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Dos Mundos Diferentes

Dos Mundos Diferentes

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía
Popularitas:145
Nilai: 5
nombre de autor: liz Ramirez

“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto

NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El mensaje del ave negra

*Capítulo 15: El mensaje del ave negra*

 

Cuyo voló sin parar.

Con un ala vendada, con dolor en cada batido, pero voló. Porque Lili lo ordenó. Y Cuyo no desobedecía a su ama.

Cruzó montañas. Cruzó ríos secos. Cruzó pueblos donde la gente dormía y no sabía que la muerte pasaba por arriba.

Hasta que llegó.

Una fortaleza. No de piedra. De hueso y metal retorcido. Como si un gigante hubiera vomitado armas y ahí se quedaran.

Adentro, fuego. Rojo. No azul. Caliente.

En el salón principal, una mesa larga. Larga como pecado. Llena de carne asada, de vino negro, de frutas que no crecían en este mundo.

Y en la cabecera, un trono. De hierro. De cadenas. De cráneos.

Ahí estaba él. *El Hermano Mayor Kurozai *.

Grande. Más que Goru.cuernos cortos en la frente, cicatrices en el pecho al aire. Ojos amarillos. Sin iris. Solo amarillo.

A cada lado, dos chicas demonio. Cuernos largos, colas finas, vestidos de seda que no tapaban nada. Le daban de comer uvas. Le echaban vino. Se reían cuando él sonreía.

Los guardias del clan comían en la mesa. Bestias, hombres, cosas entre medio. Todos armados. Todos callados cuando él no hablaba.

Y entonces entró Cuyo.

Por la ventana alta. Sin permiso.

Cayó en la mesa. Tiró una jarra de vino. El líquido negro manchó el mantel.

Todos se callaron.

El Hermano Mayor no se movió. Solo miró a Cuyo.

Y se sorprendió. Un segundo. Solo uno. Porque Cuyo no volaba para cualquiera.

Cuyo alzó la cabeza. Y proyectó.

No habló. Mostró.

La imagen de Lili. Furiosa. Rota. Dando el mensaje.

_“Goru el Traidor protege a una humana. En su dojo.Yo la quiero viva. Ayúdenme a sacarla… y les doy el paso al otro mundo. Gobernamos juntos. Los cuatro.”_

El mensaje golpeó la mesa como trueno.

Los guardias murmuraron. Las chicas demonio se taparon la boca.

El Hermano Mayor dejó la copa en la mesa. Lento.

“Traigan a mi hermana”, dijo. Su voz era lodo espeso. “Ya.”

Un guardia salió corriendo.

No tardó.

La puerta se abrió de golpe.

Y entró *ella*.

*La Hermana de Enmedio Akuma*.

Flaca. Alta. Pelo negro como tinta, hasta los pies. Vestido rojo, rajado hasta la cadera. Descalza. Ojos rojos. Sonrisa de loca.

Se enteró en el pasillo. Ya sabía.

Y venía riéndose.

Carcajadas. Como campanas rotas.

No pidió permiso. No saludó.

Corrió y se subió a la mesa.

Con los pies descalzos pisó platos, carne, manos de guardias. A nadie le importó. O sí. Pero nadie dijo nada.

Caminó sobre la mesa, directo a su hermano. Riéndose. Sin parar.

A medio camino, sin dejar de reír, sacó algo de su manga.

Un cristal. Largo. Morado. Brillaba. Goteaba veneno.

Y se lo lanzó a su hermano. A la cara.

El Hermano Mayor no se paró del trono. No se cubrió.

Solo movió la cabeza. Un centímetro.

El cristal pasó zumbando. Le rozó el cuerno.

Y se clavó en el trono. Al lado de su cabeza. El veneno siseó contra el hierro.

Las chicas demonio ya no estaban. Habían saltado lejos

La Hermana no dejó de reír. Llegó hasta él. Se agachó en la mesa, frente a frente. Sus caras a nada.

Los dos se vieron a los ojos. Amarillo contra rojo.

No dijeron nada.

Pero ya sabían.

