Estaré subiendo capítulos diario y es una historia corta sin muchas complicaciones y personajes
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CAPÍTULO 22 EXTRA DE ARTHUR 2
La tormenta que había comenzado como un rumor en los picos del Norte finalmente se desató sobre la Academia Sterling, cubriendo los techos de cristal con una densa capa de escarcha blanca. Sin embargo, en el interior de la Gran Biblioteca, el ambiente era caluroso, impregnado del aroma a café cargado, leña de pino y el olor dulzón del papel antiguo. Arthur Sterling-Belmont se encontraba de pie junto a una de las mesas de roble del segundo piso, observando un mapa hidrográfico de los canales orientales. A su lado, esparcidas con un orden que solo él comprendía, se encontraban decenas de patentes comerciales y registros de aduana.
Habían pasado tres semanas desde la accidentada presentación de Lady Genevieve Vance-Dumont ante el consejo. Tres semanas en las que la joven extranjera no solo había revolucionado los métodos de enseñanza de la facultad de Leyes, sino que se había convertido en una presencia constante, y admitámoslo, perturbadora en la rutina perfecta de Arthur.
—Si sigue moviendo esa flota mercante por el canal de San Marcos, Lord Administrador, encallará sus ganancias antes de que termine el deshielo —una voz de contralto, clara y teñida de una sutil ironía, rompió el silencio de la galería.
Arthur no necesitó girarse para saber quién era. El sonido de sus pasos, firmes pero ligeros, ya le resultaba extrañamente familiar. Genevieve se acercó a la mesa, dejando caer una pila de carpetas de cuero sobre el espacio vacío. Hoy vestía un traje de dos piezas de lana gruesa en un tono gris marengo, con un cuello alto negro que hacía resaltar la palidez impecable de su piel y la cascada de sus rizos azabache, los cuales llevaba parcialmente recogidos con un pasador de plata. Sus ojos, de ese gris tormentoso y magnético, lo miraban con un destello de diversión.
—El canal de San Marcos tiene la profundidad suficiente para el calado de las barcazas Sterling, Lady Genevieve —respondió Arthur, manteniendo su tono imperturbable, aunque dejó caer la pluma sobre el mapa—. Los ingenieros de mi madre diseñaron esas naves específicamente para esa ruta.
—Los ingenieros de su madre diseñaron esas naves hace cinco años, Milord —replicó ella, dando un paso al frente y extendiendo un dedo delgado sobre el pergamino, señalando una sección del río—. Lo que sus mapas no muestran es que las corrientes del Este han acumulado sedimentos en el recodo del sur debido a las obras de la nueva represa textil. El calado ya no es el mismo. Si insiste en enviar el cargamento de hierro por ahí, retrasará la producción de la Fortaleza por dos semanas.
Arthur frunció el ceño imperceptiblemente. Se inclinó sobre el mapa, analizando la zona que el dedo de Genevieve indicaba. Sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia. Él pudo percibir un ligero aroma a violetas y tinta fresca que emanaba de ella; ella, por su parte, sostuvo la mirada esmeralda del joven noble sin pestañear, mostrando esa absoluta falta de timidez que volvía locos a los cortesanos tradicionales.
—¿Cómo sabe lo de los sedimentos? —preguntó Arthur, enderezándose lentamente—. Los informes de la represa no se publicarán hasta el próximo mes.
—Hablo con los lancheros en los muelles mientras tomo el té de la tarde —dijo ella, esbozando una sonrisa ladina que mostraba un hoyuelo en su mejilla izquierda—. Mientras los burócratas de su oficina esperan que los papeles viajen en carruaje, los hombres que realmente mueven el reino ya conocen el estado del río. La información más valiosa, Lord Arthur, rara vez viene sellada con lacre real.
Arthur la observó en silencio durante unos segundos. Había una audacia en Genevieve que bordeaba la insolencia, pero su lógica era tan devastadora y sus datos tan precisos que resultaba imposible desacreditarla. En lugar de sentirse molesto, Arthur sintió una descarga de adrenalina que rara vez experimentaba. En un mundo lleno de personas que solo le decían lo que quería escuchar por temor a su apellido, esta mujer lo obligaba a defender cada centímetro de sus decisiones.
