⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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No habrá más errores
El aire en la suite principal ya no quemaba, pero la atmósfera seguía cargada de una pesadez emocional que los supresores de la casa no podían filtrar. Zen estaba sentado en el borde de la cama, vistiéndose con movimientos lentos y mecánicos, tratando de recuperar su armadura de heredero pieza por pieza. Se puso la camisa, pero sus dedos fallaron al intentar abrochar los botones del cuello. Le temblaban.
Hendrik lo observaba desde el sillón. El Alfa mayor no se había vestido del todo; llevaba los pantalones desabrochados y el torso desnudo, luciendo las marcas que los dientes de Zen habían dejado en su piel.
—¿Vas a seguir fingiendo? —preguntó Hendrik. Su voz era un trueno bajo que rompió el silencio.
Zen no se giró.
—No sé de qué hablas, De Vries. El Rut terminó. Tenemos trabajo que hacer y Joel espera un informe de progreso.
Hendrik se puso de pie. Caminó hacia Zen con pasos pesados que hacían vibrar el suelo. Se detuvo justo detrás de él, pero no lo tocó. En lugar de eso, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó algo pequeño. Lo dejó caer sobre la cama, justo al lado de la mano de Zen.
Era una piedra. Una pequeña piedra lisa, de un color azul profundo que brilló bajo la luz.
Zen se quedó congelado. El aire se escapó de sus pulmones como si le hubieran golpeado el estómago. Sus ojos se fijaron en la piedra y, por un segundo, la máscara de frialdad que había construido durante años se resquebrajó.
—La encontré en mi vieja maleta de la academia antes de venir aquí —dijo Hendrik, su voz cargada de un resentimiento que sabía a dolor antiguo—. Pasé años queriendo tirarla al mar. Pasé años odiándote por lo que hiciste en aquella cena de gala. "Señor De Vries", me dijiste. Me trataste como a un extraño frente a tu padre mientras yo tenía esta estúpida piedra apretada en mi bolsillo, esperando a que me sonrieras.
Zen tragó saliva, sintiendo que la garganta le ardía. Quiso apartar la vista, pero no pudo. La piedra azul era un ancla que lo arrastraba al fondo de sus recuerdos más prohibidos.
—Éramos niños, Hendrik —susurró Zen, su voz apenas un hilo—. No entendíamos cómo funcionaba el mundo.
—¡Yo sí lo entendía! —rugió Hendrik, sujetando a Zen por los hombros y obligándolo a ponerse de pie y encararlo—. Entendía que eras mi amigo. Entendía que te quería proteger de todo. Pero tú elegiste el apellido. Elegiste ser el "Príncipe Grimhand" y me escupiste en la cara nuestra amistad. ¿Sabes cuántas noches pasé en la academia deseando romperte la cara solo para ver si sentías algo?
Zen sintió que las lágrimas, esas que se había prohibido derramar desde los catorce años, empezaban a nublarle la vista. La rabia de Hendrik era un espejo de su propia agonía.
—¿Crees que fue fácil para mí? —gritó Zen, empujando el pecho de Hendrik con desesperación—. ¡Mi padre me golpeó después de esa tarde en el jardín! Me dijo que si volvía a ensuciarme con un "animal" como tú, me enviaría a un internado en otro continente y nunca volvería a ver la luz del sol. Me obligó a ver cómo quemaba mis libros de astronomía porque decía que me distraían de mis deberes. ¡Me rompió, Hendrik! ¡Me rompió para que yo pudiera ser el arquitecto que él quería!
Hendrik soltó los hombros de Zen, retrocediendo un paso, impactado por la confesión. Nunca había visto a Zen así, con el rostro descompuesto y la voz rota por el llanto.
—Esa noche en la gala... —continuó Zen, limpiándose las lágrimas con rabia—... yo tenía la piedra en mi mano izquierda. La apreté tanto que los bordes me cortaron la palma. Mi padre me estaba sujetando del hombro y me susurró al oído que, si te saludaba como a un amigo, te destruiría a ti también. Dijo que los De Vries eran herramientas prescindibles y que, si yo no aprendía a usarlas, él se encargaría de eliminarlas. Lo hice para salvarte, idiota. Me volví de hielo para que no pudieran quemarte a ti.
