Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
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Capítulo 3: El invitado inesperado
Natalia entró al comedor principal intentando mantener la compostura, pero sus ojos azules aún estaban ligeramente rojos e hinchados por el llanto. Había intentado disimularlo con un poco de corrector, sin mucho éxito. La mesa ya estaba puesta con elegancia: mantel blanco impecable, vajilla de porcelana fina y velas encendidas.
Allí, de pie junto a su padre, estaba él.
Alejandro Foster era mucho más joven de lo que Natalia había imaginado. Alto, de hombros anchos y postura segura. Su cabello negro estaba perfectamente peinado, y una barba corta y bien cuidada acentuaba su mandíbula marcada. Pero lo que más impactó a Natalia fueron sus ojos: de un verde intenso, penetrantes, como si pudieran leer los pensamientos de cualquiera.
—Ah, aquí está mi princesa —dijo Ernesto Harrison con orgullo, extendiendo la mano hacia su hija—. Natalia, ven. Quiero presentarte a Alejandro Foster, mi nuevo socio. Alejandro, ella es Natalia, mi hija menor y la luz de esta casa.
Alejandro se giró completamente hacia ella. Su mirada verde se posó en el rostro de Natalia con una atención que la hizo sentir expuesta. Una ligera sonrisa curvó sus labios.
—Un placer conocerte, Natalia —dijo con voz profunda y varonil, extendiendo la mano—. Tu padre habla maravillas de ti.
Natalia estrechó su mano brevemente. Estaba tibia y fuerte. Sintió un extraño cosquilleo recorrer su piel.
—Igualmente… —respondió con voz baja y algo temblorosa—. Bienvenido a nuestra casa.
Ernesto sonrió satisfecho y les indicó que tomaran asiento.
—Vamos, sentémonos. La cena ya está lista.
Durante toda la cena, Natalia apenas probó bocado. Se limitaba a mover la comida en su plato mientras escuchaba la conversación entre su padre y Alejandro. Hablaban de porcentajes de acciones, expansión de la automotriz hacia nuevos mercados europeos, estrategias de marketing y proyecciones financieras para el próximo trimestre. De vez en cuando, Ernesto desviaba el tema hacia su familia.
—…y como te decía, Lia acaba de darme mi primera nieta. Emma es una preciosidad. Arthur, mi hijo mayor, ya tiene dos niños que son unos terremotos, pero llenan la casa de alegría —comentó Ernesto con orgullo—. Natalia, en cambio, es la más tranquila. Estudia Arquitectura y tiene un talento increíble. Es obediente, brillante y siempre con una sonrisa. La consentida de la casa, debo admitir.
Alejandro miró de reojo a Natalia, quien mantenía la vista baja.
—Se nota que ha criado a unos hijos excelentes, Ernesto —respondió Alejandro con educación—. La familia es lo más importante. Yo admiro mucho eso en usted.
Natalia levantó la mirada un segundo y se encontró con los ojos verdes de Alejandro observándola. Rápidamente bajó la vista otra vez. No tenía cabeza para nada. Las palabras hirientes de Steven aún resonaban en su mente: “niñita mojigata”, “calienta-braguetas”. Sentía un nudo en la garganta que no la dejaba hablar.
Después del postre, Ernesto se limpió la boca con la servilleta y se dirigió a la ama de llaves, que esperaba discretamente junto a la puerta.
—Anna, por favor, lleva al señor Foster a la cabaña de invitados. Asegúrate de que tenga todo lo que necesita.
—Sí, señor Harrison —respondió Anna con una leve inclinación de cabeza.
Alejandro se puso de pie y estrechó la mano de Ernesto.
—Gracias por la cena. Ha sido muy agradable. Mañana podremos continuar con los detalles del contrato.
—Descansa, Alejandro. Mañana será un día largo —contestó Ernesto.
Antes de salir del comedor, Alejandro miró una vez más a Natalia.
—Buenas noches, Natalia.
—Buenas noches… —susurró ella sin levantar la vista.
En cuanto Alejandro y Anna abandonaron el comedor, Natalia se levantó rápidamente.
—Estoy cansada, papá. Subiré a mi habitación.
Ernesto frunció ligeramente el ceño al notar los ojos enrojecidos de su hija.
—¿Todo bien, princesa?
—Sí… solo un poco de dolor de cabeza. Buenas noches.
Subió las escaleras casi corriendo y, en cuanto cerró la puerta de su habitación, se dejó caer sobre la cama. Las lágrimas que había estado conteniendo durante toda la cena salieron sin control. Lloró en silencio, abrazando su almohada, sintiéndose estúpida, pequeña y completamente perdida. Las palabras de Steven dolían más de lo que quería admitir.
Mientras tanto, en la elegante cabaña adjunta a la mansión, Alejandro Foster se quitó la chaqueta del traje y se aflojó la corbata. Sacó su teléfono y llamó a su mejor amigo y socio, Antonio Jones.
—¿Qué tal, Alex? ¿Cómo es la famosa mansión Harrison? —preguntó Antonio con tono divertido al contestar.
Alejandro se sentó en el sofá de la sala, mirando por la ventana hacia la gran casa principal.
—Bastante bonita, la verdad. El lugar es impresionante. Jardines enormes, arquitectura clásica inglesa… todo muy bien cuidado. Ernesto es exactamente como me lo describiste: un hombre tradicional y orgulloso de su familia.
Antonio soltó una risa.
—¿Y? ¿Viste mujeres lindas o estás condenado a ver solo papeles y contratos todo el fin de semana?
Alejandro sonrió de medio lado, recordando el rostro de Natalia.
—Sí, vi una… La hija menor de Ernesto. Se llama Natalia. Rubia, ojos azules muy claros. Es bastante hermosa, debo admitirlo.
—¡Vaya! —exclamó Antonio con interés—. ¿Y cómo es? ¿De las que valen la pena?
Alejandro se recostó contra el respaldo del sofá y soltó un suspiro.
—Es guapa, sí. Muy guapa. Pero se nota que es la consentida de la casa. Durante toda la cena apenas habló, solo miraba su plato con cara de niña triste. Probablemente nunca le han dicho que no en su vida. De esas chicas que viven en una burbuja, sin control ni disciplina. Su padre la presentó como “su princesa”. Creo que es de las que lloran por cualquier cosa.
Antonio rio al otro lado de la línea.
—O sea, una niña rica mimada. Ten cuidado, Alex. Ese tipo de chicas suelen traer problemas.
—Tranquilo —respondió Alejandro con tono seguro—. No estoy aquí para complicarme la vida con la hija del jefe. Solo vine a cerrar el negocio. Mañana empezaremos temprano con los contratos.
—Bien dicho. Descansa, socio. Y si ves de nuevo a la princesita, salúdala de mi parte —bromeó Antonio.
Alejandro colgó la llamada y se quedó mirando la mansión iluminada a través de la ventana. Por un segundo, recordó la mirada triste de Natalia durante la cena. Sacudió la cabeza, quitándose ese pensamiento.
—No es mi problema —murmuró para sí mismo.
En su habitación, Natalia seguía llorando en silencio, ajena a la conversación que acababa de tener lugar en la cabaña de invitados.
Ninguno de los dos imaginaba que esa noche marcaba el comienzo de algo que ninguno podría controlar.