Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 3
La suite del jet privado estaba sumida en un silencio arrullado por el zumbido monótono de los motores a 30,000 pies de altura. Tania observaba a su hijo, quien estaba sentado frente a una mesa plegable de nogal, concentrado en un rompecabezas de lógica avanzada que desafiaría a cualquier niño del doble de su edad.
Nico no era un niño común. A sus cinco años, poseía una perspicacia que a veces resultaba inquietante. No solo heredó de Nicolás Durantt la mandíbula firme y esos ojos color tormenta que podían pasar del gris al azul acero en un parpadeo, sino también una capacidad analítica feroz. Sin embargo, cuando Nico sonreía, la dureza desaparecía y surgía la dulzura de la Tania de antes, aquella que aún creía en la bondad intrínseca de las personas.
—Mamá —dijo el niño sin levantar la vista de sus piezas—. Estás apretando la mandíbula otra vez. Eso significa que estás pensando en el "lugar de las fieras".
Tania se sobresaltó sutilmente. Relajó el rostro y dejó la copa de agua sobre la mesa. Le asombraba cómo Nico podía leer el lenguaje corporal con la precisión de un perfilador experto. Era como si el niño tuviera un radar para las emociones que ella intentaba enterrar bajo sus trajes de diseñador.
—Solo estoy repasando unos contratos, Nico —mintió ella con suavidad, estirando la mano para acariciar sus rizos oscuros.
Nico levantó la cabeza y la miró fijamente. Esa mirada era un espejo del pasado, una réplica exacta de la de Nicolás cuando intentaba descifrar un enigma de negocios. Pero en Nico, no había arrogancia, solo una curiosidad infinita y una lealtad absoluta hacia su madre.
—No son contratos —sentenció el niño, juntando dos piezas con un clic perfecto—. Tus ojos están "nublados". Siempre se ponen así cuando hablas por teléfono con el tío Marcus sobre la ciudad a la que vamos. ¿Alguien te hizo daño allí, verdad?
Tania sintió un nudo en la garganta. La sinceridad de Nico era una espada de doble filo. Por un lado, la llenaba de orgullo ver su inteligencia; por otro, le dolía que fuera tan consciente de las sombras que ella intentaba ocultarle. Nico era su mayor tesoro, el fruto de una noche de amor que terminó en tragedia, y el único recordatorio vivo de que, a pesar de todo, hubo algo real entre ella y Nicolás.
—El pasado es como un libro que ya leímos, Nico. A veces volvemos a algunas páginas para asegurarnos de que no olvidamos la lección, pero ya no vivimos en él —respondió Tania, tratando de sonar convincente.
—Yo no olvido —replicó Nico, guardando la última pieza del rompecabezas—. Tú me enseñaste que la memoria es nuestra mejor herramienta. Si alguien te hizo daño, yo no dejaré que se acerquen. Soy pequeño, pero soy inteligente, mamá.
Tania se arrodilló frente a él, tomándole las pequeñas manos entre las suyas. La vulnerabilidad la golpeó de frente. Recordó la noche de la lluvia, el desprecio de Nicolás y la forma en que fue expulsada como si fuera basura. En aquel entonces, ella era una hoja al viento; ahora, era el viento mismo.
—Escúchame bien, Nico —dijo Tania, y su voz adquirió un matiz de acero—. Nadie nos va a hacer daño. He construido muros que nadie puede saltar. Estamos volviendo para recuperar lo que es nuestro, no para pedir permiso.
Nico asintió con una seriedad que no correspondía a su edad.
—¿Papá está en esa ciudad? —preguntó de repente, con la naturalidad de quien suelta una bomba en medio de un campo de flores.
El silencio que siguió fue denso. Tania nunca le había mentido sobre la existencia de su padre, pero tampoco le había dado detalles. Nico sabía que su padre era un hombre poderoso que "no sabía cómo ser un equipo", una metáfora que Tania usaba para explicar la ausencia sin sembrar odio. Pero Nico era demasiado astuto para conformarse con metáforas.
—Sí —respondió ella finalmente, sosteniéndole la mirada—. Él vive allí.
—¿Él sabe que existo?
—No. Y por ahora, es mejor así.
Nico frunció el ceño, procesando la información. Se puso de pie y caminó hacia la ventana del jet, observando el manto de nubes blancas debajo de ellos.
—Si es tan inteligente como dices que soy yo, se dará cuenta pronto —dijo el niño con una lógica aplastante—. Y cuando lo haga, querrá llevarse una parte de mí porque cree que le pertenezco. Pero yo soy tuyo, mamá. Siempre.
Tania sintió una punzada de temor y determinación mezclados. Nico era el "heredero silencioso", el niño que cargaba con un linaje de poder y arrogancia que él mismo estaba aprendiendo a dominar a través de la educación y el amor de su madre. Él era la razón por la que ella no podía permitirse ni un solo error. Si los Durantt descubrían a Nico, intentarían reclamarlo como un trofeo, como un objeto más en su inventario de lujos.
"Sobre mi cadáver", pensó Tania, apretando los puños.
Se acercó a su hijo y lo abrazó por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro. Nico se inclinó hacia ella, esa dulzura heredada de la antigua Tania floreciendo en el gesto. En ese abrazo, Tania renovó su juramento silencioso. No regresaba solo por la empresa o por la venganza; regresaba para blindar el futuro de Nico.
—Vamos a aterrizar pronto —anunció ella—. Recuerda lo que practicamos: en las reuniones, eres el asistente de mamá. Observas, escuchas y callas.
—Y analizo —añadió Nico con una sonrisa traviesa que iluminó su rostro—. Sé que el señor Durantt es el enemigo en el tablero, mamá. No te preocupes, no dejaré que vea mis cartas.
Tania lo miró con una mezcla de admiración y miedo. Nico tenía la capacidad de ser tan letal como ella, o quizás más, porque su inocencia era el disfraz perfecto para una mente brillante. Él no era solo su hijo; era su cómplice, su legado y su mayor debilidad.
Mientras el avión comenzaba el descenso hacia la ciudad que la vio caer, Tania se puso sus gafas de sol oscuras. La fiera estaba lista para pisar tierra firme, y a su lado, el pequeño heredero caminaba con la seguridad de quien sabe que el mundo pronto estará a sus pies.
Nadie les quitaría nada. Nadie volvería a pisotear el nombre de Tania, porque ahora ese nombre estaba ligado a una fortuna indomable y a un niño que era, en sí mismo, la prueba viviente de que el amor de Nicolás Durantt había sido su error más costoso, y su pérdida, el inicio de su propia destrucción.
—Prepárate, ciudad de las fieras —susurró Tania mientras las ruedas del jet tocaban la pista—. Porque la reina y su príncipe han llegado para reclamar el trono.