⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Perder su alma
El puerto no solo olía a metal oxidado y agua salada; esa noche, el aire estaba saturado con el hedor espeso de la muerte inminente. Las grúas gigantes, oxidadas por décadas de humedad, se alzaban contra el cielo nocturno como esqueletos de hierro que vigilaban un cementerio. Las luces de neón de la ciudad, allá a lo lejos, eran apenas un parpadeo insignificante comparado con la oscuridad absoluta que reinaba entre los pasillos de contenedores de carga. Cuando la caravana de Kenny frenó, el chillido de los neumáticos fue el primer grito de una guerra que ya no tenía vuelta atrás.
Cass bajó del vehículo y el impacto del frío le cortó la respiración, pero fue la marca en su cuello lo que realmente lo mantuvo de pie. El mordisco de Kenny latía con una fuerza salvaje, enviando oleadas de calor a través de su sangre. A través del lazo que ahora los unía, Cass podía sentir la furia de su Alfa como si fuera un incendio forestal rugiendo en sus propias venas. Ya no quedaba rastro del Omega asustadizo que servía café con manos temblorosas. Ese chico había muerto en el instante en que los colmillos de Kenny se hundieron en su carne, reclamándolo, transformándolo en algo mucho más peligroso: el compañero de un depredador.
—Quédate detrás de mí —ordenó Kenny. Sus manos, cubiertas por guantes de color negro, sostenían el arma con una calma que daba escalofríos. Sus ojos, antes cálidos para Cass, ahora eran dos rendijas de acero—. Si esto se sale de control, entra en el contenedor azul a tu izquierda. No salgas, pase lo que pase. Júralo.
—No voy a esconderme, Kenny —respondió Cass, ajustándose la chaqueta de cuero que todavía desprendía el aroma embriagador de su Alfa. El olor a roble y romero lo envolvía como una armadura invisible—. Soy tu Omega. Mi lugar es donde tú estés, peleando o sangrando.
Kenny lo miró de reojo. Por un breve segundo, la máscara de asesino se agrietó para dejar ver un destello de orgullo feroz y deseo puro. Le dio un apretón rápido en la mano, un contacto breve que transmitió una promesa de protección eterna, antes de avanzar hacia el espacio abierto del muelle.
Allí, bajo la luz mortecina de un farol que parpadeaba, esperaba Danilo. Estaba rodeado por una docena de mercenarios, hombres que olían a pólvora, sudor y el miedo que intentaban ocultar. El aroma de Danilo, ese ciprés frío y jengibre amargo, inundó el lugar como un gas venenoso. Chocó violentamente contra las feromonas de Kenny, creando una atmósfera tan densa que el aire se sentía pesado, difícil de tragar. Los subordinados de ambos bandos dieron pasos hacia atrás, con los instintos gritándoles que se alejaran de la colisión de dos Alfas dominantes en pie de guerra.
—Has tardado, Kenny. Estaba empezando a pensar que el dulce aroma de tu nueva mascota te había dejado dormido —dijo Danilo con una sonrisa torcida. Su rostro aún mostraba los restos de la paliza anterior, pero sus ojos brillaban con una confianza maníaca—. Aunque veo que ya le has puesto el collar. Qué posesivo de tu parte.
Kenny soltó una risa seca, un sonido que resonó como metal golpeando metal contra los contenedores.
—No es un collar, Danilo. Es una sentencia —respondió Kenny, su voz vibrando con una amenaza que hizo que los hombres de Danilo apretaran sus armas—. Una promesa de que cualquiera que intente ponerle una mano encima terminará despedazado en el fondo de este puerto.
Danilo ignoró la amenaza y clavó sus ojos en Cass. Inhaló profundamente, un gesto de provocación pura que buscaba humillar al Omega.
—Hueles delicioso, pequeño —escupió con malicia—. Pero el roble no te queda bien. Tu miel se siente... sofocada. ¿No te gustaría probar algo más fresco? Mi ciprés podría hacerte olvidar que alguna vez te vendiste a este criminal de poca monta.
Cass sintió que la rabia de Kenny explotaba a través del lazo, una presión física que casi lo hace caer de rodillas. El Alfa dio un paso para atacar, pero Cass se adelantó. Dio un paso firme, saliendo de la sombra protectora de Kenny, y miró a Danilo con un desprecio absoluto.
—Mi miel no está sofocada, Danilo —dijo Cass, su voz cortando el aire como una cuchilla—. Está encendida. Y tu aroma a jengibre no me provoca nada más que asco. Puedes tener todas las armas del mundo, pero nunca tendrás lo que nosotros tenemos. Eres un Alfa que solo sabe ladrar desde lejos porque sabe que, de cerca, Kenny te arrancaría la garganta.
El silencio que siguió fue sepulcral. Los mercenarios se miraron entre sí, incrédulos ante la audacia del Omega. Danilo apretó los dientes, y su aroma a jengibre se volvió agrio, podrido por la humillación.
—Qué boca tan grande tienes para ser tan pequeño —siseó Danilo, levantando la mano—. ¡Mátenlos a todos! ¡Pero al Omega tráiganmelo vivo!
En ese instante, el muelle explotó en un caos sangriento.
El primer disparo alcanzó a uno de los hombres de Danilo en la frente, salpicando el contenedor gris con un chorro de sangre roja y espesa. Kenny reaccionó con la velocidad de un rayo, tirando de Cass hacia abajo detrás de una pila de vigas de acero mientras devolvía el fuego con precisión quirúrgica.
—¡Te dije que te quedaras atrás! —rugió Kenny. Sus ojos ardían con una adoración salvaje, mezclada con el terror de perder lo que más amaba.
