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La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

Status: Terminada
Genre:Mitos y leyendas / Maldición / Brujas / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: karolina oquendo

COMPLETA

Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.

NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 – Lo que no cambia

La casa de los Collen nunca fue silenciosa desde que llegaron al pueblo. El llanto del bebé se había vuelto parte del ambiente, algo constante que llenaba los espacios incluso cuando no estaban pensando en ello. Al principio lo tomaron como algo normal, un cambio de ambiente, una casa nueva, un lugar desconocido, pero con los días empezó a sentirse diferente, más insistente, más… desesperado. No era solo un bebé llorando, era como si algo le molestara todo el tiempo, como si no pudiera descansar realmente.

Las noches eran las peores. Siempre a la misma hora, siempre con la misma intensidad. La madre se levantaba una y otra vez, intentando calmarlo, cargándolo, susurrándole, pero siempre había algo que no encajaba. El niño no solo lloraba, miraba. Siempre miraba hacia el mismo lugar, una esquina de la habitación donde no había nada. Y aun así, parecía estar reaccionando a algo.

—Ya, ya… tranquilo… —repetía ella, aunque en el fondo empezaba a sentirse inquieta.

El niño no apartaba la mirada. Ni siquiera cuando lo cargaba. Sus pequeños dedos se aferraban a su ropa, pero sus ojos seguían fijos, como si algo permaneciera ahí incluso cuando ella no podía verlo. En más de una ocasión intentó girarlo, distraerlo, hacer que mirara otra cosa, pero siempre terminaba regresando al mismo punto.

El padre comenzó a perder la paciencia con el paso de los días. El cansancio lo volvía más seco, más directo.

—No puede ser que no duerma nada —dijo una noche, con la voz tensa—. Esto no es normal.

—Es un bebé… —respondió la madre, pero ya no estaba convencida.

La hermana mayor, de seis años, observaba más de lo que hablaba. No hacía preguntas, no lloraba, no se quejaba, pero su forma de mirar al bebé había cambiado. Era más seria, más… consciente.

—Mamá… —dijo una tarde, en voz baja.

—¿Qué pasa?

La niña dudó un momento antes de responder.

—Él no llora por llorar.

La madre la miró, confundida.

—¿Entonces por qué?

La niña bajó la mirada.

—Porque no le gusta jugar.

El silencio que siguió fue incómodo.

—¿Jugar con qué?

La niña no respondió de inmediato.

—Con el que viene.

La madre sintió un leve escalofrío, pero lo ignoró.

—No digas cosas raras.

Pero la niña no parecía estar inventando.

Esa noche, el padre decidió quedarse despierto. No por preocupación exactamente, sino por cansancio, por frustración, por la necesidad de ver con sus propios ojos qué estaba pasando. Se sentó en la sala, con la luz apagada, esperando.

El llanto comenzó como siempre.

Subió las escaleras rápidamente y abrió la puerta del cuarto.

El bebé estaba de pie en la cuna.

Pero no lloraba.

Estaba quieto.

Mirando.

Hacia la esquina.

El padre frunció el ceño.

—¿Qué…?

Dio un paso adelante.

Y en ese momento, el niño comenzó a llorar con fuerza, como si hubiera estado esperando ese momento exacto. Lo cargó, lo calmó, lo revisó. No había nada. Todo parecía normal. Demasiado normal.

Pero esa noche, cuando el niño finalmente se durmió, no descansó.

Soñó.

Y en ese sueño no estaba solo.

Había algo frente a él. No era una forma clara, no completamente, pero lo suficiente para que su mente no pudiera ignorarlo. Algo alto, inclinado, con una presencia que no se sentía como una persona. No había detalles precisos, pero sí una sensación. Una sonrisa que no se veía del todo, pero se sentía.

La figura se acercó.

Y entonces lo empujó.

La caída fue real en su cuerpo. La sensación de vacío, el golpe, la ausencia de aire. Todo sucedió sin que pudiera entenderlo, sin que pudiera detenerlo.

Y luego volvió.

El mismo lugar.

La misma figura.

Más cerca.

—¿Te gusta el juego…?

No era una voz clara. Era algo que se metía en su mente, algo que no necesitaba ser entendido con palabras.

El niño lloró.

Intentó moverse.

No pudo.

—No te preocupes…

La presencia se inclinó más.

—Tus padres no se darán cuenta…

El silencio pesó.

—Es solo un sueño.

Pero no se sentía así.

Porque seguía ahí.

Porque no desaparecía.

—Pronto podrás jugar de verdad…

La sensación cambió.

Más pesada.

Más cercana.

—Y tu hermana…

Una pausa.

—Con ella será mejor.

El niño despertó llorando.

Más fuerte que nunca.

Pero esta vez no se calmó.

Ni con brazos.

Ni con palabras.

Ni con nada.

Y al día siguiente…

no hubo llanto.

La casa estaba en silencio.

Un silencio que no se sentía como descanso.

La madre subió las escaleras con el ceño fruncido, sintiendo algo extraño en el pecho. Abrió la puerta del cuarto.

Y se quedó inmóvil.

La cuna estaba vacía.

No había señales de que alguien hubiera entrado.

No había ventanas abiertas.

No había ruido.

Nada.

El padre subió corriendo.

Miró.

No dijo nada.

No podía.

La niña estaba en la puerta.

Observando.

—Se fue a jugar… —murmuró.

Nadie respondió.

Pero en el pueblo…

nada cambió.

Los ancianos seguían en sus lugares.

Sentados.

De pie.

Mirando.

Sonriendo.

Siempre igual.

Una mujer barría frente a su casa, repitiendo el mismo movimiento una y otra vez, con la misma velocidad, sin variar, sin detenerse realmente. Un hombre levantaba la mano para saludar a cada persona que pasaba, exactamente en el mismo momento, con el mismo ángulo, con la misma sonrisa que no cambiaba nunca. Otro acomodaba una silla que ya estaba bien colocada, una y otra vez, como si no pudiera dejar de hacerlo.

No hablaban entre ellos.

No reaccionaban a los sonidos.

No miraban hacia la casa de los Collen.

No hacían preguntas.

No cambiaban nada.

Como si no importara lo que pasara.

Como si no lo notaran.

O peor…

como si no pudieran hacerlo.

El padre salió de la casa, desesperado, mirando alrededor, buscando a alguien, a cualquiera, pero al cruzar miradas con uno de los ancianos, este solo sonrió y levantó la mano lentamente, en el mismo gesto repetido, en el mismo ritmo exacto, como si estuviera atrapado en una rutina que no podía romper.

Y en ese momento, algo lo golpeó.

No había ladrones.

No había señales de entrada.

No había nadie más.

Solo ellos.

Y los ancianos.

Pero esos ancianos…

no eran normales.

No reaccionaban.

No cambiaban.

No vivían como deberían.

Y eso era peor.

Porque significaba que…

lo que había pasado…

no venía de afuera.

Y por primera vez, la idea se hizo imposible de ignorar.

No era el pueblo el que estaba vacío.

Era el pueblo el que estaba… ocupado.

Solo que no de la forma que debería.

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Rimuro Oquendo
nueva obra es de suspenso ☺️
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