El silencio que siguió fue absoluto. Hendrik miró la palma de la mano de Zen y, efectivamente, vio una pequeña cicatriz antigua que nunca había notado. La prueba de que el sacrificio de Zen había sido real.
Hendrik sintió un vacío inmenso y una necesidad devastadora de reparar lo que el mundo había roto. Se acercó a Zen, no como un Alfa reclamando territorio, sino como el niño que una vez le prometió que lo atraparía si se caía.
Rodeó a Zen con sus brazos, y esta vez Zen no luchó. Se hundió en el pecho de Hendrik, sollozando con la fuerza de décadas de soledad.
—Perdóname —susurró Hendrik, hundiendo la nariz en el cabello rubio de Zen—. Perdóname por no haberme dado cuenta. Fui un estúpido. Estaba tan cegado por mi propio dolor que no vi el tuyo.
Zen se aferró a la espalda de Hendrik, apretando la tela de su piel con los dedos.
—Todavía la tengo —susurró Zen entre sollozos.
—¿Qué?
Zen se separó un poco y caminó hacia su maleta de cuero. De un compartimento secreto, sacó una pequeña caja. Dentro, descansaba otra piedra, idéntica a la de Hendrik. Estaba un poco más gastada de tanto ser acariciada en la oscuridad de las noches de insomnio.
Hendrik sintió que el corazón se le salía del pecho. Se habían odiado profesionalmente, se habían peleado en rings de boxeo y se habían desafiado en juntas directivas, pero ambos habían estado sosteniendo la misma promesa rota durante veinte años.
—Ya no vamos a escondernos —dijo Hendrik, tomando ambas piedras y poniéndolas juntas sobre la mesa de noche—. Si tu padre o el mío quieren guerra, se la daremos. Pero ya no voy a permitir que me llames "Señor De Vries".
Zen esbozó una sonrisa verdadera, una que llegó a sus ojos y que Hendrik no veía desde hace años.
—Está bien... Hendrik.
Se besaron, pero no fue un beso de Rut, ni de sexo agresivo. Fue un beso de reencuentro, dulce y salado por las lágrimas, un beso que sellaba un pacto mucho más fuerte que el de sus familias. Ya no eran solo dos Alfas atrapados por la biología; eran Zen y Hendrik, los niños del jardín, que finalmente habían vuelto a casa.
—Tenemos que ser cuidadosos. Si nos descubren ahora, antes de que tengamos un plan de escape, nos destruirán.
—Lo sé —asintió Hendrik, entrelazando sus dedos con los de Zen—. Pero ahora sé que estás conmigo. Y eso me hace invencible.
Sobre la mesa de noche, las dos piedras azules descansaban juntas, brillando como un recordatorio silencioso de que ya no eran enemigos, sino cómplices de un secreto peligroso.
—Es hora —susurró Zen, aunque no se movió.
Hendrik apretó el agarre un segundo más, enterrando la nariz en la nuca de Zen, inhalando su aroma antes de que los supresores y los perfumes caros lo camuflaran de nuevo.
—Odiaría este día si no supiera que ahora estamos en el mismo bando —gruñó Hendrik con la voz ronca por el sueño—. Prepárate, príncipe de hielo. Joel debe estar contando los segundos para vernos salir.
El rostro de Zen volvía a ser una máscara. Hendrik se puso su camisa blanca, abotonándola hasta arriba, ocultando las marcas que Zen había dejado en su cuello.
Antes de abrir la puerta, Hendrik tomó una de las piedras azules y la guardó en su bolsillo. Zen tomó la otra. Se miraron por última vez a los ojos, un mensaje silencioso de "te amo y te protegeré", y entonces Zen giró la manija.
El pasillo estaba desierto, pero el aire se sentía vigilado. Bajaron las escaleras al unísono, sus pasos rítmicos resonando en la casa. Al llegar al comedor, Joel ya estaba allí, de pie como una estatua junto al ventanal. La mesa estaba servida con una pulcritud que daba escalofríos.
