Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Almuerzo.
La residencia Takahashi es el reflejo perfecto de una tradición que no negocia. Minimalista, impecable, fría en su perfección, cada elemento está colocado con precisión milimétrica, como si incluso el aire supiera exactamente dónde debe permanecer.
Akane se encuentra sentada frente a su madre, con la espalda recta y las manos reposando con elegancia sobre sus piernas. Su expresión es serena, controlada… pero sus ojos están atentos, absorbiendo cada palabra.
—Un hombre como Cedric Becker no se conquista con emoción —dice su madre mientras sirve el té con movimientos delicados—. Se conquista con estrategia.
Akane asiente levemente.
—Lo sé, madre.
—No —corrige la mujer con suavidad—. Lo entiendes. Pero aún no lo sabes.
Le entrega la taza y sostiene su mirada.
—Nunca le muestres que lo quieres.
Akane frunce apenas el ceño.
—¿Por qué? —consulta.
Una leve sonrisa aparece en los labios de su madre.
—Porque los hombres como él… huyen de eso.
El silencio se instala entre ambas.
—Si percibe que estás enamorada, tendrá el control —continúa—. Pero si cree que eres inalcanzable… te querrá conquistar.
Akane baja la mirada al té por un instante.
—¿Y si no me desea?
—Entonces lo harás desearte.
La respuesta es simple, fría y efectiva.
—Tu padre y yo nos casamos por un contrato que duraría solo tres años —añade la mujer—. Y aquí estamos, más de treinta después —Akane levanta la mirada —Porque supe jugar.
Las palabras quedan suspendidas mientras Akane las analiza.
—Después del matrimonio… debes acercarte más —continúa—. Sedúcelo. Métete en su mente… y en su cama —Akane traga saliva —Y cuando lo tengas —su madre la observa con firmeza —No pierdas tiempo. Un hijo… lo ata más que cualquier contrato.
La frase es contundente e irrefutable. Akane asiente lentamente, procesando cada instrucción como siempre lo ha hecho.
—Será mío —murmura finalmente.
Y en sus ojos ya no hay duda, solo determinación. Su madre sonríe, satisfecha porque en ese mundo el amor no es una opción.
El poder sí.
...
El mediodía se cuela por los ventanales altos de la mansión Becker-Lobo, bañando las paredes en tonos cálidos que contrastan con la elegancia sobria del lugar. Todo parece en calma… hasta que el caos llega en forma de tres pequeños huracanes.
—¡Tía Adaraaa! —grita Giulia mientras salta sobre la cama.
—¡Despierta! —añade Helmut, rebotando sin piedad.
—¡Prometiste jugar con nosotros! —remata Giada, aterrizando justo a su lado.
Adara apenas logra abrir los ojos antes de que otro salto sacuda el colchón, y el dolor le atraviesa el cuerpo como un latigazo directo, especialmente en la pelvis.
Dios…
Se muerde el interior de la mejilla para no quejarse.
—Buen día, terremotos… —murmura con una sonrisa que no delata nada.
—¡Es mediodía! —corrige Helmut con orgullo.
—Eso sigue siendo temprano… —responde ella con voz suave, incorporándose con cuidado.
Los trillizos, idénticos en energía pero únicos en carácter, la rodean. Cabello oscuro como Aurora, pero esos ojos… esa leve heterocromía heredada de su padre los hace aún más especiales.
—Después del almuerzo jugamos ajedrez —dice Giulia con seriedad.
—Y luego carreras —añade Helmut.
—Y no puedes decir que no —remata Giada cruzándose de brazos.
Adara suelta una pequeña risa.
—Está bien, está bien… pero déjenme vivir primero.
Un toque en la puerta interrumpe el momento.
—Señorita Adara, el almuerzo está servido —anuncia uno de los empleados desde el otro lado.
—Ya vamos —responde ella. Luego mira a los niños— Adelántense, voy enseguida.
—¡No te demores! —dicen los tres al unísono antes de salir disparados.
Cuando la puerta se cierra, Adara deja escapar el aire contenido. El dolor sigue ahí. Intenso. Persistente. Y la memoria… peor.
