Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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La alquimia
La puerta se abrió sin previo aviso.
Una joven entró con evidente prisa, cargando varias prendas entre los brazos.
—¿Lady Isabela? —preguntó con timidez.
—Soy yo —respondió Isabela, observándola con ligera confusión.
—Le ruego me disculpe… apenas puedo con todo esto —dijo la joven, acomodando como podía lo que llevaba—. El director me entregó sus uniformes. Mire… tres para clases, uno para actividades físicas y una bata para alquimia.
Su forma de hablar era distinta. Más sencilla. Sin la rigidez de la educación noble.
Sofía la observó con atención.
—¿Cuál es tu nombre?
—Mis disculpas… soy Lola —respondió, bajando la mirada—. Su nueva dama de compañía. Le agradezco mucho la oportunidad y el financiamiento para mi educación en este instituto.
Los ojos de Sofía se abrieron con sorpresa.
—¿No tienes una dama de compañía?
—Ahora la tengo —respondió Isabela con calma, señalando a Lola—. Puedes dejar todo en aquella mesa. Ana lo acomodará cuando se instale en el cuarto de las mucamas.
Sofía frunció ligeramente el ceño.
—Me refería a una apropiada —interrumpió—. Una que no te deje en vergüenza. Yo tengo tres… con gusto podría cederte una.
El rostro de Lola se tensó. La sonrisa desapareció, dejando ver una tristeza contenida.
—Mis disculpas…
—No te disculpes —intervino Isabela con suavidad—. Aprenderás. Además, algo bueno es que no suelo asistir a muchos eventos sociales.
Sonrió con tranquilidad, como si aquello no tuviera mayor importancia.
Después de las presentaciones, Sofía se excusó y se retiró, dejando a Isabela a solas con Lola.
Hubo un breve silencio.
—Sé que mi comportamiento no fue el mejor… —dijo Lola finalmente, bajando la mirada—. Me disculpo otra vez. Soy nueva y me emocioné… aunque, siendo honesta, estaba más nerviosa que otra cosa.
—¿Podrías explicarte? —preguntó Isabela con curiosidad.
Lola asintió.
—Mi familia vive cerca de aquí. Me postulé hace un año, pero no obtuve financiamiento. Las jóvenes de su posición casi nunca aceptan damas de compañía sin título… eso nos cierra muchas oportunidades —confesó—. Cuando me dijeron que había sido elegida por la nieta de un duque… me puse muy nerviosa. No sabía si usted sería amable… o cruel.
Isabela sonrió con suavidad.
—No soy cruel. Nunca te trataré mal —respondió—. La verdad es que tampoco estoy acostumbrada a tener una dama de compañía. Pero está bien… aprenderemos juntas. No puedo prometerte una experiencia extraordinaria aquí —añadió con honestidad—. Como te dije, soy bastante tranquila.
Los ojos de Lola brillaron con alivio.
—Le serviré lo mejor que pueda. Prometo esforzarme mucho.
—Lola —dijo Isabela con suavidad—, quiero disculparme por lo que dijo Sofía.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Sé que es complicado… pero la sociedad funciona así. Los títulos nos separan de la gente común. No todos los comportamientos son correctos, pero… no creo que eso cambie pronto.
Desvió la mirada.
—Lo que quiero decir es que es probable que hablen de ti… y de mí. Solo… no les des importancia.
Los primeros días de Isabela en el internado transcurrieron con calma. Poco a poco comenzó a adaptarse, incorporándose a las clases y familiarizándose con sus compañeros.
Por las mañanas asistía a sus materias; al mediodía, almorzaba con Sofía y Victoria, y por las tardes dedicaba su tiempo al piano, la pintura o la lectura, casi siempre junto a la ventana… su nuevo lugar favorito.
—Odio las clases de alquimia… son complicadas y peligrosas —murmuró Sofía mientras caminaban hacia el laboratorio.
—Sof, no estoy de acuerdo —respondió Isabela con una ligera sonrisa—. Yo estoy muy emocionada por esta clase.
Sofía la miró como si hubiera perdido la razón.
—Eres muy extraña… juro que eres la única a la que le gusta estudiar aquí —suspiró—. Tú y Luca. Él pasa la mayor parte del tiempo en la biblioteca. Debería presentarlos, son muy similares.
—Gracias, pero no estoy interesada —respondió Isabela con calma, empujando la puerta de la torre de magia—. Por fin llegamos.
—Sí… —murmuró Sofía, claramente resignada.
Ambas entraron al salón, saludaron al profesor y tomaron sus lugares.
—Buenos días, jóvenes —saludó el profesor con una leve sonrisa—. Como ya saben, la alquimia no consiste en crear… sino en transformar lo que ya existe —añadió, recorriendo el aula con la mirada—. Hoy trabajaremos con un principio básico: alterar la apariencia de un metal sin modificar su esencia.
El salón pasó del silencio a un murmullo generalizado de quejas.
—¿Otra vez? —protestó Víctor Borja, nieto del marqués Borja—. La última vez Sofía casi nos quema a todos.
—¡Fue sin querer! —respondió Sofía, molesta.
—Silencio —interrumpió el profesor Jacinto con firmeza—. Cada uno de ustedes tiene una pieza de hierro. Su tarea será modificar su color mediante una reacción controlada. No cambiarán su composición… solo lo que el ojo percibe.
Isabela escuchaba con atención, genuinamente interesada. Observó cómo el profesor, con una facilidad impecable, alteraba el color del metal frente a ellos.
Entonces lo sintió.
Una mirada.
Guiada por la intuición, giró ligeramente la cabeza.
Unos asientos detrás de ella, un joven la observaba.
—No se dejen engañar por la simplicidad del ejercicio —continuó el profesor—. Un error en las proporciones… y el metal no cambiará de color, sino que se degradará.
Pero Isabela apenas escuchaba.
Habían pasado varios segundos.
Y ninguno de los dos apartaba la mirada.
Algo… no encajaba.
—¿Isabela? —la voz de Sofía la trajo de vuelta.
El contacto visual se rompió.
—¿Mmm? —respondió, aún distraída.
Sofía sonrió con picardía.
—¿Estás observando a Dante Belmonte?
—Claro que no —respondió Isabela, intentando recuperar la compostura.
—Es guapo, ¿verdad? —añadió Sofía, divertida—. Por desgracia, es hijo de un conde… un título, te recuerdo, inferior al tuyo.
—Yo no dije nada —replicó Isabela con firmeza—. Solo sentí que me observaban y volteé…
Dudó un instante.
—¿Por qué no lo he visto en otras clases?
—Porque es dos años mayor. Va en tercer grado —explicó Sofía—. Tengo entendido que suspendió esta clase… no lo culpo —añadió con una leve risa—. Ahora está recuperándola. Así que solo lo verás aquí, si eso te interesa.
Isabela rodó los ojos.
—No dije eso.
—Señoritas, ¿ya lograron generar la reacción del metal? —intervino el profesor.
—Me disculpo —dijo Isabela, bajando la mirada—. Me distraje.
—Entonces continúe —respondió Jacinto con seriedad.