En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 8. El Nombre Que No Debía Existir
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El silencio se rompió antes que Seraphine pudiera pensar.
Alaric reaccionó primero.
Siempre primero.
Su mano descendió inmediatamente hacia la espada corta en su cintura mientras sus ojos se clavaban en la oscuridad donde ella permanecía oculta.
Cassian dio un paso adelante.
—¿Quién está ahí?
Seraphine entendió dos cosas al mismo tiempo.
Primero: si salía demasiado rápido parecería culpable.
Segundo: si seguía escondida, Alaric terminaría arrastrándola fuera él mismo.
Mierda.
Respiró una vez. Lento.
Y salió de entre las sombras.
La luz irregular de las antorchas iluminó parcialmente su rostro mientras avanzaba despacio hacia la sala principal subterránea.
Cassian palideció apenas.
Alaric sonrió.
Por supuesto que sonrió.
—Qué decepción —dijo suavemente—. Esperaba un asesino, no a nuestra hermana menor espiándonos.
Seraphine ignoró el comentario.
Sus ojos se dirigieron inmediatamente hacia la figura encapuchada.
La mujer permanecía inmóvil junto al árbol genealógico.
Observándola.
Incluso sin verle el rostro, Seraphine sintió algo extraño en el pecho.
Reconocimiento.
Como si la desconocida estuviera viendo algo más profundo que su apariencia.
Eso la incomodó de inmediato.
Cassian habló antes que nadie.
—¿Qué haces aquí abajo?
Su tono no era agresivo.
Peor.
Era preocupación mezclada con sospecha.
Seraphine sostuvo su mirada.
—Podría hacerte exactamente la misma pregunta.
Alaric soltó una risa baja.
—Perfecto. Ahora todos nos espiamos mutuamente. Qué familia tan sana.
Nadie respondió.
La tensión dentro de la sala seguía aumentando lentamente.
La mujer encapuchada observó a los tres en silencio unos segundos antes de hablar.
—Así que esta es la nueva generación Valemont.
—Hablas demasiado para alguien rodeado —dijo Alaric.
Ella giró apenas la cabeza hacia él.
—Y tú sonríes demasiado para alguien tan cerca del desastre.
La sonrisa de Alaric se amplió apenas.
No ofendido.
Interesado.
Cassian volvió a intervenir.
—¿Quién eres?
—Ya te lo dije. Alguien que observa.
—Eso no basta.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces llámame Corvus.
Nombre falso.
Obvio.
Pero pronunciado con demasiada naturalidad como para discutirlo.
Seraphine permaneció callada mientras analizaba cada detalle: altura, postura, voz, movimientos.
Nada coincidía con alguien improvisando.
Aquella mujer estaba cómoda allí abajo.
Demasiado cómoda.
Como si conociera el lugar mejor que ellos.
—¿Cómo entraste al castillo? —preguntó Cassian.
—La misma forma en que sus ancestros construyeron esta sala.
Eso no respondió nada.
Alaric comenzó a rodearla lentamente.
Como un depredador curioso.
—Mencionaste a Seraphine por un nombre que no conozco —dijo.
El cuerpo de Seraphine se tensó apenas.
La mujer no respondió enseguida.
Y ese pequeño silencio fue peligroso.
—Morvane —repitió Alaric—. ¿Qué significa?
Cassian también la observaba ahora.
Esperando.
Analizando.
Seraphine sintió algo frío formarse lentamente en el estómago.
Tenía que controlar esto.
Rápido.
Antes de que la conversación escapara demasiado lejos.
—Probablemente solo intenta provocar reacción —dijo ella con calma.
Alaric la miró inmediatamente.
Ella sostuvo su expresión tranquila.
—Acaba de aparecer en una biblioteca secreta llena de símbolos extraños y documentos viejos. Claramente sabe cómo jugar con información incompleta.
La figura encapuchada soltó una risa suave.
—Inteligente.
Seraphine ignoró el comentario.
