"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 9
El despacho del Regente se había convertido oficialmente en lo que Elías llamaba "un zoológico de bajo presupuesto" y lo que Sofía consideraba "el inicio de su ejército privado".
Elías estaba sentado tras su escritorio, con la luz de la tarde resaltando su perfil aristocrático y severo. Frente a él, sobre el tapete de cuero verde, se encontraba el comité de bienvenida: Sofía, aún con restos de harina en los bigotes pero con la corona de plata recuperada, y el Capitán Pico Dorado, quien se estaba limpiando las plumas de las alas con una arrogancia que solo un ave parlanchina podía poseer.
—No —dijo Elías. Su voz era un muro de granito—. Rotundamente no.
—**"¡No es una respuesta, es una invitación al debate! ¡Elías tiene cara de pocos amigos! ¡Polly quiere un aumento!"** —chilló el Capitán, batiendo las alas y provocando que un par de plumas blancas cayeran directamente sobre los documentos oficiales del Duque.
Elías cerró los ojos y apretó el puente de su nariz. El tic nervioso en su ojo derecho era una señal de que la paciencia del hombre más poderoso de Ondaria estaba a punto de evaporarse.
—Pelusa —dijo Elías, mirando fijamente a la hámster—. Ya es bastante difícil ocultar que mi consultora política es un roedor que orina sobre duquesas. No voy a añadir a una cacatúa con verborrea y falta de respeto a la autoridad a mi séquito.
Sofía dio un paso al frente. Se puso sobre sus patas traseras y señaló con su pequeña garra al pájaro, luego a Elías, y finalmente hizo un gesto de "victoria".
—*¡Squeak! ¡Squeak-squeak!* (¡Escúchame, rubio! Él es mis ojos en el cielo. Sabe dónde Isabella esconde el veneno y qué ministros usan peluca. ¡Es un activo estratégico!)
—**"¡Activo estratégico! ¡El Duque usa calzoncillos de seda con bordados de gatitos!"** —gritó el pájaro, haciendo una pirueta.
Elías se puso de pie de golpe, su silla chirriando contra el suelo de mármol.
—¡Eso fue un regalo de mi tía abuela y es información confidencial!
Tras un largo y tenso silencio, en el que Elías parecía estar decidiendo si llamar al guardia o al psiquiatra real, el Duque suspiró con una derrota que resonó en toda la habitación.
—Está bien —cedió Elías, aunque sus ojos brillaron con una advertencia letal—. El pájaro se queda. Pero escúchenme bien, ambos. Esta es la última adopción. No quiero ver mañana un mapache, un tejón o un dragón de Komodo en este despacho. Y si rompen una sola de mis reglas —se inclinó hacia ellos, su mirada volviéndose gélida—, el horno de la cocina que evitaste hoy, Pelusa, será su nuevo hogar permanente. No habrá segundas oportunidades.
Sofía sintió un escalofrío. Sabía que Elías hablaba en serio; su crueldad no era un disfraz, era una cicatriz. Esperaba que, tras aceptar al Capitán, él la levantara para sellar el pacto con una caricia de alivio. Elías extendió su mano, acercándola a la cabecita de Sofía. Ella cerró los ojos, el corazón latiéndole a mil... pero el Duque solo usó el dedo para mover una semilla de girasol que estaba cerca de ella.
—Limpia tu desorden —dijo él, volviendo a su asiento sin tocarla.
Sofía pateó la semilla indignada. *“¡Hombre de hielo! ¡Te daré un mordisco que te devolverá a la realidad!”*.
La comedia se desvaneció cuando el Gran Chambelán entró al despacho sin llamar, con el rostro pálido y un pergamino sellado con el escudo de armas real.
—Excelencia —dijo el anciano—, el Consejo de Nobles se ha reunido. La sucesión del trono no puede esperar más. Sin un heredero directo del difunto Rey, los buitres están empezando a volar bajo.
Elías se tensó. El Capitán Pico Dorado, captando la seriedad del momento, voló hasta lo alto de una estantería y guardó silencio, mientras Sofía se acurrucaba cerca de la mano de Elías, sintiendo la vibración de su ansiedad.
