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Entre Marea Y Silencio

Entre Marea Y Silencio

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencuentro / Completas
Popularitas:925
Nilai: 5
nombre de autor: Orozco

ella es bióloga marina volviendo a su pueblo costero para salvar el arrecife. el es el hijo del empresario que quiere construir el resort que lo destruiría. se odiaban en el colegio.diez años después la química no se fue

NovelToon tiene autorización de Orozco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

noche de marea baja

Capítu

Las 11:47 PM era la hora perfecta para romper la ley.

Marea baja, guardia dormido, luna nueva. Marina se deslizó por el muelle 3 con el traje de neopreno goteando y la linterna apagada. Si la pillaban, perdía la licencia, la demanda y probablemente el respeto de su madre por los próximos 20 años.

"Si me ahogo, dile a mi mamá que fue culpa de Mateo", murmuró para sí misma.

Como si él la hubiera escuchado, una sombra se movió detrás del contenedor azul.

"Si te ahogas, yo voy a prisión por complicidad", dijo Mateo, saliendo con un tanque de buceo al hombro. "Así que no te ahogues".

Marina casi se cae al agua del susto.

"¿Qué haces aquí?"

"Lo mismo que tú". Se ajustó la máscara. "Buscar a la tortuga carey. Y asegurarme de que no te maten los erizos".

Ella lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

"¿Desde cuándo buceas?"

"Desde que me enteré que ibas a bajar sola de noche". Se acercó y le revisó la válvula del tanque con manos que sabían lo que hacían. "Tu papá me enseñó cuando tenía 14. Antes de que odiáramos todo".

El comentario le dolió más de lo que debería.

"No te necesito, Vargas".

"Lo sé". Le dio una palmada en el tanque. "Pero te quiero con vida para que me grites mañana. Vamos".

Se tiraron al agua sin hacer ruido.

El mar de noche era otro mundo. Sin el sol, sin los turistas, sin el ruido de las dragas. Solo el sonido de sus respiraciones y el haz de las linternas cortando la oscuridad azul.

Marina se movió rápido. Conocía esta zona como la palma de su mano. Pasó por la colonia de coral cerebro que estaba a 60% de blanqueamiento, por el banco de erizos que había crecido porque los peces depredadores ya no estaban. Tomó notas mentales, fotos, muestras pequeñas. Todo para el informe.

A los 20 minutos, la encontró.

Una tortuga carey hembra, grande, con el caparazón marcado por años de viaje. Estaba intentando anidar en un parche de arena entre dos rocas. La zona exacta donde las máquinas iban a rellenar el lunes.

Marina sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Grabó todo. Video, fotos con escala, coordenadas. Prueba irrefutable.

Cuando salió a superficie, tenía las manos temblando.

Mateo estaba ahí, a dos metros, mirándola sin decir nada. Su linterna iluminaba su cara. Tenía los ojos brillando, no por el agua.

"La tenemos", susurró ella.

"La tenemos", repitió él.

Subieron en silencio. El peso de lo que acababan de hacer se sentía en el pecho. Si presentaban esto, el proyecto se detenía. Ricardo la demandaría. Mateo perdería su puesto.

Se quitaron los trajes en el muelle, tirando el agua y el silencio entre ellos.

"Gracias", dijo Marina, sentándose en el borde. El frío de la noche le hacía temblar.

"Por qué?"

"Por venir. Por no dejarme sola".

Mateo se sentó a su lado, dejando 30 centímetros entre ellos. 30 centímetros que parecían kilómetros y nada al mismo tiempo.

"¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos aquí de noche?"

Marina cerró los ojos. Claro que se acordaba.

Tenían 17. Había sido una semana antes de la fiesta de graduación. Él le había enseñado a identificar las constelaciones. Ella le había contado que quería irse a España a estudiar el mar. Él le había dicho que era una locura. Luego la besó.

"Me dijiste que si me iba, no volvías a hablarme", susurró ella.

"Y me arrepentí a los 5 minutos". Él se rió bajo. "Soy un idiota consistente".

El silencio volvió, pero esta vez no era incómodo. Era cargado. Como antes de una tormenta.

"¿Por qué me odiaste tanto después?", preguntó él de repente.

"No te odié", respondió ella. "Me dolió. Que me usaras para el rumor. Que no me creyeras cuando te dije que no había copiado".

Mateo bajó la cabeza.

"Lo sé. Lo siento, Marina. De verdad lo siento".

Ella lo miró. De cerca, las líneas de cansancio alrededor de sus ojos eran más marcadas. No era el chico arrogante de la secundaria. Era un hombre cargando el peso de su apellido y de sus errores.

"El perdón no arregla el arrecife", dijo ella.

"No", admitió él. "Pero arregla esto". Señaló entre los dos.

Marina no respondió. No podía. Porque si abría la boca, iba a decir algo estúpido como _yo también lo siento_. O peor, iba a tocarle la mano.

Se levantó de golpe.

"Tengo que procesar las fotos. Antes de que amanezca".

Mateo también se puso de pie.

"Te llevo. No manejes así. Estás temblando".

"No es por el frío".

"Lo sé".

El trayecto al laboratorio fue en silencio. Pero era un silencio diferente. No el silencio de la pelea. El silencio de dos personas que se acordaban de por qué se habían gustado antes de arruinarlo todo.

Cuando llegaron, Marina se bajó sin decir nada. En la puerta se detuvo.

"Mateo".

"Dime".

"Si mi papá se entera de que me ayudaste, tu papá te corre".

"Ya lo sé".

"Entonces, ¿por qué lo hiciste?"

Él la miró un segundo demasiado largo.

"Porque preferiría estar desempleado contigo teniendo razón, que rico estando equivocado contigo".

Se fue antes de que ella pudiera responder.

Marina cerró la puerta del laboratorio y se apoyó en ella, con el corazón desbocado.

Tenía las pruebas. Tenía 48 horas para presentarlas.

Y tenía un problema mucho más grande: Mateo Vargas acababa de volver a meterse bajo su piel. Y esta vez, no sabía si quería sacarlo

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