—Si quisiera decir algo real, ya lo habría hecho.
Cassian frunció ligeramente el ceño.
Estaba pensando.
Comparando.
Seraphine lo notó enseguida.
Y eso era peligroso.
Porque Cassian sabía cosas.
Quizá no todo. Pero suficiente.
Alaric, en cambio, parecía divertirse demasiado.
—Entonces explícanos algo útil, Corvus.
La mujer recorrió lentamente la sala con la mirada.
—Esta biblioteca pertenecía a una red antigua.
—Eso ya lo entendimos —dijo Cassian con frialdad.
—No. Apenas empezaron a entenderlo.
La antorcha crepitó violentamente por un instante.
La luz hizo bailar sombras largas sobre las paredes llenas de símbolos.
—Durante generaciones —continuó Corvus— algunas familias nobles protegieron conocimiento prohibido mientras fingían obediencia frente al reino.
Alaric sonrió apenas.
—Hipocresía aristocrática. Nada nuevo.
—No protegían solo libros.
Silencio.
La mujer avanzó lentamente hacia una de las mesas antiguas.
—Protegían personas.
El pecho de Seraphine se tensó.
Cassian permaneció inmóvil.
Pero Alaric inclinó ligeramente la cabeza.
Interesado.
—¿Brujas? —preguntó directamente.
Corvus no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Cassian habló inmediatamente.
—Baja la voz.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que las piedras escuchen?
—Me preocupa que seas idiota.
La tensión entre ambos volvió a endurecer el ambiente.
Seraphine observó cuidadosamente a la mujer.
Seguía demasiado tranquila.
Como si controlar la conversación fuera fácil.
Como si ya hubiera previsto cada reacción.
Eso la hacía peligrosa.
Muy peligrosa.
—El reino cree que las purgas terminaron hace décadas —continuó Corvus—. Pero las cosas realmente útiles nunca desaparecen por completo.
“Útiles.”
Otra vez esa palabra.
Seraphine sintió rechazo inmediato.
Todos terminaban hablando igual: su padre, la nobleza, los hombres de poder.
Todo se reducía a utilidad.
Personas convertidas en herramientas.
—¿Y qué quieres de nosotros? —preguntó ella finalmente.
Corvus volvió el rostro hacia ella lentamente.
—De ustedes nada.
Pequeña pausa.
—De ti, quizá mucho.
Mierda.
Alaric notó inmediatamente el cambio sutil en el ambiente.
Seraphine lo vio en sus ojos.
Curiosidad real.
Eso era exactamente lo que no necesitaba.
—Qué específico —comentó él.
Cassian también la observaba ahora.
No con sospecha absoluta todavía.
Pero cerca.
Demasiado cerca.
Seraphine obligó a su voz a mantenerse estable.
—Hablas como si me conocieras.
—Conozco tu apellido.
—Valemont.
Corvus guardó silencio.
Y eso empeoró todo.
Porque incluso Cassian reaccionó.
Muy poco. Pero suficiente.
Seraphine lo percibió inmediatamente.
Había conectado algo.
No completamente.
Pero algo.
La rabia apareció dentro de ella rápida y silenciosa.
Otra vez secretos. Otra vez hombres decidiendo qué debía saber sobre su propia vida.
Alaric rompió el silencio.
—Creo que deberíamos empezar a hacer mejores preguntas.
Cassian lo miró.
—No aquí.
—Precisamente aquí.
Alaric caminó lentamente hacia el árbol genealógico pintado en la pared.
—Tenemos una biblioteca escondida, nombres ocultos y una mujer misteriosa hablando en acertijos. Este parece el lugar perfecto.
Seraphine lo observó cuidadosamente.
Disfrutaba demasiado el caos.
Eso la inquietaba.
Porque hombres como Alaric no temían destruir cosas si obtenían respuestas interesantes.
—Morvane aparece conectado directamente con nuestra línea familiar —continuó él—. Y ahora esta mujer llama así a Seraphine.
