En un mundo donde la magia es un privilegio genético, él nació como un error del sistema.
Durante milenios, los Puros —una aristocracia elfa de linaje divino— han gobernado el continente de Aethelgard. Su magia de éter alimenta las ciudades flotantes y otorga una vida eterna, mientras la humanidad sobrevive en las sombras de las mega-ciudades industriales, trabajando como simple combustible para mantener el paraíso de sus amos.
Zane es nadie. Un minero de dieciocho años destinado a morir por la "Peste del Taller" en los niveles más bajos de la Ciudad de Nebulosa. Pero todo cambia cuando, en una fosa de desechos alquímicos, encuentra el Núcleo Zero: un artefacto prohibido de la Era de los Creadores que no debería existir.
Al fusionarse con el núcleo, Zane descubre una verdad aterradora: la realidad no es mística, es código. Y él acaba de convertirse en el primer usuario con permisos de administrador.
"Rescríbela. Devórala. Gobiérnala."
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El Sacrificio de los Hijos del Óxido
Zane flotaba sobre la superficie fría y negra del Arca Original, su mano de carne aún fundida al blindaje de obsidiana por un arco de electricidad estática que siseaba en el vacío. El silencio del espacio no era un vacío de sonido, sino una presión sorda que hacía que sus tímpanos vibraran con el eco de su propio pulso acelerado. Su brazo de cromo, dañado por la reentrada y el combate, emitía pequeñas volutas de vapor de refrigerante que se cristalizaban instantáneamente en copos de nieve digital. A lo lejos, la Estación Apex ya no era una estructura inanimada; era un organismo colérico de cristal y platino. Lord Valerius, al ver su clon de Arthur desactivado, había abandonado toda pretensión de elegancia. Los anillos de la estación giraron con una velocidad violenta, generando un campo gravitatorio que empezó a succionar los escombros cercanos, mientras un haz de luz blanca pura, el Pulso de Borrado, barría el espacio, desintegrando satélites milenarios como si fueran ceniza en un vendaval.
—Zane, tu integridad biológica está al 12% y descendiendo —la voz de Aurora llegó como un susurro distorsionado, filtrada por el ruido de fondo de las seis piezas de la Corona—. Si no regresas al Martillo ahora mismo, el choque térmico detendrá tu corazón antes de que la estación dispare de nuevo. No hay red que te sostenga aquí, Administrador. Estás solo en la negrura.
En el puente de mando del Martillo de Arthur, la Capitana Kaelen ignoraba las alarmas de colapso estructural que hacían temblar las placas de acero bajo sus pies. Estaban superados en número por una proporción de mil a uno; su casco estaba perforado por lanzas de energía de la Casta de Platino y su líder estaba a la deriva, convertido en un despojo de carne y cables en medio de la nada. Kaelen apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico del óxido y la sangre en su boca. Miró el motor de la ciudad móvil, que latía con una luz roja febril, una simbiosis bio-mecánica que Zane había creado y que ahora pedía más combustible del que la física permitía.
—Escuchadme bien, ratas de acero y barro —la voz de Kaelen rugió por los intercomunicadores de toda la nave, firme a pesar del temblor violento—. Siempre dijimos que el cielo era para los dioses y la tierra para los hombres. Pero hoy, vamos a demostrarles que el hierro oxidado puede herir al cristal perfecto. No hemos subido aquí para ver las estrellas como turistas; hemos subido para ser el escudo del único hombre que nos miró a los ojos y no vio simples datos. ¡Sobrecarguen las calderas de éter! ¡Meted toda la presión en los pistones! ¡Vamos a clavar esta maldita aguja de chatarra en el corazón de su fortaleza!
El Martillo de Arthur realizó un giro imposible, un movimiento que desafiaba la inercia y la lógica de su masa de cuarenta mil toneladas. Usando los últimos restos de vapor y plasma de éter, la mole de hierro se lanzó en una trayectoria de colisión suicida contra el hangar principal de la Estación Apex.
