Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 23
Leonardo
Los mellizos cumplieron nueve meses un martes lluvioso de octubre.
No hubo tarta esta vez mi madre estaba de viaje en Milán por asuntos de la empresa pero Vale llegó con un globo de helio con forma de osito y dos gorros de lana que había tejido ella misma. Uno azul para Tomas, uno rosa para Lucía, con sus iniciales bordadas en la parte de atrás.
—¿Cuándo has tenido tiempo de hacer esto?
pregunté, mientras probaba el gorro de Tomas en la cabeza del pequeño. Le quedaba grande, pero él parecía encantado, tocando la lana con sus manitas curiosas.
—En las noches. Cuando terminaba de estudiar.
—¿Duermes alguna vez?
—Duermo lo suficiente.
—No es verdad.
—Tampoco es tu problema.
Me miró con esa expresión que ya conocía, la de, no voy a discutir esto contigo porque sé que tienes razón pero no voy a admitirlo. Sonreí y dejé el tema. Había aprendido que con Vale, algunas batallas había que elegirlas con cuidado.
Los mellizos, entretanto, estaban en su mejor momento. Lucía se había puesto de pie sola por primera vez hacía una semana, aferrada al borde del sofá con una determinación unica. Tomas iba más lento, gateaba con seguridad pero aún no se atrevía a levantarse. El pediatra decía que era normal, que cada niño tiene su ritmo, pero yo no podía evitar compararlos y preocuparme.
—No los compares
dijo Vale, como si me hubiera leído el pensamiento.
—Son personas diferentes. Cada uno va a su tiempo.
—Lo sé. Pero no puedo evitar...
—Preocuparte. Lo sé. Por eso estoy yo. Para decirte que dejes de preocuparte.
—¿Y quién te dice a ti que dejes de preocuparte?
Ella me miró. En sus ojos marrones había algo que había empezado a aparecer en las últimas semanas, algo que no sabía cómo nombrar pero que reconocía porque yo también lo sentía. Era la certeza de que no estábamos solos. La seguridad de que, pase lo que pase, había alguien al otro lado.
—Nadie
dijo, con una sonrisa pequeña.
— Pero supongo que tendré que aprender.
Esa tarde, después de que los mellizos hicieran la siesta, Vale se sentó en la alfombra con sus apuntes de diseño gráfico. Llevaba semanas preparando un proyecto final, una identidad visual para una marca de productos ecológicos, y yo la había visto esbozar logotipos en cualquier superficie disponible, servilletas, recibos, incluso en el dorso de un pañal una noche que se quedó aquí y Tomas no la dejaba dormir.
—Enséñame
dije, sentándome a su lado.
—¿Enseñarte qué?
—Lo que estás haciendo. Quiero verlo.
Me miró con desconfianza, como si esperara una crítica o una broma. Pero cuando abrió la carpeta y me mostró los bocetos, lo único que sentí fue admiración.
Eran buenos. Más que buenos. Las líneas limpias, los colores cuidadosamente elegidos, la forma en que cada elemento parecía tener un propósito. Había talento en esos dibujos, un talento que ella parecía no reconocer.
—Es solo un proyecto de clase
dijo, encogiéndose de hombros.
—No es solo un proyecto. Es bueno. Deberías presentarlo a algún concurso, buscar una editorial, algo.
—No tengo tiempo para concursos. Tengo que limpiar, estudiar, ayudar con los mellizos...
—Vale
la interrumpí, tocándole la mano.
— Yo puedo contratar a otra persona para que limpie. Puedo pagarte las horas que dedicas a los niños. Lo que necesites para que puedas...
—No quiero que lo hagas
dijo, apartando la mano con suavidad.
—entonces acéptame el pago por tu ayuda.
dije mirándola.
—No quiero que me pagues. No quiero que me mantengas.
—No es mantenerte. Es ayudarte para que puedas hacer lo que te gusta.
—Eso es lo mismo.
—No lo es.
—Para mí lo es.