Esto era grande. Más grande que ellos. Más grande que Lili.

La Hermana lamió sus labios. “Hermanito”, susurró. “¿Oíste? Una _humana_. En el dojo de Goru.”

El Hermano Mayor no sonrió.

“Hay que avisarle al menor Ryu”, dijo él.

La Hermana se rió más fuerte. Se bajó de la mesa de un salto.

“Yo voy”, dijo. “Yo siempre le doy las malas noticias. Le encantan.”

Chasqueó los dedos.

Dos guardias se acercaron, temblando.

“Preparen los lobos”, ordenó ella. “Vamos a cazar. Pero primero… vamos a platicar con el bebé.”

El Hermano Mayor agarró el cristal venenoso de su trono. Lo partió con los dedos.

El portón de hueso y metal se abrió sin que nadie lo tocara.

El viento entró primero. Frío. Con olor a nieve aunque afuera era verano.

Luego entró él.

*Ryu, el Hermano Menor*.

Alto. Más alto casi como Kurozai. Hombros anchos. Capa negra, larga, arrastrando. Botas pesadas. Y la máscara.

Siempre la máscara. Blanca. Lisa. Sin boca. Sin expresión. Solo dos huecos negros donde debían estar los ojos. Nadie le había visto la cara. Nunca. Ni sus hermanos.

Detrás de él, dos figuras. Sus guardias.

Uno flaco, temblando, con un garrote más grande que él. El otro , con los ojos muy abiertos, una lanza que le temblaba en las manos.

*Gon y Teki*. Tontos. Miedosos. Pero leales. Y cuando tocaba pelear, peleaban. Nunca se quedaban atrás. Por eso Ryu los dejaba vivir.

Kurozai estaba en su trono. Akuma sentada en la mesa, balanceando las piernas, jugando con otro cristal venenoso.

Los dos lo estaban esperando.

Akuma vio a Ryu entrar.

Y por un segundo, su sonrisa de loca se hizo… distinta. Menos loca. Casi suave.

Se bajó de la mesa de un salto.

“¡Bebé!”, gritó. Y corrió.

Descalza, sobre la piedra.

Se le colgó del cuello. Lo abrazó fuerte. La máscara de Ryu chocó contra su hombro. Fría.

Ryu no dijo nada. Pero le devolvió el abrazo. Un brazo. Firme. Corto. Pero real.

Kurozai los miró desde el trono. No se movió. Pero sus ojos amarillos se pusieron menos duros. Solo un poco.

Akuma se separó. Le dio un golpecito a la máscara de Ryu con el dedo. _Toc_.

“Mirate”, dijo ella. “Ya estás más alto que yo. ¿Cuándo creciste tanto, eh?”

Ryu ladeó la cabeza. No habló. Él casi nunca hablaba.

Gon y Teki se escondieron detrás de él. Saludaron con la mano a Kurozai y Akuma, temblando. “H-hola jefes”, murmuró Gon.

Kurozai resopló. Humo salió de su nariz. “Siéntate, Ryu.”

Ryu caminó hasta la mesa. No se sentó en silla. Se quedó de pie. Gon y Teki se sentaron rápido, juntos, como niños castigados.

Akuma volvió a subirse a la mesa, frente a Ryu. Cruzó las piernas.

“Bueno”, dijo Kurozai. Se recargó en el trono. “Cuyo vino. Con mensaje de Lili.”

Le contó todo.

De Goru. Del dojo. De la humana. De Kuroi Rei. De la oferta de Lili: ayudarla a sacar a la chica, y a cambio, paso al otro mundo. Gobernar los cuatro.

Akuma no dejaba de sonreír mientras Kurozai hablaba. Se lamía los labios. “¿Te imaginas, hermanito? El otro mundo. Sin escondernos. Sin reglas.”

Ryu escuchó. Quieto. La máscara no se movía. No se sabía qué pensaba.

Cuando Kurozai terminó, el silencio cayó.

Akuma se inclinó hacia Ryu. Le tocó la máscara con la punta del dedo.

