Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“Dímelo aunque sea mentira”
La madrugada ya estaba vencida.
Las estrellas comenzaban a apagarse y el aire entraba frío por la ventana entreabierta.
Sebastián no había podido dormir.
Las palabras que había dicho horas antes aún lo asfixiaban.
La miró.
Dormía… o al menos eso creía.
Elsa tenía los ojos cerrados, respiraba suave, el rostro vuelto hacia la pared.
Sebastián se levantó con cuidado, cruzó la habitación descalzo y se metió en la cama junto a ella.
Le rozó el hombro con la yema de los dedos.
Luego el brazo.
Y finalmente la abrazó.
Elsa tensó cada músculo, pero no se movió.
Sabía que cualquier reacción podía romper ese momento incierto.
No era como otras noches.
Había una calma peligrosa, tensa, falsa.
Él le murmuró en el cuello, con voz ronca:
—Elsa… despierta…
Ella fingió abrir los ojos lentamente.
—¿Qué pasa…?
Sebastián no respondió. Solo la abrazó más fuerte por la cintura, su rostro pegado al de ella.
—No voy a hacerte daño. No esta vez.
Solo… quiero que no me odies.
Aunque sea por un momento… miente, si es necesario.
Elsa tragó saliva.
—¿Miente…?
—Sí. Dime que me quieres, aunque no lo sientas.
Dímelo como lo dirías si sí lo sintieras.
Y te juro que te dejo ir.
Te juro que no volveré a tocarte.
Elsa no supo si llorar o gritar.
El monstruo ahora suplicaba amor…
como un niño desesperado que pide una caricia después de romper su juguete.
Ella sabía que estaba mintiendo.
Pero también sabía que tenía que ganar tiempo.
Tenía que salir viva de esa casa.
Y si mentir era el precio… lo pagaría.
—Sebastián… yo…
Él se tensó.
—Dímelo. Solo una vez.
Dímelo y puedes irte.
Haz lo que quieras.
Solo… no te vayas con él.
No con Tomás.
Eso no lo soportaría.
No lo soportaría, Elsa…
Elsa cerró los ojos.
Contuvo la rabia. El asco.
Y dijo, con la voz más suave que pudo fingir:
—Te quiero, Sebastián.
Él contuvo la respiración.
Por un momento, creyó.
Quiso creer.
—¿De verdad? —susurró.
—Sí. —mintió.
—Solo… no me obligues más.
No me toques.
Déjame ir.
Pero me quedaré cerca.
No lo buscaré, te lo prometo.
Sebastián se apartó. Se sentó al borde de la cama.
—Duerme.
Mañana hablaré con mamá.
Diré que quiero que te vayas.
Pero jura por tu vida que no te irás con él.
—Lo juro…
Él se levantó, le acarició el cabello, y salió de la habitación sin mirar atrás.
Elsa se quedó inmóvil.
Cuando la puerta se cerró, por primera vez en semanas,
lloró.
Pero en silencio.
Porque ahora sabía que tenía una salida.
Que Tomás la esperaba, aunque él mismo aún no lo supiera.
Y también sabía que, en ese instante,
Sebastián no la había liberado por amor…
sino por miedo.
“El Juego del Silencio”
La mañana era gris. El cielo anunciaba tormenta.
Tomás, con el cuerpo más fuerte gracias a los cuidados de don Silvio, ya caminaba mejor.
Había dejado la casa del viejo hace unos días.
Ahora se hospedaba en la pensión de Doña Pachita, una mujer con más chismes que dientes, pero que al menos sabía guardar secretos… si el pago era bueno.
Tomás se movía lento pero alerta.
La memoria había comenzado a regresar poco a poco, como pedazos de un rompecabezas que alguien hubiese arrojado al viento.
Recordaba su nombre.
Recordaba su amor por Elsa.
Recordaba los collares de las iniciales.
Recordaba el árbol.
Y recordaba la boda.
La había visto con sus propios ojos…
vestida de blanco… entregada a otro.
El alma le ardía.
Y sin embargo, decidió no decir nada.
Porque la lucha apenas comenzaba.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
Tomás abrió.
—Buenos días, amigo —dijo Sebastián con una sonrisa falsa.
Vestía su habitual camisa blanca de lino, el cabello peinado con arrogancia, la mirada afilada.
Tomás disimuló el estremecimiento de su cuerpo.
—Buenos días… —respondió, como si de verdad no supiera quién era.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó Sebastián, paseándose por el cuarto como si le perteneciera.
Tomás fingió pensarlo.
—No… lo siento. Aunque me es familiar… ¿usted es del pueblo?
Sebastián sonrió con una mueca torcida.
—Digamos que soy parte de él.
Soy Sebastián Montenegro.
De la familia Montenegro y Ugande.
Quizá escuchaste de nosotros.
Mi madre es Doña María Ugande.
Tomás asintió como si el nombre no le dijera nada.
Por dentro, su rabia se acumulaba como un veneno lento.
—Estoy tratando de recordar.
Todo me viene en fragmentos. A veces siento que algo va a explotar en mi cabeza, pero… no llega nunca del todo.
Sebastián lo miró. Sabía que algo estaba escondido detrás de esa mirada tranquila.
Pero no podía estar seguro.
—He venido porque supe que habías vuelto.
Y pensé que necesitabas amigos.
El pueblo es pequeño, y a veces la gente murmura demasiado…
—Sí, lo he notado. —respondió Tomás, manteniéndose neutral.
—¿Y recuerdas algo de tu pasado…?
¿De alguna chica… familia… enemigos?
Tomás lo miró directamente a los ojos.
Y mintió.
—No. Nada.
Sebastián se tensó. Lo examinó.
No confiaba en él.
Pero no tenía pruebas.
—Sabes… hace un tiempo estuviste involucrado en un problema…
Dicen que te vieron cerca de una chica comprometida.
Hubo un altercado.
Hubo sangre.
Pero nadie denunció nada.
Supongo que no lo recuerdas tampoco, ¿cierto?
Tomás bajó la mirada.
—No. Pero si hice algo malo… lo lamento.
No quisiera causarle problemas a nadie.
Solo quiero… rehacer mi vida.
Mentira.
Cada palabra era un disfraz.
Cada gesto una trampa.
Tomás lo había decidido: se quedaría cerca. Esperaría.
Y cuando llegue el momento…
la sacaría de esa casa, aunque tuviera que enfrentarse a todo el maldito pueblo.
Sebastián se levantó.
—Bueno.
Solo vine a saludarte.
Y a decirte que, si necesitas algo, puedes acudir a mí.
Estoy seguro de que… tú y yo podríamos ser buenos amigos.
(Lo dijo como si masticara clavos.)
Tomás lo acompañó a la puerta.
—Gracias… Sebastián, ¿verdad?
—Así es.
(Sonrió como una serpiente.)
Y justo cuando Sebastián se alejaba por el pasillo de la pensión,
Tomás cerró la puerta y se quedó inmóvil, con el puño apretado.
Sabía que lo vigilaba.
Sabía que no le creía del todo.
Pero eso era bueno.
Porque un enemigo confiado, era más peligroso que uno en guardia.
ecxelente