El silencio que siguió fue incómodo, pero no hostil. Vale guardó sus apuntes con movimientos más bruscos de lo necesario, y yo me quedé mirándola sin saber qué decir. Había tocado un nervio que no sabía que existía.
—Mi madre
dijo de repente, con la voz más baja de lo normal
—Mi madre trabajaba limpiando casas. Como yo. Y siempre decía que lo único que quería era que yo estudiara, que tuviera una vida mejor. Pero cuando se enfermó, no había dinero para nada. Ni para los estudios, ni para la comida, ni para los médicos. Y yo no pude hacer nada. Solo ver cómo se iba.
—Vale...
—No te lo cuento para que te de lástima. Te lo cuento para que entiendas por qué no quiero que me pagues para estudiar. Porque si lo haces, si dependo de ti para algo que no sea mi trabajo, entonces cuando te vayas...
—No me voy a ir. Y también es tu trabajo aquí.
—No. Todos se van, Leonardo. Todos.
No supe qué responder. No había palabras que pudieran borrar años de pérdidas, de soledad, de haber aprendido a no confiar en nadie. Así que hice lo único que se me ocurrió, me acerqué a ella, la rodeé con mis brazos, y la sostuve.
Al principio se quedó rígida, como si no supiera qué hacer con ese contacto. Pero luego, muy lentamente, apoyó la cabeza contra mi hombro. No lloró. No dijo nada. Solo se quedó allí, en silencio, mientras afuera la lluvia golpeaba los ventanales y los mellizos dormían en sus cunas.
—No sé hacer esto
dijo después de un largo rato.
—¿Hacer qué?
—Esto. Confiar. Querer. No sé cómo se hace sin que duela.
—Yo tampoco
admití.
—Pero quiero aprender. Contigo. Si me dejas.
Levantó la cabeza y me miró. Sus ojos estaban brillantes, sus mejillas sonrosadas, y en su expresión había algo que no había visto antes no era miedo, no era duda. Era deseo. El mismo deseo que yo sentía cada vez que la veía jugar con los mellizos, cada vez que la oía reír, cada vez que nuestros dedos se rozaban al pasar los biberones.
—Leonardo
dijo, con una voz que no le había oído nunca.
—Vale.
Me incliné hacia ella. Ella se inclinó hacia mí. Nuestros labios estaban a un suspiro de distancia cuando Tomas empezó a llorar en su cuna.
El momento se rompió como un espejo. Vale se apartó, las mejillas encendidas, y yo me quedé con la sensación de que algo se me escapaba entre los dedos.
—Voy yo
dijo, levantándose antes de que yo pudiera reaccionar.
—Vale...
—Después
dijo, sin mirarme.
—Hablamos después.
Se fue hacia la habitación de los mellizos con pasos que no eran los suyos, más rápidos, más nerviosos. Y yo me quedé en la sala con los apuntes de diseño gráfico esparcidos sobre la alfombra y el sabor de su aliento todavía en mis labios.
Después no hablamos.
No esa tarde ni al día siguiente. Vale llegó a la mañana siguiente con su uniforme celeste y su cara profesional, la que usaba los primeros días, cuando todavía no me había dejado ver quién era detrás del carrito de limpieza.
—Buenos días, señor Fontana
dijo, y el señor Fontana me golpeó como un puñetazo.
—Vale...
—Tengo mucho trabajo hoy. El encargado dijo que el penthouse necesita una limpieza profunda.
—Vale, por favor...
—Los mellizos ya desayunaron. Les puse los bodies azules, los que tienen rayas. Están en la sala, jugando en la alfombra.
Me ignoró todo el día. Limpió la cocina, los baños, los ventanales, con una eficiencia que no le había visto desde las primeras semanas. No se sentó a tomar café conmigo. No se quedó a jugar con los mellizos después de terminar. Y cuando se fue, a las cinco en punto, no dijo hasta mañana. Solo adiós.
Esa noche, después de acostar a los mellizos, me quedé en la sala con el teléfono en la mano. Escribí diez mensajes. Borré diez mensajes. No sabía qué decirle que no hubiera dicho ya, que no la hubiera asustado, que no la hiciera alejarse más.
