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BODA SIN FLORES

BODA SIN FLORES

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Amor tras matrimonio / Romance
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalianna Elizondo

Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."

NovelToon tiene autorización de Dalianna Elizondo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Salimos del apartamento con la música de la ciudad de fondo. No sabía que esa noche, bajo las luces de destellos rápidos y repetitivos de la fiesta, junto a mi promesa de dedicarme a la Investigación y Desarrollo; colisionaría bruscamente con el contrato oculto que mi padre guardaba en su caja fuerte.

Llegamos a la facultad pasadas las diez de la noche. El campus, se había transformado en una aglomeración de hormonas, alcohol y música que hacía vibrar las ventanas de los laboratorios. Mis amigos me besaron la frente a modo de despedida; Rowan y Ale se dirigían a un nuevo hotel que él inauguraría pronto cerca de la costa. Me desearon "toda la suerte del mundo con la fiera", dejándome sola frente a la boca del lobo.

Tomé aire, ajusté mi enterizo negro y entré. La música estruendosa no me dejaba escuchar ni mis propios pensamientos, creando una barrera de sonido que me aislaba del mundo. Apenas puse un pie dentro, varios desconocidos intentaron pasarme tragos que ni siquiera vislumbré probar. Mi misión era una búsqueda exhaustiva: encontrar a Ragnar en medio de este caos.

No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a "recetar" cervezas frías y vasos rojos llenos de brebajes de dudosa procedencia; pero yo no había venido a embriagarme; mi mente estaba fija en la promesa hecha a mi padre, aunque los zapatos de tacón alto me estuvieran destrozando los pies y cada fibra de mi cuerpo gritara por irse a dormir; continué buscando a esa aguja de un metro noventa en un pajar de gente molesta.

Hasta que, tras caminar de un lado a otro evadiendo manos errantes, lo ubiqué. Ragnar estaba bebiendo, como era de esperarse, rodeado de una corte de aduladores que solo alimentaban su autodestrucción.

Al principio, mis pies se clavaron al suelo como tachuelas inamovibles. —¿Cómo me acercaba? Entonces recordé que, después de todo, era solo Ragnar, lo conocía desde que tenía uso de razón. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Qué me ignorara o qué fuera grosero? Eso no sería una novedad; era nuestra rutina desde la adolescencia. Caminé a paso firme, abriéndome paso entre la multitud hasta llegar a su círculo.

Estaba escoltado por Tito y Joseph, sus amigos más cercanos y varias mujeres que le coqueteaban abiertamente. Al verme, ellas me barrieron con la mirada como si fuera una intrusa, una cucaracha a la que quisieran majar.

—Buenas noches. —Mi voz, aunque suave, cortó el ruido.

Ragnar la reconoció de inmediato. Se giró con una lentitud predadora, frunciendo el entrecejo con una intensidad que habría intimidado a cualquiera.

—Hola, preciosura. —Contestaron en coro Tito y Joseph, con los ojos brillantes por el alcohol. —¡Ni se les ocurra, par de idiotas, coquetearle a ella! —Les gruñó Ragnar, su voz cargada de una irritación peligrosa. —¿Qué te pasa, Rag? Esta mujer es como un ángel caído del cielo, ¿ya la viste bien? —Dijo Tito, hipnotizado. —Sí, par de imbéciles, la veo perfectamente. Ella es la hija del mejor amigo de mi papá. Por lo tanto, ni se les ocurra poner sus ojos sobre ella.

Sus palabras me sacudieron. Nunca lo había visto tan fastidiado de verme, pero había un matiz de posesividad territorial que no lograba descifrar. Sin formalidades, despachó a todos a su alrededor con un gesto brusco de la mano. Se acercó a mí por un momento, el olor a whisky y tabaco que emanaba de él fue grotesco.

—¡Ayla!, ¿qué diablos esperas viniendo en esas fachas a una fiesta como esta? —Siseó entre dientes. Sus ojos recorrían mi cuerpo, notando cómo los hombres a nuestro alrededor me observaban como un pedazo de carne fresca en un gancho de carnicería. —¿Qué buscas saliendo así? —Me tomó del brazo con una fuerza innecesaria, tirando de mí hacia la salida.

—¡Suéltame, Ragnar! ¡Tarado, bruto, animal! —Vociferé, forcejeando. Intenté zafarme con todas mis fuerzas, pero sus dedos eran como grilletes de acero sobre mi piel.

Cuando salimos al exterior, el contraste fue violento. El cielo estaba encapotado con una brisa gélida que nos recibió, prometiendo una feroz tormenta. El ruido de la fiesta se volvió un zumbido lejano. Él me soltó con un empujón de enojo.

—Eres una verdadera bestia salvaje. —¿Quién te dio permiso de sujetarme así? ¡Maldito animal! ¡Energúmeno! —Exclamé furiosa frotándome el brazo. Viendo las marcas rojas de sus dedos grabadas en mi piel blanca.

—¿Cómo se te ocurre venir vestida así? ¿Perdiste la cabeza? Estás pidiendo a gritos que te falten al respeto. —Rugió él, sin poder dejar de mirarme de arriba abajo. — ¡Ayla, vete a tu casa ahora mismo!

—¿Cómo dices? —Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer, estrellándose contra el asfalto caliente.