—Buenos días, señores —dijo Joel, girándose lentamente. Sus ojos recorrieron a ambos con una intensidad que parecía buscar cualquier rastro de la tormenta que había ocurrido en la suite—. Me alegra ver que el "virus" ha remitido. Los sensores indican que la calidad del aire ha vuelto a la normalidad.
Zen se sentó a la mesa, desplegando su servilleta con una elegancia que no dejaba ver ni un ápice de nerviosismo.
—Fue un episodio desagradable, Joel. Gracias por gestionar el mantenimiento del sistema. Espero que no haya habido interrupciones en los informes diarios hacia mi padre.
—Ninguna que no pudiera ser justificada, señor Grimhand —respondió Joel, acercándose para servir el café. El Beta se detuvo un segundo de más entre ambos, inhalando de forma casi imperceptible—. El aroma a supresores es muy fuerte esta mañana. Casi... excesivo.
Hendrik tomó su taza con una mano firme, aunque por dentro quería saltarle al cuello al guardia.
—Preferimos no correr riesgos de recaídas, Joel. Tenemos una reunión importante en una hora y no quiero que el "calor" vuelva a distraernos.
Joel asintió, pero sus ojos se fijaron en la mano de Zen, específicamente en la pequeña cicatriz de la palma que ahora Zen no se molestaba en ocultar tanto.
—Es curioso —comentó el Beta mientras servía la fruta—. Sus padres llamaron temprano. Están muy satisfechos con la "disciplina" que están mostrando. Dicen que esta fusión será recordada como el mayor logro de sus carreras.
—Será recordada por muchas cosas —respondió Zen, lanzándole a Hendrik una mirada cargada de un desprecio fingido tan perfecto que incluso Hendrik sintió un escalofrío—. Especialmente por cómo los De Vries finalmente aprendieron a seguir el ritmo de una mente superior.
Hendrik soltó una carcajada seca, entrando en el juego de inmediato.
—No te confundas, Grimhand. Sigo pensando que tus planes financieros son castillos de naipes. Solo estoy aquí para asegurarme de que no se derrumben antes de que yo cobre mi parte.
Joel observó el intercambio. Sabía que se estaban atacando, pero había algo diferente. La tensión ya no era de odio puro; era una actuación demasiado bien ensayada. El Beta dejó la jarra de plata sobre la mesa y se cruzó de brazos.
—Me alegra ver que han recuperado su... dinamismo habitual —dijo Joel con un tono que hizo que Zen se tensara—. Sin embargo, debo advertirles. La vigilancia en esta casa no solo es por su seguridad. Sus padres han solicitado acceso a las grabaciones de los pasillos de las últimas cuarenta y ocho horas. Dicen que quieren ver cómo manejan el aislamiento bajo presión médica.
Zen sintió que el corazón le daba un vuelco, pero no bajó la mirada.
—¿Y qué les has dicho, Joel?
El Beta guardó silencio por un momento, dejando que la tensión creciera hasta que el aire volvió a ser irrespirable.
—Les dije que hubo una falla técnica por el mantenimiento del aire y que las cámaras estuvieron fuera de servicio. Pero —Joel se inclinó un poco hacia ellos, bajando la voz—, esa excusa solo funciona una vez. No habrá más fallas técnicas. Si vuelven a dejar que el instinto gane a la razón, no habrá historia de "sobrinos" que me impida cumplir con mi deber.
Hendrik apretó la piedra azul en su bolsillo hasta que le dolió. Zen asintió lentamente, reconociendo la advertencia.
—Entendido, Joel —dijo Zen con una voz de acero—. No habrá más errores. Somos conscientes de lo que está en juego.
—Espero que así sea —sentenció el Beta, retirándose hacia la cocina—. El coche llegará en diez minutos para llevarlos a la sede central. Asegúrense de que sus máscaras no se caigan antes de llegar.
Cuando Joel desapareció, Zen y Hendrik compartieron una mirada de terror absoluto. Estaban caminando por la cuerda floja, con sus padres de un lado y Joel del otro. Pero al sentir el peso de la piedra en sus manos, supieron que ya no les importaba el abismo.
La guerra ya no era contra el otro. Ahora, la guerra era contra el mundo que intentaba mantenerlos separados, y por primera vez, estaban ganando.
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