"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 18
El Palacio de Ondaria Magna solía ser un lugar de bailes y diplomacia, pero esa noche el aire pesaba como el plomo. Sofía, oculta entre las sombras de una gárgola en el balcón del salón de justicia, sentía que el frío no venía del clima, sino del hombre que estaba de pie en el centro de la estancia.
Elías no llevaba su corona. Vestía una túnica de combate negra y sostenía una espada que goteaba un carmesí espeso sobre las baldosas de mármol blanco. Frente a él, tres de los consejeros más antiguos —aquellos que habían jurado lealtad mientras planeaban vender los secretos militares a los Glaciares del Este— temblaban de rodillas.
—La traición —dijo Elías, y su voz no era de hielo, era el sonido de una tumba cerrándose— es el único pecado que no tiene espacio para la negociación en mi reino.
Sofía nunca había visto a Elías así. Siempre había conocido al hombre cínico, al que se lavaba las manos obsesivamente, al que la esquivaba con desdén. Pero el guerrero que tenía delante era una fuerza de la naturaleza. Cuando uno de los traidores intentó sacar una daga oculta, Elías se movió con una velocidad que incluso para los reflejos de una antigua vampiresa era aterradora.
No hubo piedad. No hubo un juicio largo. Fue una masacre quirúrgica. Elías se movía entre ellos con una gracia letal, transformando el salón en un matadero en cuestión de segundos. Cada estocada era precisa, diseñada no solo para matar, sino para borrar la existencia de quienes le habían fallado.
—**"¡Silencio en la sala! ¡El Rey tiene sed! ¡Plumas rojas, suelo rojo! ¡Polly no quiere ver!"** —susurró el Capitán Pico Dorado, escondiendo la cabeza bajo su ala blanca, temblando por primera vez desde que Sofía lo conocía.
Sofía, por su parte, sentía que sus pequeñas garras se clavaban en la piedra de la gárgola. El pánico empezó a subir por su garganta de hámster como una marea ácida.
*“Si él es capaz de hacerle esto a hombres que han servido a su familia por décadas... ¿qué me hará a mí?”*, pensó Sofía, y su cuerpo entero empezó a vibrar de terror.
Ella no era una simple mascota. Era un engaño viviente. Era una antigua vampiresa, una criatura de la noche, la Dama de las Sombras que se estaba burlando de él cada día bajo el disfraz de una bola de pelos. Recordó cómo se había "hecho la mensa", cómo le había robado botones, cómo se había frotado contra sus dedos bajo el efecto de un afrodisíaco.
Para un hombre como Elías, cuya vida era una fortaleza contra la traición, descubrir que su único consuelo —su mascota— era en realidad un ser consciente con una agenda oculta, sería la traición definitiva.
—*¡Squeak...!* (Me cortaría la cabeza antes de que pudiera decir 'perdón'. Haría una alfombra de mi piel de hámster y usaría mi pequeña espada como mondadientes...) —el pensamiento la dejó paralizada.
### El regreso del monstruo al hombre
Cuando el último de los traidores cayó, Elías se quedó quieto, respirando con dificultad. El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. Se limpió la cara salpicada de sangre con el dorso de la mano y miró hacia las sombras del balcón, justo donde Sofía estaba escondida.
—Sal de ahí, Pelusa —dijo Elías. Su voz era ronca, carente de cualquier rastro de humanidad.
Sofía sintió que el corazón se le detenía. ¿La había visto? ¿Sabía que ella entendía la magnitud de lo que acababa de pasar? Con las patas temblorosas, bajó por la cortina y aterrizó en el suelo, evitando los charcos rojos. Se acercó a él, encogida, esperando el golpe, la espada, el final de su redención.
Elías se arrodilló frente a ella. Sus manos estaban manchadas. Sofía retrocedió un paso, sus ojos negros fijos en el acero afilado. El pánico era tan real que casi podía sentir el peso de su antigua forma humana intentando emerger del estrés.
—¿Tienes miedo? —preguntó Elías. Por un segundo, un destello de dolor cruzó sus ojos azules—. Deberías tenerlo. Todos deberían tenerlo. Este es el hombre que realmente se sienta en el trono, no el que te da semillas de girasol.
Elías extendió su mano ensangrentada. Sofía cerró los ojos, preparándose para lo peor. Pero en lugar de aplastarla, Elías usó un dedo limpio para acariciar suavemente su cabeza. Fue una caricia fría, distante, pero cargada de una desesperación silenciosa.
—Eres la única que no puede traicionarme, Pelusa —susurró Elías—. Porque no tienes la capacidad de mentir, ni de planear, ni de ser nada más que lo que eres: un animal pequeño e insignificante. Por eso te permito estar aquí.
Sofía sintió un nudo en el estómago que no era hambre. Cada palabra era un clavo en el ataúd de su secreto. Él confiaba en ella precisamente porque creía que ella no podía ser una traidora. La ironía era tan amarga que Sofía quiso llorar.
—Vuelve a la habitación —ordenó Elías, poniéndose de pie y recuperando su máscara de hielo—. No quiero que huelas a esto. Y si vuelves a mirarme con esos ojos que parecen entender demasiado, te juro que te regalaré a las cocinas.
En el Reino Celestial, el ambiente era inusualmente sombrío. Incluso los Dioses más bromistas guardaban silencio ante la brutalidad de Elías.
—Ese hombre está roto —dijo la Diosa de la Bondad—. Su justicia es un mecanismo de defensa contra el dolor.
—Y Sofía lo sabe —añadió el Dios del Caos—. Su pánico no es solo por su vida, es por la pérdida de la única conexión pura que ese hombre cree tener.
El marcador brilló con una luz tenue:
* **+10 puntos:** Por "Compasión Silenciosa" (Sofía, a pesar de su terror, decidió no huir y se quedó al lado de Elías en su momento más oscuro, absorbiendo su dolor).
* **-3 puntos:** Por "Engaño Continuado" (Cada segundo que pasa sin revelar su identidad, la traición potencial crece).
—**Total acumulado: 72/100 obras de bondad.**
De regreso en los aposentos reales, el Capitán Pico Dorado no se atrevía a decir ni una palabra. Se posó en lo alto del armario y cerró los ojos, fingiendo dormir.
Sofía se metió en su pequeña cama de seda, pero no podía dejar de temblar. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Elías blandiendo la espada. Y peor aún, escuchaba su voz diciendo: *"Eres la única que no puede traicionarme"*.
—*Squeak...* (¿Qué pasará cuando llegue a los 100 puntos? ¿Qué pasará cuando la luz de la redención me transforme frente a sus ojos?)
Imaginó la escena: la luz cegadora, el hámster desapareciendo y ella, Sofía von Bloodrose, de pie frente a él. Imaginó la expresión de Elías al darse cuenta de que su "Pelusa" era una vampiresa que lo había engañado durante meses.
—**"¡El Rey tiene sangre, la hámster tiene miedo! ¡Mañana sale el sol, pero hoy el mundo es un cementerio!"** —graznó el Capitán en sueños, una rima rota y triste.
Sofía se acurrucó, sintiéndose más pequeña que nunca. Sabía que la llegada de la Princesa Valeriana era solo el comienzo de sus problemas. Ahora, además de luchar por el corazón de Elías, tenía que luchar por su propia vida. Porque si Elías descubría la verdad antes de que ella pudiera demostrar que su amor (o lo que fuera que sentía) era real, la "masacre de los traidores" parecería un juego de niños comparado con lo que él le haría a ella.
El camino a la redención se había vuelto un campo de minas, y Sofía acababa de darse cuenta de que estaba caminando descalza.
**Continuará...**