—¡Vete! Con esa ropa te estás exponiendo innecesariamente; aquí no tienes nada que hacer.

—Ragnar, lo único que vine a hacer es cumplir con mi padre; él está preocupado por Bruno y me pidió que hablara contigo para que no tires todo el esfuerzo de estos años por la borda —Dije, cruzándome de brazos mientras el frío empezaba a calar en mis hombros descubiertos.

—¡Eso a ti qué te importa! —Escupió, guardando un silencio tenso después.

—Me importa porque le tengo cariño a Bruno, además me importa porque Anna era una mujer excepcional, lo que ocurrió con ella es una tragedia, lo sé; yo ya pasé por ese mismo infierno, pero mandar tu carrera y tu vida al diablo no es la solución. —No creo que a tu madre le gustara ver tu talento desperdiciado en alcohol y mujeres de una noche. —¡Eso es todo! Me voy, tú verás si haces de tu vida un papalote, idiota. —Yo ya cumplí con mi padre.

Me di la vuelta para caminar hacia la salida de la facultad en busca de un taxi. La lluvia se intensificó en segundos, convirtiéndose en un aguacero torrencial que empapó por completo mi enterizo, pegándolo al cuerpo como una segunda piel. De la nada, sentí un peso cálido sobre mis hombros: era su saco.

—Déjame al menos llevarte a casa, estás empapada. —Dijo, su voz ahora carente de gritos, pero llena de una urgencia ruda.

—No es necesario, gracias, puedo irme sola.

—¡Ayla, carajo! ¡Deja de ser tan obstinada como tu papá! —Súbete al auto.

Lo miré a los ojos, viendo la mezcla de rabia y algo parecido a la culpa. No tenía otra opción si no quería agarrar una neumonía. Subí al vehículo con un bufido de molestia. No era un carro cualquiera; era una bestia de la ingeniería alemana, con un motor diseñado para la velocidad que rugía con una potencia contenida. El interior olía a cuero nuevo y a ese perfume amaderado que siempre le percibía en los pasillos de la facultad.

Ragnar arrancó con una brusquedad innecesaria. El motor respondió al instante, pegándome al respaldo mientras salíamos del estacionamiento derrapando levemente sobre el asfalto mojado. El silencio entre nosotros era tan espeso que se podría haber cortado con un bisturí quirúrgico.

—¿Te vas a quedar callada todo el camino o vas a seguir dándome sermones de autoayuda baratos? —Bufeo, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

—No son sermones, Ragnar, es la realidad —Respondí de malas, mirando por la ventana cómo las luces de ciudad se difuminaban en líneas de colores. Él subió la calefacción al máximo, al verme temblando de frío.

—Sé que duele, además de que sientes que el universo debería detenerse porque ella ya no está contigo, pero el mundo es un lugar cruel y sigue girando. —Mi madre se fue y mi padre se convirtió en un fantasma que solo sabe depositar dinero a mi cuenta. —¿Crees que eres el único que lleva un luto pesado sobre los hombros?

Él soltó una carcajada amarga, carente de humor.

—No te compares conmigo, Ayla. Tú siempre has sido la "niñita perfecta", la futura doctora de Investigación y Desarrollo que tiene cada minuto de su vida planeado en una agenda de cuero. —Yo solo intento no asfixiarme con este aire que ahora me falta.

—¡Pues deja de buscar aire en el fondo de una botella de whisky! —Le grité, girándome hacia él con los ojos encendidos. —Te vi en el funeral, cómo llorabas cuando nadie miraba; ese hombre era real, no el de ahora, que es solo un disfraz de estúpido que no te queda bien. —¡Bruno está destrozado, Ragnar! —Perdió a su compañera, a su amiga, al amor de su vida y ahora siente que también está perdiendo a su único hijo. —¿No te das cuenta?

Ragnar frenó en seco en un semáforo en rojo. El auto se detuvo con una precisión quirúrgica, pero nuestras emociones siguieron derrapando. Se giró hacia mí, por un segundo, la máscara de arrogancia se resquebrajó por completo. En sus ojos azules vi el reflejo exacto de ese niño indefenso del cementerio.

—¿Por qué te importa tanto? —Murmuró apenas audible, con voz ronca, cargada de una vulnerabilidad que me dejó sin aliento. —Hace años que apenas nos dirigimos la palabra, Lía. Para ti, solo soy el hijo del socio de tu padre. ¡El "energúmeno" que te arruina las fiestas!

La cercanía en el espacio reducido hacía que el aire se sintiera eléctrico, cargado de una tensión que nada tenía que ver con la lluvia. Mi mente de científica intentó analizar mi ritmo cardíaco, que se había disparado sin lógica alguna.

—Me importa porque... —Me detuve, buscando una excusa profesional que me salvara. —Porque hice una promesa porque, aunque seas un idiota, no quiero verte destruido.

1
Yanet Cristina Vilugron Salazar
mal los padres
Yanet Cristina Vilugron Salazar
omg😱
Yanet Cristina Vilugron Salazar
upsss
Yanet Cristina Vilugron Salazar
jajaja él la miro como hombre
Yanet Cristina Vilugron Salazar
hay hay emociones
Yanet Cristina Vilugron Salazar
me gusta
Yanet Cristina Vilugron Salazar
interesante
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