Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.
La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.
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capitulo 22
La oscuridad en el refugio de Valle Sombrío nunca había sido un problema para Elara; hasta esa noche, el silencio de la montaña era su aliado. Pero al cruzar el umbral de la clínica a las seis de la mañana, el aire cambió. No era el frío habitual del amanecer, sino una atmósfera cargada, eléctrica, que olía a un perfume de diseño que no pertenecía a los bosques de pinos.
Elara se detuvo en seco. Sus dedos, aún rodeando la taza de café, se tensaron hasta que los nudillos se tornaron blancos.
La clínica no había sido saqueada. Las vitrinas con medicamentos controlados, que habrían sido el botín lógico para cualquier drogadicto o traficante local, permanecían intactas. El ataque era de una naturaleza mucho más perversa.
Sus expedientes médicos, los registros de cada animal que había salvado desde su llegada, estaban esparcidos por el suelo como hojas muertas tras una ventisca. Pero no estaban tirados al azar. Estaban organizados en un patrón circular que rodeaba la mesa de cirugía de madera, la misma donde ella y Jason habían salvado al lobo.
Elara caminó hacia el centro del círculo, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Sus ojos se fijaron en la superficie de la mesa. Allí, justo bajo la lámpara de examen que alguien había dejado encendida, descansaba una fotografía.
Era una imagen de su boda en Seattle. Elara aparecía con un vestido de seda blanca que parecía una mortaja, con la mirada perdida hacia la cámara mientras Marcus, impecable en su traje a medida, le rodeaba el cuello con una mano que, en la foto, parecía un gesto de amor, pero que Elara ahora recordaba como una soga. La foto estaba colocada exactamente donde ella solía realizar las incisiones.
Elara no gritó. El aire se le escapó de los pulmones en un silbido sordo. Se apoyó en el borde de la mesa, sintiendo la superficie fría contra sus palmas. Sus ojos iban de la foto a los expedientes desordenados. Marcus no había venido a robar su equipo; había venido a profanar su santuario, a decirle que no importaba cuántos kilómetros recorriera, ella seguía siendo una extensión de su voluntad.
—Él ha estado aquí —susurró, y su voz sonó extraña en sus propios oídos, como si perteneciera a alguien que ya no estaba viva—. Ha tocado mis cosas. Ha pisado este suelo.
Sus manos empezaron a temblar con una violencia que le sacudió los hombros. Empezó a recoger los expedientes con gestos frenéticos, sollozando sin lágrimas, intentando desesperadamente restaurar el orden en un mundo que acababa de romperse de nuevo.
El estruendo de la puerta principal al abrirse la hizo saltar. Jason entró con la respiración agitada y la frente perlada de sudor, como si hubiera corrido desde su cabaña al sentir el cambio en el viento. Vio el desorden, vio la luz encendida y, finalmente, vio la fotografía sobre la mesa.
No hizo preguntas. No necesitó ver el remitente para conocer el mensaje. Caminó hacia Elara y la tomó de los brazos, obligándola a soltar los papeles que ella arrugaba contra su pecho.
—Suéltalos, Elara. Suéltalos ahora —dijo él, su voz era un ancla de granito en mitad de su tormenta.
—Jason, ha estado aquí... él estuvo aquí mientras yo dormía arriba —la voz de ella se elevó, bordeando la histeria—. Pudo haber subido. Pudo haber...
Jason la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo que no pedía permiso. Sintió el temblor de ella, un sismo de terror puro que lo enfureció más que cualquier traición de Bennett. Su mirada se desvió hacia la foto de la boda. La elegancia de Marcus, su sonrisa de depredador civilizado, era el contraste perfecto para la brutalidad de la montaña.
—Se acabó, Elara. Ya no vas a dormir sola en este edificio —sentenció Jason, su mandíbula apretada con tanta fuerza que sus palabras salían entrecortadas—. Me mudo aquí. Hoy mismo.
Jason no esperó una respuesta. Salió al porche y empezó a descargar su equipo de la camioneta. No traía muchas cosas: un saco de dormir militar, un petate con ropa, su rifle y un mapa detallado del perímetro que él mismo había corregido a mano.
Instaló su puesto de vigilancia en la pequeña sala de estar que conectaba la clínica con las escaleras hacia la habitación de Elara. Movió un sillón viejo de modo que tuviera una visión clara de la puerta principal y del ventanal lateral.
Elara lo observaba desde el umbral de la clínica, aún sosteniendo la fotografía de la boda entre sus dedos, como si no supiera qué hacer con ese fragmento de su pasado.
—Jason, no puedes hacer esto. Tienes tu vida en la cabaña. No puedes convertirte en mi carcelero por culpa de mis miedos —dijo ella, aunque una parte de su alma gritaba de alivio ante su presencia.
Jason se detuvo mientras ajustaba el cerrojo de la ventana. Se giró hacia ella, y sus ojos grises eran dos tormentas contenidas.
—No soy tu carcelero, Elara. Soy tu muro. Él cree que puede jugar con tu mente porque te ve sola. Pero a partir de hoy, si quiere llegar a ti, tendrá que pasar por encima de un hombre que ya ha muerto una vez y que no tiene miedo de volver a hacerlo.
Al caer la noche, el refugio se transformó. Las luces exteriores permanecían apagadas por orden de Jason para no regalar su posición, pero el interior estaba sumido en una penumbra vigilante.
Jason se sentó en el sillón con el rifle apoyado en las rodillas. Sus ojos no se cerraban; escaneaban el bosque a través del cristal con la paciencia de un animal que espera a su presa. Arriba, Elara intentaba dormir, pero cada crujido del edificio la hacía sentarse en la cama. Sin embargo, saber que él estaba allí abajo, que su presencia sólida y ruda ocupaba el espacio que Marcus intentaba reclamar, era lo único que mantenía sus pedazos unidos.
Marcus había profanado el santuario, pero al hacerlo, había cometido un error táctico: había obligado al guardián de la montaña a bajar de su cumbre. La guerra ya no se libraba en las sombras de Seattle ni en los expedientes médicos; se libraba en el salón de un refugio en ruinas, donde un hombre herido y una mujer rota habían decidido que no habría más pasos atrás.
Jason miró hacia las escaleras, asegurándose de que Elara estaba a salvo, y luego volvió a mirar a la oscuridad exterior.
—Ven por ella, Marcus —susurró para sí mismo—. Ven a ver cómo ruge la montaña.
El capítulo cerró con la imagen de la fotografía de la boda ardiendo lentamente en el hogar de la chimenea, reduciéndose a cenizas mientras el coche oscuro volvía a pasar, esta vez sin detenerse, al notar que la silueta del refugio ya no estaba sola. La paranoia seguía allí, pero ahora tenía un escudo de carne y hueso.