“¿Y? ¿Qué dices, bebé? ¿Vamos a cazar una humana? ¿Vamos a patearle el dojo al viejo Goru?” Su voz era dulce. Miel con veneno. “Dinos que sí. Como antes.”

Ryu tardó.

Luego negó con la cabeza. Lento. Una vez.

Akuma parpadeó. La sonrisa se le torció. “¿Qué?”

Kurozai frunció el ceño. Los cuernos le echaron más humo. “Ryu.” Su voz era advertencia.

Ryu levantó una mano. Señaló a Cuyo, que seguía tirado en la mesa, medio muerto. Luego se tocó el pecho. Y negó otra vez.

No hablaba. Pero sus hermanos lo entendían.

_No. No es nuestro asunto. No esta vez._

Akuma se bajó de la mesa de golpe. La sonrisa se le borró.

“¿Desde cuándo te volviste blando?”, escupió. “¡Somos nosotros! ¡Siempre fuimos nosotros! ¡Los tres contra el mundo!”

Ryu no se movió. Solo ladeó la cabeza, como diciendo _¿y?_

Gon y Teki se hundieron más en sus sillas.

Kurozai golpeó el trono con el puño. La mesa vibró.

“Esa humana vale oro, Ryu”, dijo. “Si Lili la tiene, tiene poder sobre Rei. Si Rei la tiene, tiene poder sobre Lili. Si _nosotros_ la tenemos… tenemos poder sobre los dos.”

Se inclinó hacia adelante. Los ojos amarillos clavados en los huecos negros de la máscara de Ryu.

“No seas tonto. Tú no eres como Goru. Tú eres _nuestro_.”

Ryu se quedó quieto un rato largo.

Luego miró a Gon. estaba blanco del miedo. Miró a Teki. El tenía la lanza tan apretada que los nudillos se le veían azules.

Sus guardias. Tontos. Miedosos. Pero suyos.

Y Ryu los defendía. Siempre. Porque él no era como Kurozai. No era como Akuma.

Él no disfrutaba el dolor.

Negó con la cabeza por tercera vez.

Y dio un paso atrás.

Akuma gritó. De rabia. De verdad. Agarró otro cristal y lo estrelló contra el suelo. El veneno siseó en la piedra.

“¡Siempre haces esto!”, le gritó a Ryu. “¡Siempre te haces el santo! ¡Pero tienes las manos igual de sucias que nosotros!”

Ryu no contestó. Solo se giró.

“¡Si te vas, no vuelvas!”, rugió Kurozai desde el trono. “¡Si no estás con nosotros, estás contra nosotros!”

Ryu se detuvo. A medio camino de la puerta.

Gon y Teki se pararon rápido, listos para seguirlo.

Ryu levantó una mano. _Esperen._

Se giró otra vez hacia sus hermanos.

Y por primera vez en años, habló.

Su voz salió por la máscara. Rasposa. Baja. Como piedra arrastrándose.

“Voy a ir”, dijo.

Akuma dejó de gritar. Kurozai alzó una ceja.

“Pero no por Lili”, dijo Ryu. “Voy a ver. Con mis ojos. Si esa humana merece morir… o vivir.”

Señaló a Kurozai. Luego a Akuma.

“Y si ustedes la tocan antes que yo decida… me van a tener a mí enfrente.”

El silencio fue peor que el grito.

Akuma sonrió. Lento. Loco otra vez. “Eso es mi hermanito.”

Kurozai no sonrió. Pero asintió. Una vez. “Bien. Ve. Pero decide rápido. Porque Lili no va a esperar.”

Ryu no dijo más. Se dio la vuelta.

Gon y Teki corrieron tras él. “¡Jefe! ¡Espérenos!”

Y los tres salieron del salón.

Dejando a Kurozai y Akuma solos.

Akuma se subió a la mesa otra vez. Se acostó bocarriba, mirando el techo.

“Él siempre fue el raro”, dijo.

Kurozai agarró su copa de vino negro. La aplastó.

“Raro o no”, dijo. “Si se pone en medio… lo rompemos también."

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