—Es una táctica interesante, Lady Genevieve —dijo Arthur, cruzando los brazos—. Usar la tradición oral de los trabajadores para corregir la cartografía oficial. Muy propio de una mente... poco convencional.
—Tómelo como un cumplido, Milord —respondió ella, apoyándose ligeramente contra el borde de la mesa, un gesto de informalidad que desafiaba todo protocolo—. Después de todo, aprendí de los mejores. Mi padre dice que la teoría sin la práctica es solo un ejercicio de vanidad para los viejos del consejo. Y usted no me parece un viejo de vanidad, aunque a veces actúe como uno de ellos.
Una chispa de genuina diversión cruzó los ojos de Arthur. Se quitó los lentes de lectura y los guardó en el bolsillo de su chaleco azul oscuro.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo actúa un viejo de vanidad, según su vasta experiencia?
—Mira los números como si fueran dogmas religiosos, se encierra en una torre de marfil y asume que el mundo se detiene porque él tiene un título de duque en la pared —Genevieve lo miró fijamente, sus ojos grises brillando con una intensidad desafiante—. Usted tiene la mente más brillante de este reino, Arthur. Lo sé porque he leído sus reformas fiscales. Pero tiene miedo de salir de la estructura. Cree que si cambia una sola regla del juego que construyó su madre, todo el tablero se vendrá abajo.
La mención de Charlotte hizo que el ambiente se tensara sutilmente. Arthur dio un paso hacia ella, utilizando su altura para imponer presencia, pero Genevieve ni siquiera retrocedió; al contrario, levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con una firmeza de hierro.
—El tablero del que habla mantiene alimentadas a cien mil familias en el Norte, Lady Genevieve —dijo Arthur, su voz descendiendo a un susurro gélido pero cargado de una extraña intensidad—. Mi madre creó este sistema de la nada para salvar a los Belmont de la ruina. Mi deber no es jugar con él por diversión intelectual; mi deber es asegurar que sobreviva a las próximas tres generaciones. Si la estructura es rígida, es porque el mundo exterior es caótico.
—La rigidez no es estabilidad, Arthur; es fragilidad —replicó ella, usando su nombre de pila por primera vez, lo que provocó un eco eléctrico en el pecho del joven—. Lo que no se dobla con el viento, se rompe con la tormenta. Su madre entendía eso. Ella no creó una estructura rígida; creó un escenario dinámico que cambiaba con cada función. Usted está intentando congelar el escenario.
Arthur se quedó callado. Nadie, ni siquiera su hermano Liam, se había atrevido jamás a analizar su gestión con tanta crudeza y acierto. Lo que más le perturbaba no era que Genevieve estuviera equivocada, sino que sus palabras resonaban con un temor secreto que él mismo había albergado en las noches de insomnio. Ella lo veía. No al heredero, no al Lord Administrador, sino al hombre que cargaba con el peso del legado familiar en sus hombros.
Antes de que pudiera responder, el sonido de unas risas estrepitosas en la planta baja de la biblioteca rompió el hechizo. Ambos se giraron hacia el barandal de la galería superior.
Liam Sterling-Belmont entró al recinto, su imponente armadura militar de la Guardia del Norte resonando con cada paso. A su lado, caminaba la Duquesa Charlotte, quien lucía un elegante vestido de terciopelo burdeos. Ambos se detuvieron al ver a la pareja en la galería superior. Charlotte alzó una ceja, una sonrisa cómplice e increíblemente astuta dibujándose en sus labios al notar la cercanía entre su hijo mayor y la hija del profesor Dumont.
—¡Arthur! —exclamó Liam, su voz potente llenando el espacio—. Madre me dijo que te encontraría aquí metido entre papeles viejos, pero veo que tienes una compañía infinitamente superior a los libros contables.
Genevieve reaccionó de inmediato, recuperando su compostura aristocrática con una gracia natural. Hizo una reverencia perfecta hacia la Duquesa y el joven comandante.
—Duquesa Charlotte, Lord Liam. Buenas tardes —dijo con voz clara.
