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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:11.8k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Valentina Ríos, una joven endeudada y desesperada por salvar a su madre enferma, acepta un contrato con el poderoso y frío empresario Adrián Solano. Él pagará todas sus deudas, pero a cambio ella deberá vivir durante un año en su residencia bajo estrictas condiciones y reglas que limitan gran parte de su libertad.

Desde el primer encuentro, Adrián deja claro que todo en su mundo tiene un precio y que él controla cada situación. Valentina siente el peso de ese poder desde el momento en que firma el contrato, entendiendo que prácticamente ya no tiene opciones reales.

Al llegar a la residencia Solano, descubre que la mansión funciona casi como una prisión elegante llena de normas, vigilancia y silencios incómodos. Durante la primera cena con Adrián, él demuestra su personalidad fría, dominante y calculadora, mientras ella decide en silencio que no permitirá que la conviertan en alguien dócil o invisible.

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Capítulo 21: El fuego del olvido

El aire en la habitación se volvió pesado, saturado de una tensión que ya no era el miedo de antes, sino una urgencia carnal que Anaís dictaba con cada movimiento. Ricardo estaba sobre ella, sus manos grandes y toscas temblando mientras recorrían la curva de su cintura. Para él, tocarla era como caminar sobre cristales rotos: una mezcla de adoración y el terror constante de que, en cualquier segundo, ella lo recordara todo y lo apartara con asco.

Pero Anaís no recordaba. Y no quería recordar.

—Estás pensando demasiado —susurró ella, tirando de él por los hombros hasta que el pecho de Ricardo aplastó el suyo—. Te veo en los ojos... hay una sombra ahí. Déjala fuera de esta cama.

—No es tan fácil, Anaís... —masculló él contra su cuello, aspirando su aroma con una desesperación que le dolía.

—Haz que sea fácil.

Anaís arqueó la espalda, buscando el contacto, y sus manos bajaron con audacia hasta la hebilla del cinturón de Ricardo. La Anaís de antes habría esperado a que él tomara la iniciativa; esta nueva Anaís era una cazadora. El sonido del metal desabrochándose fue el último aviso antes de que la poca cordura que le quedaba a Ricardo saltara por los aires.

Se deshizo de su camisa con una violencia que hizo volar un par de botones, revelando su torso marcado y la cicatriz en su costado que Anaís recorrió con la punta de la lengua, haciéndolo gruñir. Ricardo la tomó por los muslos, abriéndola para él, y se hundió en el hueco de su cuello con besos que eran casi mordiscos.

—Dime que me quieres —pidió ella, con la voz entrecortada por el placer naciente—. No me importa si es mentira, dime que soy lo único que ves.

—Eres lo único... —respondió él, y por primera vez en su vida, no era una manipulación—. Eres mi vida entera, Anaís.

El encuentro fue una batalla de piel contra piel. El chapoteo rítmico y húmedo de sus cuerpos chocando se convirtió en la única música en la habitación, mucho más intenso que cualquier vez anterior porque esta vez ella participaba con una voracidad que asustaba a Ricardo. Ella le pedía más, le clavaba las uñas en la espalda, guiando sus embestidas con movimientos de cadera que lo llevaban al borde del abismo.

—¡Más, Ricardo! —gemía ella, con los ojos entreabiertos y brillantes de lujuria—. ¡Hazme olvidar que no tengo pasado! ¡Hazme sentir que solo existo ahora, contigo!

Él la tomó por las muñecas, fijándolas sobre su cabeza contra la seda de la almohada, y la miró fijamente mientras se movía dentro de ella con una fuerza brutal. Quería marcarla, quería que su cuerpo grabara su nombre tan profundo que ni siquiera la amnesia pudiera borrarlo. El clímax los alcanzó como una explosión, dejándolos a ambos jadeando, sudorosos y entrelazados en un abrazo que se sentía como una salvación.

Minutos después, mientras Anaís dormía agotada sobre su pecho, Ricardo se quedó mirando al techo, con el corazón todavía acelerado. Estaba viviendo en un sueño prestado. Sabía que esta pasión era un regalo del olvido, y que cada vez que la amaba así, estaba construyendo un castillo sobre arena movediza.

Se levantó con cuidado de no despertarla y caminó hacia el ventanal. Al mirar hacia abajo, hacia la entrada de la mansión, vio algo que le heló la sangre. Un coche negro estaba estacionado frente a la puerta principal. Un hombre bajó y dejó un sobre amarillo en el buzón antes de arrancar a toda prisa.

Ricardo bajó las escaleras descalzo, con el torso desnudo y el rastro de Anaís aún en su piel. Abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro no había una amenaza de muerte, sino algo peor: una serie de fotografías de Anaís antes del accidente, llorando, siendo arrastrada por él, y una nota escrita con letras recortadas:

"Disfruta de tu muñeca mientras dure el olvido, Ricardo. Pero los muertos no se quedan callados, y los padres de Anaís quieren más dinero por su silencio. Si no pagas mañana, ella recibirá este sobre en sus propias manos."

Ricardo apretó el papel hasta hacerlo una bola. Miró hacia la habitación donde Anaís descansaba, feliz y enamorada de su captor. Sabía que la verdad era una bomba de tiempo, y que cada vez que la amaba con esa intensidad, solo estaba haciendo que la explosión final fuera más destructiva.

—No la vas a perder —se dijo a sí mismo, mirando su reflejo en el cristal oscuro de la ventana—. No ahora que por fin me mira con amor.

Lo que Ricardo no sabía es que Anaís no estaba tan dormida como él pensaba. Desde la puerta entreabierta del pasillo, ella lo había observado entrar al despacho. No recordaba el contrato, pero su instinto le decía que ese sobre amarillo guardaba algo que su "perfecto esposo" no quería que ella viera. Su curiosidad, ahora más audaz que nunca, acababa de despertar a una fiera que Ricardo no podría controlar por mucho tiempo.

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Nahomy Corrales
en las mismas estoy yo más perdida que la mamá del chavo del 8
Nahomy Corrales
en las mismas estoy yo más perdida que la mamá del chavo del 8
Nahomy Corrales
la verdad es que creo no seguir leyendo esta historia hay mucho maltrato a una mujer escritora usted no párese que fuera mujer
Nahomy Corrales
mucha violencia pensé que el iba hacer más lindo con ell
Nahomy Corrales
escritora porque tanta violencia no debería haber tanto maltrato para una mujer
Gabriela Huasco
Ricardo cómo sabe de las joyas? Acaso ella deliraba?
Gabriela Huasco
/Frown/
Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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