—Isabella está moviendo sus hilos —continuó el Chambelán—. Ella afirma que, según un testamento antiguo y dudoso, su linaje tiene prioridad sobre el suyo. Si ella asciende al trono, Ondaria se convertirá en un estado de terror. Pero si usted asume la corona...
—Yo no quiero el trono —interrumpió Elías con una amargura que sorprendió a Sofía—. Solo quería limpiar el nombre de mi familia y retirarme a las tierras del norte. Ser Rey es ser un blanco perfecto.
Sofía, desde su perspectiva de roedor, observaba el mapa del reino sobre la mesa. Recordaba la política de su primera vida; recordaba cómo Isabella siempre había codiciado el poder absoluto. En su vida como Sofía von Bloodrose, ella misma habría matado a todos los pretendientes para quedarse con el trono. Pero ahora... miró la mano de Elías.
"Si Isabella se convierte en Reina, lo primero que hará será hacerle daño a él", pensó Sofía.
—*¡Squeak!* (¡No seas cobarde, rubio! ¡Toma la corona o ella nos usará de alfombra!)
—**"¡Corona para el Duque! ¡Isabella es una bruja con verrugas en el alma!"** —aportó el Capitán desde las alturas.
Elías miró a sus dos extraños compañeros.
—El Consejo exige que el próximo monarca esté casado o comprometido para asegurar la estabilidad. Y yo no tengo intención de casarme con Isabella, ni con ninguna de las víboras que hoy me sonreían en la cena.
En ese momento, Isabella entró al despacho con la elegancia de un naufragio inminente.
—¿Hablaban de mí, queridos? —sonrió, mirando a Sofía con un asco renovado—. Elías, el Consejo ya ha decidido. Mañana se anunciará el compromiso oficial. O te casas conmigo y unificamos los reclamos, o el reino se dividirá en una guerra civil que no puedes ganar. Tienes veinticuatro horas para decidir si prefieres mi mano... o el exilio.
Echó una mirada letal a Sofía.
—Y por cierto, esa rata y ese pajarraco serán lo primero que usemos para alimentar a los halcones de caza tras la boda.
Isabella salió del despacho, dejando un rastro de perfume a jazmín y una amenaza que pesaba más que el oro.
En el Reino Celestial, el tablero de apuestas estaba echando humo.
—¡Ja! ¡Se acabó la comedia! —gritó el Dios de la Guerra—. ¡Guerra civil! ¡Sangre! ¡Isabella va a ganar!
—¡Ni hablar! —replicó la Diosa del Romance—. ¡Sofía va a hacer algo! ¡Mírenla, está pensando! ¡Esos cachetes se están moviendo a la velocidad de la luz!
—Yo apuesto a que el hámster se transforma en humana en medio de la boda y le arranca el velo a mordiscos —dijo el Dios del Caos, frotándose las manos con deleite—. ¡Esa sería la mejor jugada de la historia!
Elías se desplomó en su silla, cubriéndose la cara con las manos. Sofía, viendo su desesperación, hizo algo que nunca pensó hacer. Se acercó a su mejilla y, en lugar de morderlo, le dio un suave "beso" de hámster con su nariz húmeda.
Elías se quedó inmóvil. Lentamente, bajó las manos y la miró. Sus dedos se acercaron a ella, y esta vez, cuando Sofía esperaba que se alejara, él la tomó con ambas manos y la acercó a su frente.
—Eres lo único real en este palacio lleno de mentiras, Pelusa —susurró él.
Fue una caricia larga, sincera, llena de una vulnerabilidad que rompió todas las reglas. Sofía se sintió, por un momento, la criatura más importante del universo.
—*Squeak...* (Entonces confía en mí, rubio. Vamos a hundir a esa traidora).
La marca brilló: *8/100 obras de bondad.* (Consolar a un futuro Rey en crisis era una obra de alto nivel).
Sofía miró al Capitán Pico Dorado. El pájaro asintió.
—**"¡Misión Imposible! ¡A por la bruja! ¡Polly tiene un plan y no es legal!"**
Esa noche, mientras el Duque intentaba dormir, un hámster y una cacatúa se deslizaban por los túneles secretos del palacio. La sucesión del trono estaba en juego, y Sofía von Bloodrose no iba a permitir que una aprendiz de segunda categoría le quitara el trono a su "dueño".
**Continuará...**