Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Prefacio.
El silencio en el salón no es natural por el contrario es tenso, expectante y cargado de poder. Cuatro de las familias más peligrosas del mundo están reunidas bajo un mismo techo. Alemanes. Italianos. Rusos. Japoneses. Porque hoy un matrimonio. Una alianza. Un imperio está a punto de consolidarse.
Cedric Becker permanece de pie frente al altar, impecable en su traje oscuro. Su postura es recta, su expresión controlada… pero por dentro, algo no encaja. No es duda, es una sensación. Una que no ha podido sacudirse desde que amaneció. Como si algo… o alguien… estuviera por irrumpir y entonces sucede.
Las puertas se abren de golpe, el sonido retumba como un disparo, todas las miradas giran al mismo tiempo y el mundo… se detiene.
Adara Lobo Novikova entra y avanza segura, decidida e imparable.
Diez mujeres la siguen, sincronizadas, elegantes, letales. Sus botas de tacón resuenan sobre el suelo de mármol como una advertencia. Las armas no están a la vista… pero todos saben que están ahí. Las manos de varios hombres bajan apenas hacia sus chaquetas.
La tensión escala, la Yakuza reacciona primero con miradas afiladas. Posturas rígidas. Evaluando y calculando todo, pero no atacan porque saben quién es ella, porque entienden lo que significa ese par de apellidos.
Lobo Novikova.
Cedric levanta la mirada y la ve. Durante un segundo —uno solo—, la sorpresa cruza su rostro, pero desaparece tan rápido como llega. En su lugar aparece algo más peligroso; Orgullo y una excitación exquisita.
Una chispa oscura brilla en sus ojos castaños cuando la reconoce avanzando hacia él como si el mundo no existiera. Como si nada más importara, como si hubiera venido por él y solo por él.
Adara no aparta la mirada y vestida de cuero sigue avanzando hacia su objetivo. Ella no titubea, no se detiene. Sus ojos negros están fijos en Cedric como si ya lo hubiera decidido todo, como si ya lo hubiera reclamado desde mucho antes.
Cada paso rompe el protocolo. Cada paso desafía el orden. Cada paso acerca el caos.
Las mujeres que la acompañan se despliegan con precisión. Rodean, aíslan, controlan y en cuestión de segundos, la estructura del evento cambia.
Los hombres de la Yakuza quedan bajo vigilancia directa. No atacados, pero sí advertidos.
Un movimiento en falso… y esto se convierte en guerra.
La novia observa inmóvil. Su expresión no se rompe, pero sus ojos lo dicen todo. Ella entiende, desde el primer segundo entiende, esto no es una interrupción común. Es un maldito reclamo.
Adara se detiene frente a Cedric tan cerca que el aire entre ellos se vuelve eléctrico.
Nadie habla.
El mundo entero está contenido en ese espacio mínimo entre sus cuerpos. Cedric la observa de arriba abajo, sin disimulo como si llevara años esperando este momento. Como si, en el fondo, supiera que ella haría algo así.
Una leve sonrisa, peligrosa, arrogante, se dibuja en sus labios y el tirón en su entrepierna es casi doloroso.
—Hexe… —murmura, apenas audible, pero cargado de reconocimiento y unas ganas de estar a solas para f0ll4rs3la a su maldito antojo; rápido y duro como a ella le gusta.
Adara sostiene su mirada sin suavizarse y sin ceder.
—Il mio demone quarantenne —responde, con la misma intensidad.
Un murmullo recorre el salón, pero ellos no lo escuchan, pare como si no hubiera nadie más.
Adara da un paso más invadiendo su espacio, su territorio, su decisión.
—Este hombre no se casa hoy —anuncia para que todos la escuchen.
Su voz es firme, clara e incuestionable. No es una súplica, es una puta orden.
El aire se vuelve más denso y más peligroso.
Cedric ladea apenas la cabeza, estudiándola, evaluándola, pero no la detiene. No la corrige, no la niega porque en el fondo quiere ver hasta dónde es capaz de llegar.
—¿Estás segura de lo que estás haciendo? —pregunta, con esa calma que solo tienen los hombres que no temen al caos.
Adara sonríe y esa sonrisa no es inocente. Es fuego, guerra, promesa y sentencia.
—Llevo años esperando hacerlo.
Las palabras caen como una detonación silenciosa.
Detrás de ellos, la tensión estalla, los hombres de la Yakuza se mueven al ver que su hija puede ser dejada en ridículo en pleno altar. Las armas aparecen y las mujeres de Adara responden al instante.
Apuntan.
Bloquean.
Controlan.
El equilibrio es frágil, un segundo más… y todo se rompe, pero Cedric no mira a nadie más. Solo a ella, sus ojos brillan; oscuros, decididos y muy vivos.
—Entonces no viniste a interrumpir mi boda… —dice, acercándose apenas—. Viniste a robarme.
Adara no retrocede y mucho menos duda.
—No se roba la que ya es de uno y tú siempre fuiste mío y lo serás hasta que me muera.
Con esas palabras, Cedric sabe que su gland3 está más que húmedo.
—Ni se te ocurra —sisea Akane Takahashi.
—Tú te callas, japonesa —impone Adara.
Él silencio es brutal, definitivo. Cedric sonríe y esa sonrisa es rendición, decisión y el inicio del caos y una guerra segura.
Se gira levemente, ignorando por completo el altar, la ceremonia… la novia, pero no da un paso, no se mueve y entonces todo ocurre demasiado rápido.
—¡Ahora! —dice Adara.
Y el infierno se desata, cuatro de las mujeres que la acompañan se mueven al mismo tiempo precisas y letales.
Antes de que alguien pueda reaccionar, ya están sobre Cedric.
Una le inmoviliza los brazos con una llave perfecta; la otra le asegura las muñecas con una brida negra en cuestión de segundos.
El salón estalla.
—¡¿Qué demonios…?! —gruñe uno de los japoneses.
Las armas aparecen de ambos lados. Las mujeres de Adara apuntan sin titubear. Los hombres de la Yakuza responden, el aire se llena de muerte contenida, pero Cedric no lucha, ni siquiera lo intenta al contrario. Una risa baja, ronca, peligrosa, escapa de su garganta mientras es reducido.
Orgullo puro.
Como si aquello no fuera una humillación…sino un trofeo.
—Tenías que hacerlo a tu manera, Hexe… —murmura, dejando que lo sometan.
Adara se acerca, sin perder la calma, sin apartar la mirada de él.
—Siempre, quarantenne —responde.
Lo observa un segundo más y luego asiente.
—Llévenselo.
Sin más, sin pedir permiso, sin mirar atrás. Las mujeres lo levantan.
Un hombre de casi dos metros… cargado como botín de guerra y el silencio que sigue es aún más impactante que el caos.
Nadie lo puede creer, Cedric Becker… el segundo al mando de la organización alemana está siendo secuestrado frente a todos y no hace nada para impedirlo.
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