Giró lentamente hacia ella.
—¿Hay algo que quieras contarnos?
El corazón de Seraphine golpeó fuerte una vez.
Solo una.
Pero sintió el impacto hasta la garganta.
No podía parecer defensiva.
Eso sería peor.
—No sabía que mi existencia requería confesiones familiares.
Alaric sonrió apenas.
—Ahora sí.
Cassian intervino antes que la conversación empeorara.
—Basta.
Su voz salió más dura de lo habitual.
Autoritaria.
Por un instante incluso Alaric dejó de sonreír.
Cassian avanzó hacia el centro de la sala.
—Nadie hablará de esto fuera de aquí. ¿Entendido?
—Qué orden tan adorablemente ingenua —murmuró Alaric.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
La tensión entre ambos era casi física ahora.
Seraphine comenzó a entender algo importante: Cassian no intentaba proteger solo el secreto del castillo.
Intentaba protegerla específicamente.
¿Por qué?
La idea le resultó incómoda.
No confiaba en protección nacida de secretos.
Corvus observó toda la escena en silencio.
Como alguien viendo una obra ya conocida.
—Siguen exactamente igual que antes —dijo finalmente.
Cassian giró hacia ella.
—¿Antes?
La mujer levantó una mano hacia el árbol genealógico.
—Los Valemont siempre sobrevivieron destruyéndose entre sí.
Silencio.
Esa frase golpeó demasiado cerca de la verdad.
Alaric soltó una risa baja.
—Por fin alguien interesante.
Corvus lo ignoró completamente.
Sus ojos permanecían sobre Seraphine.
Otra vez esa sensación incómoda.
Como si estuviera evaluándola.
Midiéndola.
—El problema —continuó la mujer— es que esta vez no solo ustedes están en peligro.
La temperatura pareció descender apenas.
Las antorchas temblaron.
Seraphine sintió el mismo escalofrío extraño que antes.
Magia.
O algo parecido.
Cassian también lo notó.
Retrocedió apenas un paso.
—¿Qué significa eso?
Corvus caminó lentamente hacia una de las estanterías destruidas.
Tomó un libro viejo cubierto de polvo.
—Durante años alguien ha buscado esto.
—¿Qué cosa? —preguntó Alaric.
Ella levantó apenas el libro.
—Los registros completos de las familias protegidas.
El silencio cayó pesado.
Seraphine sintió el corazón acelerarse otra vez.
Familias protegidas.
No individuos aislados.
Líneas enteras.
—¿Quién los busca? —preguntó Cassian.
La mujer sonrió ligeramente bajo la capucha.
—Personas que entienden cuánto poder puede comprarse con miedo.
Eso sonaba demasiado cercano al duque.
Y aparentemente Cassian pensó lo mismo.
Porque su expresión se endureció inmediatamente.
Alaric, en cambio, parecía fascinado.
—Entonces todo esto es una guerra por información.
—Todas las guerras reales lo son.
Seraphine observó lentamente la sala: los documentos, los símbolos, las paredes antiguas.
Todo aquello había permanecido oculto bajo el castillo durante generaciones.
Y ahora alguien estaba rompiendo el silencio.
¿Por qué ahora?
¿Por qué ella?
—El cadáver del guardia —dijo de pronto—. Dijiste que no lo mataste.
Corvus giró lentamente hacia ella.
—No.
—Entonces alguien más está dentro del castillo.
—Sí.
El aire pareció volverse más frío.
Cassian habló inmediatamente.
—¿Quién?
La mujer guardó silencio unos segundos.
Luego respondió:
—Alguien que cree que los Valemont ya no merecen conservar sus secretos.
Y antes de que cualquiera pudiera reaccionar…
Un ruido brutal resonó arriba.
Metal.
Gritos.
Muchos.
Los cuatro levantaron la vista al mismo tiempo.
Después llegó el sonido más peligroso de todos:
La alarma del castillo.
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