Oriana despierta en el cuerpo de la mujer que, en una historia que conoce demasiado bien, destruyó la vida de un poderoso duque. Ahora, atrapada en una nobleza en ruinas y con un padre al borde del colapso, decide no seguir el camino que ya estaba escrito para ella.
Sin buscar redención ni protagonismo, empieza de nuevo desde lo más simple: trabajar, crear, sobrevivir y pagar las deudas de una vida que ya no siente suya. Pero el destino no se queda quieto. El mismo duque al que una vez hirió comienza a mirarla con sospecha, luego con interés, como si algo en ella no encajara con el pasado que recuerda.
Sin embargo, cuanto más intenta escapar del rol que le fue asignado, más se acerca a un futuro que nadie en esa historia original llegó a ver venir.
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Capitulo 11
Los días dentro del ducado Hall comenzaron a sentirse diferentes sin que ninguno de ellos lo notara realmente al principio.
El silencio seguía existiendo, claro, pero ya no era incómodo.
Ahora había conversaciones pequeñas durante el desayuno, discusiones absurdas entre Lara y los cocineros sobre la cantidad correcta de azúcar en ciertos postres y el sonido del carruaje de Priscilla regresando cada noche después de trabajar en la capital.
Incluso Dorian comenzó a verse mejor.
Todavía estaba débil, pero ya podía caminar distancias más largas sin agotarse y el color en su rostro había mejorado bastante desde el inicio del tratamiento.
Lara prácticamente lloró el día que lo vio bajar las escaleras sin ayuda.
—¡Mi lord, ya no parece un fantasma!
Dorian levantó una ceja.
—Qué manera de felicitarme.
—Es que antes daba miedo verlo.
—Gracias, Lara. Tus palabras siempre tocan mi corazón.
Priscilla soltó una risa mientras acomodaba varias cajas de ingredientes sobre la mesa del comedor.
Y verla reír así se había vuelto extrañamente normal dentro del castillo.
Algo que ninguno esperaba semanas atrás.
Ese mismo día, casi al anochecer Rebeca volvió al ducado junto a su hermano menor.
El niño apenas podía mantenerse de pie al entrar.
Su mana estaba completamente inestable otra vez.
Rebeca intentaba mantenerse tranquila, pero el miedo seguía notándose en su voz.
—Perdón por venir otra vez tan pronto.
Ender negó ligeramente la cabeza.
—Si empeoró, hicieron bien en traerlo.
El pequeño apenas logró sentarse antes de comenzar a toser.
Priscilla, que acababa de regresar de la tienda unos minutos antes, observó la escena desde la entrada del salón.
Y nuevamente sintió esa incomodidad rara de estar viendo momentos que pertenecían a la historia original.
Solo que ahora todo era distinto.
Ender se acercó al niño sin perder la calma.
—¿Cómo te llamas?.
—E-Elliot…
—Bien, Elliot. Necesito que respires despacio.
El niño asintió nervioso.
Rebeca apretaba las manos con fuerza mientras observaba todo.
Priscilla notó eso enseguida y se acercó silenciosamente para dejarle una taza de té caliente.
—Gracias… —murmuró Rebeca sorprendida.
—No ayuda mucho, pero al menos evita que se desmaye del estrés.
Eso logró sacarle una pequeña risa cansada.
Mientras tanto, Ender apoyó una mano sobre el pecho del niño y el mana dentro de la habitación cambió inmediatamente.
La magia de Ender era impresionante incluso para personas que no entendían demasiado sobre ella.
No se veía agresiva ni descontrolada.
Todo lo contrario.
El ambiente se volvía pesado y tranquilo al mismo tiempo, como si el mismo aire obedeciera su presencia.
Priscilla observó cómo la respiración del niño comenzaba a estabilizarse poco a poco.
Luego la fiebre desapareció.
Y finalmente el dolor también.
Elliot abrió los ojos sorprendido.
—Ya… ya no duele.
Rebeca se quedó completamente quieta unos segundos antes de acercarse rápido a su hermano.
—¿Elliot?.
El niño la abrazó inmediatamente.
—Estoy bien.
La voz de Rebeca se quebró apenas.
—Gracias… de verdad…
Ender retiró la mano con calma.