Sacude la cabeza, como si así pudiera apagar lo que pasó horas atrás, y se dirige al baño. La ducha es rápida, casi necesaria para recomponerse. El agua tibia recorre su cuerpo, y por un segundo… demasiado corto… cierra los ojos recordando sensaciones que no debería estar recordando.
—Concéntrate —se susurra.
Minutos después, sale vestida con un conjunto deportivo y tenis, el cabello recogido en una coleta alta, fresca… controlada.
O eso intenta.
Las risas llegan antes que la imagen.
El comedor principal está lleno, vivo, familiar dentro de lo que permite un mundo como ese.
En la cabecera está Bastian Becker, imponente incluso en algo tan cotidiano como un almuerzo. A su lado, Aurora, relajada, pero siempre observando.
Más allá, Sabine Becker conversa animadamente, su postura ahora erguida, orgullosa.
También están: Ava Becker, con su vientre redondo, su esposo Massimo y la pequeña Stella, que no deja de hablar
Adara entra y lo primero que hace… es buscarlo.
Instintivo. Automático.
Pero Cedric Becker no está y algo en su pecho se tensa.
—Mira quién decidió despertar —dice Aurora con una sonrisa ladeada.
—No empieces —responde Adara, acercándose para saludar.
Besos, abrazos, familiaridad real.
—Dormiste como muerta —añade su hermana en voz baja.
Adara se encoge de hombros.
—La fiesta fue intensa.
Aurora la observa un segundo más de lo necesario… como si sospechara algo, pero no dice nada.
—Siéntate, cariño —interviene Sabine con calidez—. Debes comer.
Adara busca su lugar en medio de los niños.
La mesa ya está servida con precisión alemana.
Platos tradicionales: Schnitzel perfectamente dorado. Papas al horno con hierbas. Ensaladas frescas. Pan artesanal. Vino servido con elegancia
El ambiente es ligero.
—Parte de la familia ya regresó a Italia —comenta Aurora mientras corta su comida.
—Lo imaginé —responde Adara—. Tenían asuntos pendientes.
—Siempre los hay —añade Bastian sin levantar la mirada.
Stella interviene:
—Tía Adara, ¿vas a quedarte mucho?
—Unos días —responde ella con una sonrisa.
—¡Bien! —celebran los trillizos.
—Necesitamos practicar ajedrez —dice Helmut con seriedad.
—Porque le gané —añade Giulia.
—Fue suerte —refuta él.
Las risas llenan la mesa.
Adara mira a Sabine.
—De verdad… felicidades. Es increíble que estés caminando nuevamente.
Sabine sonríe con emoción contenida.
—Es un milagro… y ciencia.
—Jazmín —dice Aurora con orgullo.
—Ha llevado la medicina a otro nivel —añade Massimo.
Bastian asiente.
—Lo que hizo… no cualquiera lo logra.
Por un momento, todo se siente… normal, pero Adara sigue notando la ausencia.
...
—¡Vamos! —grita Helmut tirando de la mano de Adara.
—¡Ajedrez! —añade Giulia.
—Y carreras —dice Stella.
—¡Voy, voy! —ríe ella, dejándose arrastrar.
Juegan.
Ríen.
Se tiran al suelo.
Compiten.
Por un rato… Adara se olvida de todo, hasta que el cuerpo le pasa factura.
—Un segundo —dice levantándose—. Ya vuelvo.
Se va un momento en busca de analgésicos en uno de los muebles.
Justo cuando el teléfono vibra.
Fausto.
Suspira antes de contestar.
—Hola…
—Al fin —responde él—. ¿Estás bien? Te llamé varias veces.
—Lo sé… lo siento. Me acosté muy tarde y estaba agotada.
Mentira suave. Creíble.
—Me preocupé —dice él con ese tono dulce de siempre.
Adara cierra los ojos un segundo.
—Estoy bien.
—¿Cuándo regresas?
—En un par de días.
—Me gustaría que fuera antes…
—Fausto… —lo interrumpe con suavidad—. Cuando llegue tenemos que hablar.
Silencio.
—¿Todo bien?
—Sí… solo… hablar.
—Está bien —responde él—. Te extraño.
—Yo también.
Pero no suena igual y se despiden.
Al otro lado, unos brazos femeninos rodean a Fausto… y unos labios recorren su cuello en silencio.