Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 8: Un mundo que no parecía real
Cuando llegamos, me quedé sin palabras. Esa casa… no, esa mansión… parecía sacada de una película. Las puertas eran enormes, blancas con detalles dorados, y al entrar todo brillaba: el piso de mármol, las lámparas gigantes colgando del techo, los muebles elegantes… todo era demasiado perfecto.
—¿Esta es… tu casa? —pregunté bajito.
—Nuestra —respondió Benjamín, tranquilo.
Sentí un escalofrío. Nuestra casa. Eso todavía me sonaba extraño.
Mientras caminábamos, apareció una señora como de la edad de mi mamá. Se veía seria, pero amable.
—Señor —dijo ella, bajando un poco la cabeza.
—Martina —respondió él—. Ella es Katherine Guevara… mi esposa… y la nueva señora de esta casa.
Me quedé quieta.
—Mucho gusto —dijo Martina con respeto—. A sus órdenes, señora.
Eso de “señora” me pegó fuerte.
—Eh… mucho gusto —respondí, medio nerviosa.
Benjamín la miró.
—Martina, llévala a mi habitación. Hay una bolsa con ropa. Que se cambie, se arregle… y que use lo que está ahí.
—Sí, señor —respondió ella.
Yo lo miré.
—¿Y usted? —pregunté.
—Tengo que atender unas cosas —dijo—. Luego hablamos.
Y se fue, como si nada.
Me quedé ahí parada unos segundos.
—Venga, señorita —dijo Martina con una sonrisa suave—. Sígame.
Subimos unas escaleras grandes, elegantes, con un pasamanos brillante. Cada paso me hacía sentir más fuera de lugar.
Entramos a una habitación… y yo quedé en shock.
Era enorme. La cama parecía de hotel de lujo, con sábanas blancas perfectas. Había un espejo grande, un tocador lleno de maquillaje… y sobre la cama, una bolsa.
—Ahí está lo que el señor dejó —dijo Martina.
Me acerqué despacio.
Abrí la bolsa… y me quedé sin palabras.
Adentro había un vestido rosado hermoso. Era corto, con un diseño delicado, con pequeños detalles como punticos en la tela que le daban un brillo suave. La parte de arriba era ajustada, con un estilo elegante, y tenía mangas cortas con un toque delicado en los hombros. La falda era suelta, con capas que caían bonito, como con movimiento.
—Qué vestido tan lindo… —murmuré.
También había un cinturón blanco con un detalle dorado en forma de “V”, que hacía que todo se viera más fino.
—Eso le va a quedar precioso —dijo Martina.
Seguí revisando la bolsa.
Había unos tacones negros… elegantes, sencillos pero finos, de esos que uno solo ve en vitrinas.
—No puede ser… —dije, tocándolos con cuidado.
—Pruébeselo todo —añadió Martina—. Y ahí está el maquillaje también.
Miré hacia el tocador. Había de todo: base, sombras, labiales… cosas que yo ni sabía usar bien.
—Yo no sé maquillarme así… —le dije.
—Yo le ayudo —respondió ella con calma.
Sonreí un poco.
—Gracias…
Me cambié con cuidado. Cuando me puse el vestido… sentí algo diferente.
Me miré al espejo.
No parecía yo.
El rosado me hacía ver más suave, más arreglada. El cinturón marcaba la cintura y los tacones me hacían ver más alta.
—Se ve hermosa —dijo Martina.
—¿Sí? —pregunté, sin creerlo.
—Sí, señora.
Me senté y ella empezó a maquillarme. Todo con cuidado, sin exagerar. Algo natural, pero bonito.
Cuando terminó, me miré otra vez.
—No soy yo… —murmuré.
—Sí es usted —respondió Martina—. solo que en otra versión.
Sonreí leve.
—Creo que sí…
Respiré profundo.
Porque en ese momento lo entendí.
Mi vida ya no era la misma.
Ya no era la Katherine de siempre, con sus chorros y su ropa sencilla.
Ahora estaba en una mansión… vestida elegante… siendo llamada “señora”.
Y aunque todo parecía un sueño…
Sabía que era real.
Y que apenas estaba empezando.