—Necesitará descansar hoy, pero la recaída ya desapareció.
Priscilla observó el rostro de Rebeca en silencio.
Era genuino alivio.
Tan sincero que incluso ella terminó sintiéndose un poco más tranquila.
Más tarde, mientras Elliot descansaba en una de las habitaciones del castillo, Rebeca terminó quedándose a tomar té junto a Priscilla y Lara.
Y honestamente, la conversación fue mucho más cómoda de lo que Priscilla esperaba.
—Entonces… ¿usted realmente trabaja todos los días en la pastelería? —preguntó Rebeca sorprendida.
Priscilla asintió mientras bebía un poco de té.
—Sí.
—Pensé que los rumores exageraban.
Lara soltó una risa.
—No, de hecho trabajan menos de lo que ella realmente hace.
—Lara.
—Estoy diciendo la verdad.
Rebeca observó las pequeñas heridas todavía visibles en las manos de Priscilla.
—Debe ser agotador.
—A veces.
—Entonces, ¿por qué seguir haciéndolo?
Priscilla pensó un momento antes de responder.
—Porque me gusta y así ayudó a mi padre con sus deudas.
La respuesta salió simple.
Natural.
Y eso hizo que Rebeca la mirara varios segundos más.
Claramente esperaba una personalidad completamente distinta después de todo lo que escuchó sobre ella en la capital.
Finalmente terminó sonriendo un poco.
—Ahora entiendo por qué el ambiente de la tienda es tan diferente.
Priscilla parpadeó.
—¿Ha ido?.
—Dos veces.
Lara abrió los ojos.
—¿Dos veces?, ¿y recién ahora lo dice?
—Quería probar primero antes de admitirlo.
—¿Y?.
Rebeca sonrió divertida.
—Las tartas de fresa son demasiado buenas.
Priscilla terminó riéndose bajito. Quizás el cansancio del trabajo hizo que no se percatara de la presencia de Rebeca.
Priscilla se disculpa para irse del salón un momento. Ella pasó por el pasillo de la oficina del duque. Lo miró trabajar tranquilo, así que no quiso interrumpirlo.
Siguió derecho a ver a su padre.
Y desde su escritorio, Ender escuchó los pasos de ella.
Últimamente le pasaba demasiado.
Sin darse cuenta, había comenzado a identificar perfectamente los pasos de Priscilla entre cualquier ruido del castillo.
Sabía cuándo regresaba.
Sabía cuándo estaba cansada.
Aquello comenzaba a ser problemático.
Porque también había empezado a buscar excusas innecesarias para hablar con ella.
Cosas que normalmente jamás le interesarían.
Y aun así seguía haciéndolo.
Esa noche, cuando Rebeca y Elliot finalmente se marcharon del ducado, Priscilla salió hacia la cocina buscando algo de comer antes de dormir.
Todavía llevaba el uniforme de la tienda y parecía agotada.
Encontró a Ender sirviéndose té en completo silencio.
—Pensé que los duques no hacían eso solos —comentó ella mientras entraba.
—Pensé que las nobles no olían a pan recién horneado a estas horas.
Priscilla sonrió apenas.
—Touché.
Ender giró ligeramente el rostro hacia ella.
—¿Cenaste?.
Ella se quedó callada un segundo.
—Voy a hacerlo ahora.
—Eso significa no.
—Eso significa “todavía no”.
Él suspiró apenas.
—Lara tenía razón.
Priscilla frunció el ceño.
—¿Qué dijo ahora?.
—Que necesitas supervisión.
—Ella disfruta ser mi mamá. Aunque claramente soy mayor que ella.
Y otra vez ese ambiente tranquilo apareció entre ambos.
Priscilla comenzó a darse cuenta de algo lentamente durante esos días.
El oscuro ducado Hall ya no se sentía como un lugar ajeno.
Ya no caminaba nerviosa por los pasillos.
Ya no pensaba constantemente en irse.
Incluso esperaba ciertas conversaciones al final del día.
Y eso era peligroso.
Porque se había prometido no involucrarse en aquella historia.
Mucho menos con Ender Hall.
El problema era que su corazón parecía no estar escuchando demasiado esa decisión últimamente.