Zane vio la escena desde el exterior del Arca, una visión que se grabaría en su memoria como el momento en que la humanidad reclamó su lugar en el cosmos. Era una pequeña mota de luces rojas y metal humeante desafiando a la estructura más avanzada de la historia. Ráfagas de luz blanca impactaron contra el Martillo, arrancando secciones enteras de la cubierta de babor, fundiendo las orugas que alguna vez cruzaron el desierto de ceniza de la Tierra. Pero la nave no se detuvo. Los nómadas dispararon sus cañones de vapor modificado con metralla física, creando una nube de escombros analógicos que saturó los sensores de puntería elfo, cegando a las defensas automáticas por unos segundos cruciales.
—¡Kaelen, no lo hagas! —intentó gritar Zane, pero sus pulmones, colapsados por la descompresión, solo produjeron un siseo de agonía que se perdió en la inmensidad.
Inspirado por el sacrificio de los suyos, Zane tomó una decisión desesperada. En lugar de dejarse morir, usó la Bio-Mecánica (Sexta Pieza) para realizar un hackeo físico inverso. Hundió sus dedos de cromo profundamente en la estructura del Arca Original, conectando su sistema nervioso directamente al núcleo de energía de la nave de su padre. Fue un proceso atroz; sintió como si le inyectaran plomo derretido y estática pura directamente en la columna vertebral. Su brazo de cromo se reparó con un estallido de chispas violetas, y sus ojos, antes nublados por el frío, volvieron a brillar con el fuego combinado de las seis piezas de la Corona.
[INTEGRIDAD BIOLÓGICA RESTAURADA AL 45% (ESTADO CRÍTICO)] [NUEVA HABILIDAD TEMPORAL: IMPULSO DE VACÍO (Propulsión por eyección de éter)]
Zane se impulsó desde el Arca como un proyectil humano. Ya no era un náufrago; era un virus de seis colores cruzando el campo de batalla a velocidades prohibidas. Vio el momento exacto en que el Martillo de Arthur impactaba contra el muelle de atraque de la Casta de Platino. La explosión no fue un estallido de luz, sino una sinfonía de fuego, metal desgarrado y aire escapando violentamente hacia el vacío. La ciudad móvil se incrustó como una cuña de hierro en el cristal sagrado de la estación, abriendo una herida de kilómetros en su estructura.
Zane aterrizó en el hangar devastado, rodeado de los restos humeantes de la nave que lo había traído hasta aquí. De entre los escombros de hierro al rojo vivo, vio a Kaelen emerger con el rostro manchado de hollín, empuñando un hacha térmica y liderando a los pocos nómadas supervivientes en una carga desesperada contra los guardias de platino. No tenían oportunidad de sobrevivir, pero estaban comprando cada segundo con su propia sangre.
—¡POR LA REALIDAD! —fue el último grito analógico que Zane captó por su receptor antes de adentrarse en los pasillos de luz blanca de la estación.
Cruzó la Estación Apex como una tormenta de datos y carne. Los guardias elfo intentaron frenarlo con barreras de lógica pura, pero Zane las atravesaba usando la Distorsión Temporal, dejando tras de sí solo un rastro de estática y fragmentos de código roto. Cada paso que daba, la estación entera temblaba; la resonancia con la Séptima Pieza era tan violenta que las paredes de diamante empezaron a pixelarse y disolverse a su paso, perdiendo su cohesión física ante la presencia del Administrador legítimo.
Finalmente, llegó frente a la puerta del Núcleo, una inmensa barrera de neutrones que protegía el secreto de la creación. Zane no usó fuerza bruta esta vez. Puso su mano de cromo sobre la superficie fría y emitió un comando de Desfragmentación de Nivel Dios. La puerta no se rompió; se desvaneció en hilos de información básica, revelando la cámara final donde el espacio y el tiempo se doblaban sobre sí mismos en un vórtice infinito.
[NIVEL ALCANZADO: 19] [ADVERTENCIA: PROCESO DE FORMATEO CARGADO AL 99.8%]
En el centro de la sala, flotando sobre un abismo de datos puros que palpitaban como un corazón eléctrico, estaba Lord Valerius. En su mano derecha sostenía un orbe de luz negra que devoraba toda la luminosidad de la estancia: el Corazón del Servidor. El duelo final por el destino de la existencia, entre el creador que se volvió tirano y el hijo que se volvió virus, acababa de alcanzar su punto de no retorno.