Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Lo que se empieza a construir
El aire matutino era gélido, pero Samira ya no esperaba que el mundo se ajustara a su comodidad. Cuando los nudillos de Dominic golpearon la madera de su puerta, ella ya estaba sentada en el borde de la cama, observando el vendaje en su mano. Le dolía el cuerpo, le dolía el orgullo, pero el peso de la gratitud —ese sentimiento nuevo y pegajoso— la obligó a ponerse de pie.
El regreso al mercado fue distinto. Dominic caminaba con la seguridad de quien pertenece a la tierra, mientras Samira lo seguía sintiendo que cada una de sus costuras gritaba su procedencia. Llevaba una blusa de seda y pantalones de lino que, aunque eran lo más "sencillo" que tenía, brillaban con una opulencia obscena entre los puestos de madera y sacos de yute.
Sintió las miradas. Eran cuchicheos rápidos, manos que se cubrían la boca y ojos que recorrían su figura con una mezcla de curiosidad y desprecio. Samira se encogió de hombros, sintiéndose pequeña. Por primera vez en su vida, no se sentía envidiada, sino ridícula.
Se detuvo frente a un puesto de flores y observó a las mujeres del pueblo. Llevaban faldas de algodón que se movían con el viento, blusas bordadas que se ajustaban a sus cinturas y cabellos trenzados con cintas de colores. No tenían diamantes, pero sus rostros reflejaban una vitalidad que Samira jamás había visto en los salones de belleza de Orlando. Se veían hermosas, funcionales, conectadas con algo real.
Samira miró sus propias manos cuidadas y su ropa costosa, y se sintió como una muñeca de porcelana arrojada a un campo de batalla. Estaba fuera de lugar. Estaba sola.
El viaje de regreso fue un vacío sonoro. Dominic iba al volante con el nuevo peón —un joven robusto y callado— al lado. Samira, en la parte de atrás de la camioneta, miraba el paisaje pasar como una película borrosa. No hubo quejas sobre el polvo ni sobre el calor. El silencio la envolvía como una manta pesada.
Cuando llegaron a la granja, Dominic detuvo el vehículo frente al porche. Samira bajó con las bolsas de las compras, pero antes de que él volviera a arrancar para irse al campo, ella se acercó a su ventana.
—Dominic... —susurró, evitando la mirada del peón—. ¿Podrías encender la lámpara antes de irte? No quiero... no quiero que la noche me gane si tardas en volver.
Dominic la observó un segundo. Vio el rastro de la herida en su mano y el cansancio en sus ojos. Sin decir palabra, bajó de la camioneta, entró en la casa y, con una destreza que ella envidiaba, encendió la lámpara de la cocina. La llama vaciló antes de crecer, bañando la estancia en un ámbar cálido.
—Estaré en el sector norte hasta tarde —dijo él antes de salir.
Samira se quedó sola, pero esta vez la soledad no olía a miedo. Miró la lámpara, esa pequeña luz que Dominic le había concedido, y sintió una urgencia de ser útil.
Se lavó las manos y sacó las verduras. Con cuidado, usando el cuchillo que Dominic siempre mantenía afilado, comenzó a cortar las zanahorias y las patatas. Sus cortes no eran precisos, y la mano vendada le dificultaba el trabajo, pero no se detuvo.
Acercó una astilla a la lámpara que Dominic le había encendido y la llevó hasta la estufa. El fuego prendió con un crujido seco, y pronto el calor inundó la cocina. Puso el pollo en la olla, escuchando el chisporroteo de la grasa, y comenzó a cocinar.
No lo hacía por orden de su padre, ni por el contrato. Lo hacía porque el aroma del guiso empezaba a llenar el aire, y por primera vez, Samira Johnson no estaba esperando que alguien la salvara. Estaba alimentando el fuego que, por fin, empezaba a quemar dentro de ella.