Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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Jardín de camelias
Dos días habían pasado desde el incidente en la cafetería.
Isabela aún se sentía confundida… aunque un poco más animada. Había cumplido con sus clases, escribió un par de cartas a su familia y pasó una tarde agradable en compañía de Sofía y Lola, quienes, para su desgracia, no se llevaban especialmente bien.
Su día había sido lo suficientemente ajetreado como para no pensar… o, al menos, no darse la oportunidad de explorar lo que sentía.
Ya estaba lista para dormir.
Vestía su camisón de seda, su cabello caía en una trenza perfecta y Ana había preparado la cama con carbón caliente para mantener el calor entre las sábanas.
Estaba a punto de colocarse el antifaz cuando algo llamó su atención.
Una nota se deslizó por debajo de la puerta.
Un recado.
La tomó con cuidado.
“Quisiera que me dieras la oportunidad de disculparme contigo en persona. Fui un necio y estoy sumamente arrepentido.
Te espero en el jardín de camelias, a las once en punto.”
No había remitente.
Pero no hacía falta.
Una perfecta “D” cerraba la nota.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Ir a verlo… y de noche… era un error.
Lo sabía.
Si alguien los veía desde el interior del castillo, los pondría en una situación imposible. Un escándalo. Un compromiso forzado. Un matrimonio que no quería… no ahora.
Ni siquiera estaba segura de lo que sentía.
Y aun así… quería verlo.
Esa era la verdad.
Pero no sabía qué parte de ella ganaría.
Su mente le pedía quedarse… ignorar la nota.
Su corazón… le pedía ir. Y escuchar lo que él tuviera que decir..
Al final… decidió ir.
Salió de la habitación con sumo cuidado. Un paso en falso, un ruido inesperado… y despertaría a Lola o, peor aún, a Ana, quien no dudaría en informar a su abuelo sobre su escapada nocturna.
Superado el primer obstáculo, se encontró con uno nuevo.
Los guardias.
Recorrían los pasillos con regularidad, asegurando la vigilancia del castillo. Pero Isabela era observadora… y paciente.
Ya había notado sus rondines.
Entraban al ala de las señoritas cada treinta minutos. Comenzaban en el lado este, cruzaban hacia el área de clases, continuaban en la cafetería y terminaban en los jardines principales. Después, avanzaban al ala oeste, donde se encontraban las habitaciones de los jóvenes.
El recorrido completo tomaba aproximadamente una hora.
Y eso… le daba una oportunidad.
Su sentido de la observación dio resultado.
Había llegado sin contratiempos al jardín de las camelias.
—Llegaste… pensé que no vendrías —dijo Dante en cuanto la vio.
A diferencia de ella, que vestía su camisón de seda cubierto por una bata ligera y apenas translúcida, él llevaba ropa de diario. También se había cubierto con una capa que lo resguardaba del frío de la noche.
—Dudé —confesó.
—Me alegra que no te hayas quedado con esa duda —sonrió.
—¿Qué quieres? —preguntó Isabela, con un leve nerviosismo.
—Disculparme.
Bajó la mirada y, con cierta torpeza, se dirigió detrás del kiosco. De ahí sacó una pequeña maceta con un tulipán morado.
—Para ti.
Isabela la recibió, sorprendida.
—Gracias…
—Quiero decirte algo, pero… tengo miedo.
—Solo dilo —respondió ella—. Prometo ser menos impulsiva.
Dante soltó una leve risa nerviosa.
—Antes que nada… fui un imbécil. Nuestra conversación pasó de ser algo lindo a… una batalla.
Hizo una pausa.
—Soy tímido. Y por el título de mi familia… y nuestra posición, no mucha gente se acerca a nosotros. No sé cómo decir las cosas sin sonar a la defensiva.
—Lo entiendo —asintió Isabela.
—Pero hay algo que no es cierto —continuó, más serio—. No tengo dibujos de los demás. Me distraigo con estructuras, paisajes… pero tú…
La miró.
—Tú eres la única a la que he dibujado. Y no solo una vez.
Isabela frunció ligeramente el ceño.
—No entiendo qué quieres decir…
Dante respiró hondo.
—Que me gustas.
Hizo una pausa, más firme.
—Mucho.
—Y si mencioné el matrimonio… fue porque necesitaba saber si ya había alguien en tu vida. Si estabas prometida.
Desvió la mirada un instante.
—Cuando dijiste que no estabas interesada… pensé que era por mí. Por mi posición. Y me puse a la defensiva.
Volvió a verla.
—Pero la verdad es que… sentí celos. Celos de no poder pertenecer a tu mundo.
—Ela… —la llamó por primera vez así.
Isabela no lo corrigió.
—Yo sí veo un futuro contigo —añadió—. Quiero intentarlo… aunque sé que no es sencillo. Y aunque tú… aún no estés lista para algo más que el cortejo.
Isabela se acercó lentamente.
Se puso de puntas… y dejó un beso suave en su mejilla.
—Me gustas… muchísimo —susurró—. Pero mi situación es complicada.
Lo miró con decisión.
—Si me das tiempo… voy a intentar que esto sea posible. Sin destruirnos… ni perder todo lo que nuestras familias han construido.
Dante sonrió.
La abrazó.
Isabela lo permitió.
Si alguien los veía… sería la ruina.
Pero en ese instante… no importaba.
Se sentía bien.
Completa.
Vista.
Elegida.
Se resguardaron en el kiosco.
La noche comenzaba a refrescar.
Él tomó sus manos mientras conversaban.
Hablaban de cosas simples.
Anécdotas del instituto, clases favoritas, comidas que les gustaban…
Nada demasiado personal.
Nada que pudiera incomodar.
Apenas estaban comenzando. Isabela no quería apresurarse. Evitó preguntarle por su familia, por su vida fuera del instituto, por el condado… por cualquier cosa que pudiera hacerlo cerrarse de nuevo.
Esta vez, esperaría.
No quería verlo a la defensiva otra vez.
Y Dante hizo lo mismo.
Cuando le tocaba escucharla, evitaba profundizar en su título, en su posición… en todo aquello que los separaba.
Ambos se mantenían en la superficie.
Como si, sin decirlo, hubieran acordado no tocar aquello que podía romper el momento.