—¡Y yo te dije que no lo haría! —respondió Cass, la adrenalina corriendo por sus venas como electricidad.
La pelea se convirtió rápidamente en una carnicería. Los hombres de Kenny, soldados leales entrenados para la guerra, chocaron contra los mercenarios de Danilo en un combate cuerpo a cuerpo que hacía crujir los huesos. El sonido de los disparos era ensordecedor, pero los gritos de dolor eran peores.
Kenny se movía como un demonio entre las sombras. Un hombre de Danilo intentó flanquearlos, pero Kenny lo interceptó antes de que pudiera apretar el gatillo. Con un movimiento fluido, le hundió un cuchillo en el costado del cuello. La sangre brotó a borbotones, empapando la camisa del atacante y las manos de Kenny. El Alfa no se detuvo; giró sobre sus talones y pateó a otro enemigo en el pecho, lanzándolo contra un camión con tal fuerza que se escuchó claramente cómo se partían sus costillas.
El suelo del puerto empezó a volverse resbaladizo. El agua de lluvia se mezclaba con la sangre que corría por las grietas del asfalto. Un subordinado de Danilo recibió un disparo en la garganta y cayó al suelo, gimiendo mientras intentaba en vano detener la hemorragia con sus manos, dejando marcas carmesí en el suelo metálico.
Cass, a pesar de no tener un arma de fuego, no se quedó quieto. Cuando un mercenario logró burlar la defensa de Kenny y se lanzó sobre él, Cass utilizó una barra de hierro que encontró en el suelo. Con un grito de rabia alimentado por el lazo de su Alfa, golpeó al hombre en la sien. El sonido del impacto fue seco. El hombre cayó de lado, con el rostro cubierto de sangre, mientras Cass respiraba agitado, sintiendo el aroma a roble de Kenny reforzando sus instintos de supervivencia.
—¡Maldito mocoso! —gritó otro atacante, cargando hacia Cass con un cuchillo largo.
Kenny apareció de la nada. No usó su arma; usó su fuerza bruta. Agarró el brazo del hombre y lo dobló hacia atrás hasta que el hueso del antebrazo atravesó la piel en una explosión de blanco y rojo. El mercenario gritó de puro horror antes de que Kenny le rompiera el cuello con un giro seco.
La batalla era un torbellino de carne desgarrada y metal. Los disparos rebotaban en los contenedores, creando chispas que iluminaban brevemente los rostros desencajados por el odio. Danilo, viendo que sus hombres estaban siendo masacrados, decidió jugar sucio. No buscaba una victoria limpia; buscaba destrucción.
—¡Ahora! —bramó Danilo desde la seguridad de la parte trasera de un contenedor.
De repente, una explosión ensordecedora sacudió los cimientos del muelle. Una de las grúas cercanas fue golpeada por una carga explosiva, y toneladas de metal empezaron a ceder. Una cortina de humo negro, denso y tóxico, lo cubrió todo en cuestión de segundos. El olor a quemado y pólvora borró temporalmente los rastros de feromonas, dejando a todos ciegos y desorientados.
A través del lazo, Cass sintió un pinchazo de alarma pura. No era su miedo; era el de Kenny. El Alfa, que nunca retrocedía ante nada, estaba aterrorizado por no poder ver a su Omega.
—¡Cass! —gritó la voz de Kenny, distorsionada por el humo y el estruendo de los escombros cayendo.
Cass intentó responder, pero el aire se le escapó de los pulmones cuando una mano áspera, grande y con olor a jengibre agrio se cerró sobre su boca. Un brazo como una cadena de hierro lo rodeó por la cintura, levantándolo del suelo.
—Te tengo, miel —susurró la voz de Danilo en su oído, cargada de una malicia enferma.
Cass luchó como un animal atrapado. Intentó morder la mano que lo asfixiaba, intentó patear, pero Danilo era un Alfa impulsado por el odio. Con un movimiento brusco, Danilo estrelló a Cass contra la pared de un contenedor. El impacto le sacó el aire y dejó su visión llena de estrellas.
—Kenny... —intentó decir Cass, pero su voz fue solo un susurro ahogado.
A través del humo, Cass pudo ver la silueta de Kenny masacrando a los últimos dos hombres que se interponían en su camino. El Alfa estaba cubierto de sangre ajena, sus ojos brillando con una luz roja de puro instinto asesino. Estaba desesperado, buscando el rastro de su Omega entre el caos.
Danilo sonrió, mostrando sus dientes manchados de sangre. Antes de que Cass pudiera gritar de nuevo, Danilo le propinó un golpe seco en la nuca. El mundo de Cass se tambaleó. El aroma a ciprés y jengibre lo envolvió como una manta de hielo, asfixiando por completo el calor reconfortante del roble de Kenny.
Lo último que sintió antes de que la oscuridad lo reclamara fue el tirón violento del lazo en su pecho. Podía sentir el corazón de Kenny rompiéndose en mil pedazos de rabia y dolor. Escuchó el grito desgarrador de su Alfa llamando su nombre, un sonido que no era humano, sino el rugido de una bestia que acababa de perder su alma.
Danilo arrastró el cuerpo inconsciente de Cass hacia una lancha rápida que esperaba oculta bajo el muelle. No quería matarlo, todavía no. Quería ver a Kenny arrastrarse, quería usar al Omega para destruir al hombre que le había quitado todo. Mientras la lancha se alejaba en la oscuridad del mar, dejando atrás el puerto envuelto en llamas y cadáveres, la guerra entró en su fase más oscura. La miel se había apagado temporalmente, y lo único que quedaba era el rastro de sangre que marcaría el camino de la venganza de Kenny.
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho