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Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Atraeus [Libro 3] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:480
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.

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Capítulo 21

El eco de los gritos del barón se desvaneció en los pasillos de la torre. Atraeus salió a la plaza, donde la nieve empezaba a caer con suavidad, cubriendo la suciedad del mundo. Thera lo esperaba en las sombras de un callejón.

—Ha sido... limpio —dijo ella, aunque su respiración era agitada. El poder que Atraeus ejercía, esa capacidad para dictar el destino de hombres poderosos con solo un par de palabras y documentos, siempre la dejaba en un estado de tensión eléctrica.

—La justicia es solo una herramienta, Thera. Hoy me ha servido para asegurar la lealtad de la guardia. Ahora saben que si su señor les falla, yo estaré allí para castigarlo.

Atraeus la miró. Bajo la luz de la luna, Thera parecía una aparición de pesadilla y deseo. La excitación de la victoria política se transformó rápidamente en algo mucho más carnal, una necesidad de reafirmar su existencia después de haber condenado a otro hombre a la muerte.

—Llévame a casa, Atraeus —dijo ella, su voz apenas un susurro que el viento se llevó—. Antes de que el frío me convierta en piedra como a ellos.

Regresaron a los aposentos de Atraeus en el Palacio de los Halcones Caídos. En cuanto la puerta se cerró, el protocolo y la frialdad de la corte se desmoronaron. Atraeus la empujó contra la madera oscura de la puerta, sus manos buscando desesperadamente el calor de su cuerpo.

Thera le arrancó la capa de un tirón, sus dedos clavándose en los hombros de él. No había delicadeza en este encuentro; era la culminación de un día de caza. Atraeus la besó con una violencia que sabía a hierro y a posesión, mientras su mano derecha subía por el muslo de ella, apartando las capas de seda y cuero hasta encontrar la suavidad de su piel.

—Dime que eres el dueño de esta ciudad —jadeó Thera contra su cuello, mientras él la alzaba y la sentaba en la mesa donde, horas antes, había planeado la caída de Valerius.

—No soy el dueño de la ciudad, Thera —respondió él, su voz quebrada por el deseo mientras se abría los pantalones—. Soy el dueño de tu alma, y eso es lo único que me importa ahora mismo.

Él entró en ella con una fuerza brutal, una embestida que la hizo arquear la espalda y soltar un grito que se perdió en las vigas del techo. Thera lo rodeó con sus piernas, atrayéndolo más hacia sí, buscando esa sensación de plenitud que solo él podía darle. El sexo entre ellos era un campo de batalla donde ambos buscaban rendirse al otro sin admitirlo.

Atraeus se movía con un ritmo implacable, sus ojos fijos en los de ella. En ese momento, no era el estratega frío ni el vengador; era un hombre buscando desesperadamente una conexión que lo alejara del abismo de su propia crueldad. Thera respondía a cada movimiento con una ferocidad igual, sus uñas dejando surcos rojos en la espalda de él, marcándolo como suyo una vez más.

—Más... —suplicó ella, sus caderas elevándose para encontrarse con las de él—. No te detengas hasta que olvide quién soy.

El sonido de sus cuerpos chocando rítmicamente llenaba la habitación, mezclándose con el crepitar del fuego en la chimenea. El placer era tan intenso que rozaba el dolor, una marea oscura que amenazaba con ahogarlos a ambos. Atraeus la tomó por las muñecas, inmovilizándola contra la mesa mientras descargaba toda su rabia y su pasión en ella.

Cuando el orgasmo los alcanzó, fue como una explosión de luz en medio de la penumbra. Atraeus se tensó, ocultando su rostro en el pecho de Thera mientras su semilla se derramaba en ella. Ella lo abrazó con una ternura feroz, besando su frente empapada de sudor mientras las últimas sacudidas de placer los recorrían.

Se quedaron así, unidos y agotados, sobre la mesa donde se decidían los destinos de los imperios.

—La maza ha caído —susurró Thera después de un tiempo, su mano acariciando la nuca de Atraeus.

—Y el mundo sigue girando —respondió él, separándose lentamente pero sin soltar su mano—. Mañana, el Barón Valerius será solo un recuerdo, y nosotros tendremos un nuevo problema que resolver.

Atraeus se levantó y ayudó a Thera a bajar de la mesa. La observó mientras ella se arreglaba el cabello, una mujer que era su mayor aliada y, a la vez, el recordatorio constante de que todavía era capaz de sentir.

—El falso testamento de la Casa Voran es lo siguiente —dijo él, volviendo a su tono profesional, aunque sus ojos todavía brillaban con el eco de la pasión—. Necesitamos que la línea de sucesión se rompa desde dentro.

Thera asintió, su rostro volviendo a ser la máscara de la espía perfecta.

—Lo tengo todo preparado. Pero Atraeus... —se detuvo un momento, mirándolo seriamente—. La ciudad empieza a susurrar tu nombre con un miedo que nunca he visto antes. Dicen que no eres un hombre, sino un espectro de la justicia de los antiguos dioses.

Atraeus caminó hacia el ventanal y observó la plaza. Allí abajo, la Torre de la Maza permanecía impasible, un monumento al castigo.

—Que susurren lo que quieran, Thera. Mientras el miedo los mantenga a raya, el silencio será nuestro mejor aliado. Mañana reescribiremos la historia de los Voran. Y esta vez, la tinta será indeleble.

Él se giró y le ofreció la mano. Ella la tomó, y juntos se dirigieron hacia el descanso breve que la noche les permitía, sabiendo que en Vesperia, la justicia siempre tenía un precio, y ellos estaban dispuestos a pagarlo con la moneda del poder y la sangre.

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