Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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El comienzo del destino
En el reino de Varath, el ducado De La Torre era sinónimo de prestigio. Su linaje, antiguo y respetado, se había mantenido firme durante generaciones gracias al liderazgo del duque Eduardo de la Torre, un hombre cuya influencia alcanzaba cada rincón de la nobleza.
A su lado, la duquesa Elisa destacaba por su elegancia y temple. Su presencia no solo complementaba la del duque, sino que reforzaba la estabilidad y reputación de su familia. De esta unión nació una única hija, Lilia, quien creció bajo el peso de las expectativas y el privilegio.
Con el paso de los años, Lilia contrajo matrimonio con Sebastián, un hombre de cuna inferior, con quien formó su propia familia. De esa unión nacieron dos hijas: Isabela y Damara, herederas de un nombre que no solo representaba poder, sino también un legado difícil de sostener. Ambas crecieron rodeadas de comodidades, educación y atención constante. Aun así, el ambiente familiar evitó que desarrollaran arrogancia y, pese a compartir la misma crianza, eran muy distintas.
Damara, la menor, tenía una personalidad abierta y encantadora. A sus diecisiete años, se desenvolvía con naturalidad en reuniones sociales. Disfrutaba de los bailes, las visitas y las conversaciones ligeras que llenaban los salones. Su facilidad para conectar con los demás la había convertido en una figura querida entre los jóvenes nobles.
Isabela, en cambio, era diferente. Más reservada, prefería pasar las tardes entre partituras de piano, libros y acuarelas. Encontraba refugio en el arte y la tranquilidad, evitando los eventos sociales siempre que le era posible, salvo cuando la ocasión lo exigía o se trataba de familias de igual o mayor prestigio que la suya.
—¿Hermana? —Damara abrió la puerta de la habitación de Isabela.
Isabela le sonrió en cuanto la vio.
—¿Necesitas algo?
—Me preguntaba si ya tenías todo listo —respondió Damara, observando los baúles de su hermana, desperdigados por la habitación.
Isabela suspiró.
—Casi —dijo, recorriendo con la mirada el pequeño desastre.
Damara dudó un instante antes de hablar.
—¿Tienes que ir? —preguntó, con la voz quebrándose.
—Sabes bien que sí —Isabela le ofreció un pañuelo bordado—. El abuelo cuenta conmigo. Además, a diferencia de ti, yo no tengo una propuesta a punto de concretarse.
—Mi relación con Aarón fue bastante rápida… es muy similar a mí —la expresión de Damara delataba su entusiasmo—. Empiezo a amarlo. Es muy bien educado, sus modales en la mesa son impecables, y además tiene el don de la buena conversación.
—Me alegra mucho por ti —respondió Isabela con una sonrisa suave.
Damara bajó la mirada, inquieta.
—Eres la mayor… siento que esto debería afectarte más a ti, por tu posición en la familia. Tú deberías casarte primero. No sé qué dirá la sociedad… pero te prometo que intentaré contener los chismes.
Isabela negó con suavidad.
—No me importa. Sabes bien que no deseo casarme aún. Ir al internado a estudiar es lo que más quiero en este momento. Quiero prepararme… ser útil para el ducado.
En ese instante, la diferencia entre ambas hermanas se hacía evidente: mientras una soñaba con el amor y la vida en sociedad, la otra anhelaba algo más silencioso, pero no menos importante.
Al día siguiente, el ambiente no mejoró. La tristeza se había instalado en cada rincón de la casa, y las lágrimas ya no se ocultaban.
—¿Abuela? —Isabela abrazó a Elisa—. Te suplico que no llores… no podré partir si te veo así.
—Perdóname, mi niña… te voy a extrañar —respondió Elisa con una sonrisa temblorosa—. Pero sé que es lo que más deseas. Es una bendición que te hayan aceptado a mitad del curso.
—Trataré de ponerme al corriente lo antes posible —contestó Isabela.
—Sé que no te será difícil. Eres un ratón de biblioteca, hermana —intervino Damara con una leve sonrisa, sosteniendo una pequeña caja de terciopelo azul.
Isabela la miró con curiosidad.
—¿Es tu anillo de compromiso?
—Le pedí que lo trajera de la caja fuerte —se adelantó el duque Eduardo. Damara le entregó la caja—. Era de mi madre. Me lo confió para uno de mis hijos… y ahora es tuyo.
Isabela la tomó con cuidado y la abrió. En su interior reposaba un delicado anillo, grabado con el sello de la familia.
—¿Por qué me lo das? —preguntó, confundida.
—Eres el futuro de esta familia —respondió el duque con firmeza—. Tu posición y tu reputación nos representan a todos. Irás a un lugar desconocido, rodeada de jóvenes nobles que buscarán acercarse a ti. Antes de tomar cualquier decisión, debes recordar que cada paso que des se reflejará en tu futuro… y en el nuestro.
Sus palabras no fueron un consuelo, sino una advertencia.
—Lo que tu abuelo quiere decir —añadió Lilia, entrando del brazo de Sebastián—, es que no te comprometas con nadie… y mucho menos con alguien inferior a tu rango.
—Como yo —intervino Sebastián, con una ligera sonrisa.
—Papá… —Isabela suspiró.
—Eso no es verdad —corrigió Eduardo de inmediato—. Estoy muy conforme con tu padre. Es un buen hombre y ama a tu madre, algo poco común en nuestra sociedad. Quiero eso para ti: una buena vida, independencia… y un amor que te haga desear formar una familia. Pero no antes de que estés lista para asumir el ducado. Primero debes prepararte.
Isabela asintió.
—Lo entiendo. Prometo esforzarme.
Los abrazó uno a uno, consciente de que pasarían años antes de volver a verlos.
Y mientras el carruaje la esperaba afuera, Isabela comprendió que no solo dejaba su hogar…
También comenzaba a cargar con el peso de todo aquello que la familia De La Torre esperaba de ella.