a la cinta—. Aunque me odies. Aunque me maldigas. Aunque prefieras morir.
Guardó la cinta.
Encendió su computadora.
Y se puso a buscar todo lo que pudiera encontrar sobre Ko.
No por el Régimen.
Por él.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...