A las once, mi teléfono vibró.
Vale: Lo siento. No sé hacer esto.
Mis dedos temblaron cuando escribí la respuesta.
Yo tampoco. Pero podemos aprender juntos.
Pasaron cinco minutos. Luego diez. Cuando pensé que no iba a responder, el teléfono vibró otra vez.
Vale: Mañana vuelvo a las ocho. Como siempre.
Te espero.
Vale: Leonardo... aquello de ayer. Casi...
Lo sé.
Vale: No puedo. No ahora. Todavía no.
Está bien. Te espero. Todo el tiempo que necesites.
Vale: ¿Y si necesito mucho?"
Entonces espero mucho.
Pasó un minuto. Luego otro. Finalmente, un último mensaje.
Vale: Eres un imbécil.
Sonreí en la oscuridad de la sala, con el teléfono iluminando mi cara y el eco de sus palabras en los oídos.
Lo sé. Buenas noches, Vale.
Vale: Buenas noches, Leonardo.
A la mañana siguiente, cuando llegó con su uniforme celeste y su carrito de limpieza, yo estaba en la puerta esperándola con dos tazas de café. La mía y la suya, con leche y dos azúcares, como le gustaba.
—Buenos días
dije, extendiéndole la taza.
Me miró un momento. Luego, muy lentamente, sonrió. No era la sonrisa profesional de la limpieza, ni la sonrisa agotada de los días difíciles. Era otra sonrisa, una que no le había visto antes. Pequeña, frágil, pero real.
—Buenos días
dijo, tomando la taza.
Nuestros dedos se rozaron al pasar la porcelana. Esta vez, ninguno de los dos apartó la mano.
—Los mellizos están despiertos
dije, sin soltarla.
— Tomas ha gateado hasta la puerta de tu habitación. Bueno, de la habitación de invitados. La que usas cuando te quedas.
—No es mi habitación.
—Podría serlo.
—Leonardo...
—No te estoy pidiendo nada
dije, y esta vez era verdad.
— Solo quiero que sepas que está ahí. Por si algún día quieres usarla. Para lo que sea.
Me miró un largo rato. En sus ojos marrones vi cómo luchaban el miedo y el deseo, la costumbre de huir y la necesidad de quedarse. Y cuando finalmente apartó la mano, no fue con brusquedad. Fue con suavidad, con cuidado, como quien no quiere romper algo que apenas está empezando a construir.
—Vamos
dijo, encaminándose hacia la sala.
— Que Tomas va a derribar la puerta de un gateo.
La seguí con la taza de café en las manos, con el corazón latiendo más tranquilo de lo que había latido en todo el día anterior. No habíamos resuelto nada. No habíamos dicho las palabras importantes. Pero ella estaba aquí. Y yo estaba aquí. Y los mellizos, que nos esperaban en la alfombra con sus gorros de lana azul y rosa, nos miraban con esos ojos que parecían entenderlo todo.
—Ma ma
dijo Lucía cuando entramos, extendiendo sus brazos hacia Vale.
—Pa pa
dijo Tomas, gateando hacia mí con una velocidad que no había tenido nunca.
Vale me miró. En sus ojos ya no había miedo. Solo una pregunta silenciosa, la misma que yo me hacía cada día desde que ella apareció en mi puerta.
¿Hasta cuándo te quedarás?
Y yo, que no sabía leer la mente, que no sabía decir las palabras bonitas, que solo sabía cambiar pañales y preparar biberones y tararear canciones de cuna, me arrodillé en la alfombra, tomé a Tomas en brazos, y le dije la única verdad que conocía.
—Todo el tiempo que quieras.
Vale no respondió. Pero cuando se arrodilló a mi lado y tomó a Lucía en sus brazos, cuando los cuatro nos quedamos en la alfombra con los mellizos entre nosotros, cuando nuestras rodillas se tocaron y ninguno se apartó, supe que no hacían falta palabras.
Por ahora.