—Lady Genevieve —saludó Charlotte, subiendo las escaleras de caracol con la ligereza de una reina que domina su palacio—. Me alegra ver que está ayudando a mi hijo a despegar los ojos de los mapas del siglo pasado. A veces olvido que Arthur necesita recordar que el mundo real tiene colores.
—Al contrario, Duquesa —respondió Genevieve, con una chispa de travesura en los ojos—. Estábamos discutiendo sobre logística fluvial. Lord Arthur es un defensor implacable de la tradición del Norte.
—La tradición es solo falta de imaginación cuando se vuelve obsoleta —declaró Charlotte, lanzándole a su hijo una mirada cargada de significado—. Arthur, querido, el consejo de comercio de mañana se ha pospuesto. Los emisarios de las provincias del sur han tenido un retraso en el paso de la montaña por la nieve. Eso significa que tienes la tarde libre.
Arthur miró a su madre, detectando de inmediato la trampa oculta tras sus palabras. Charlotte Vance no daba un paso sin una intención coreografiada.
—¿La tarde libre, madre? —preguntó Arthur, desconfiado—. Hay tres auditorías pendientes en la oficina central.
—Las auditorías pueden esperar, hermano —intervino Liam, llegando al segundo piso y dándole una palmada en el hombro a Arthur que casi lo hace tambalear—. Además, Lady Genevieve no ha visto los nuevos establos de la guarnición ni los caballos de tiro que trajimos del Este. Deberías darle un recorrido por el complejo de la Academia. Como director, es tu deber diplomático.
Genevieve miró a Arthur, notando su ligera incomodidad, lo que pareció causarle una inmensa gracia.
—Si el Lord Administrador está demasiado ocupado con sus números, no quisiera ser una distracción innecesaria —dijo ella, con un tono de fingida sumisión que Arthur supo leer perfectamente como un nuevo desafío.
Arthur acomodó los puños de su camisa, clavando sus ojos esmeralda en los de ella. El juego de mentes que había comenzado en la sala de juntas no iba a terminar aquí. Si ella creía que él era un burócrata asustadizo atrapado en su torre de marfil, estaba muy equivocada.
—Para nada, Lady Genevieve —respondió Arthur, su voz recuperando esa seguridad aristocrática y seductora—. Un buen administrador siempre sabe cuándo delegar las tareas menores para atender los asuntos de verdadera importancia. El recorrido por la Academia será un placer. Vamos.
Charlotte observó a la pareja bajar las escaleras de caracol. Genevieve caminaba a paso firme, comentando algo sobre el diseño arquitectónico de los arcos del techo, mientras Arthur la escuchaba con una atención que jamás le había prestado a ninguna otra dama de la corte.
—Te lo dije, Liam —susurró Charlotte a su hijo menor, mientras veía alejarse a la pareja—. Esa joven es exactamente la tormenta que Arthur necesitaba para encender el fuego bajo su hielo.
—Es idéntica a ti cuando eras joven, madre —rió Liam, ajustándose el cinturón de su espada—. Pobre de mi hermano. No sabe en el lío en el que se ha metido.
Mientras tanto, en el patio cubierto de nieve, Arthur y Genevieve caminaban bajo los arcos de piedra de la Academia. El aire frío congelaba el aliento en pequeñas nubes blancas, pero la conversación entre ambos se mantenía encendida. Ya no hablaban de aranceles ni de sedimentos fluviales; hablaban de sus visiones del mundo, de los libros que habían marcado sus vidas y de las filosofías de gobierno que chocaban y se entrelazaban con una simetría asombrosa.
Por primera vez en sus veintidós años, Arthur Sterling-Belmont no sintió el peso de la corona Sterling como una carga solitaria sobre sus hombros. Al mirar de reojo los ojos grises de Genevieve, brillantes bajo la luz del invierno, comprendió que el juego de mentes apenas estaba comenzando, y que, por primera vez en su vida, estaba dispuesto a perder la cabeza para ganar el corazón de su rival.
que no tiene una obsesión por humillar más de lo debido.
y que el pelirrojo va hacer su piedra de tropiezo. 😂