Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Amantes.
La mansión Becker-Lobo guarda un silencio distinto.
No es el mismo silencio frío y calculado que domina en otros territorios de poder; aquí conviven dos mundos. La precisión alemana se mezcla con la intensidad italiana, creando un ambiente que, a simple vista, parece cálido… pero que en el fondo sigue siendo igual de impenetrable, igual de peligroso.
Adara entra sin anunciarse, como siempre lo ha hecho. No lo necesita. Esa casa también es suya.
Los guardias la reconocen al instante y, con la discreción que caracteriza a los hombres bien entrenados, inclinan apenas la cabeza en señal de respeto. Nadie pregunta de dónde viene, nadie cuestiona su llegada. En ese mundo, el silencio también es una forma de lealtad.
Sube las escaleras con paso firme, aunque contenido, sintiendo cómo cada movimiento le recuerda lo ocurrido horas atrás. La mansión está en calma, pero no dormida; siempre hay alguien vigilando, siempre hay ojos atentos…
Cuando finalmente llega a la habitación que siempre le asignan cuando viene de visita y cierra la puerta tras de sí, el mundo exterior desaparece… y entonces, inevitablemente, todo vuelve.
El aroma de su piel.
El peso de sus manos y su boca.
La forma tan intensa en que la miraba.
Adara se queda quieta en medio de la habitación, apoyando la espalda contra la puerta mientras exhala lentamente.
—Maldito… —susurra, y no hay enojo en su voz, solo una mezcla peligrosa de satisfacción y recuerdo.
Sus dedos ascienden hasta su labio inferior y lo muerde con suavidad, como si ese gesto fuera un reflejo de lo que aún arde dentro de ella. Cierra los ojos un instante… y revive cada beso, cada caricia, cada apretón, cada gruñido. Cada instante en el que perdió el control.
Un escalofrío le recorre la piel.
Camina entonces hasta el espejo, casi sin pensarlo, y al encontrarse con su reflejo, lo ve todo otra vez mientras se desnuda. Las marcas en su piel clara, sutiles pero presentes, dibujadas como recuerdos imposibles de ignorar. En su pecho, en su vientre, en sus muslos… señales que no cualquiera notaría, pero que para ella son un mapa exacto de lo ocurrido.
Y en lugar de incomodarse… sonríe, es una sonrisa lenta y satisfecha.
—Ya está… —murmura para sí misma—. Ya pasó. Ya obtuve lo que quería.
Como si decirlo lo hiciera real. Como si repetirlo bastara para convertirlo en un capítulo cerrado.
Niega suavemente y se aleja del espejo, dirigiéndose a su maleta. Busca entre su ropa hasta encontrar un pijama largo y cómodo, suave al tacto, completamente opuesto a lo que fue la noche anterior. Se cambia con cuidado, sintiendo aún la sensibilidad en su cuerpo, ese eco persistente de una madrugada que no se arrepiente de haber vivido.
Porque no se arrepiente ni un poco.
Se mete en la cama, se cubre hasta los hombros y cierra los ojos. Sabe que en cualquier momento sus sobrinos irrumpirán como un torbellino de risas, preguntas y abrazos, reclamando su atención como siempre lo hacen.
Pero antes de eso necesita dormir.
Necesita, al menos por unas horas, fingir que todo vuelve a la normalidad.
...
✦ Italia
El apartamento en el que Fausto comienza su nueva vida es amplio, moderno y perfectamente ordenado, con ese tipo de elegancia sobria que habla más de ambición que de comodidad. Las cajas abiertas aún delatan una mudanza reciente, pero todo lo importante ya está en su lugar: documentos, trajes, archivos… herramientas de trabajo que marcan el inicio de su verdadera entrada al mundo de los Lobo.
De pie frente a la mesa, revisa papeles con atención, aunque su concentración no es completa. Cada pocos minutos, su mirada se desvía hacia el teléfono, como si esperara que, por arte de magia, la pantalla se iluminara con el nombre que aún no aparece.
Adara.
Ocho llamadas, ninguna respuesta.
Fausto suspira, pasando una mano por su cabello con un gesto que mezcla frustración y ligera preocupación.
—Debe seguir dormida… —murmura, intentando convencerse.
La fiesta.
El viaje.
El cansancio.
Todo tiene sentido… si decide no pensar demasiado.
Está a punto de retomar su trabajo cuando unos brazos femeninos rodean su cintura desde atrás, suaves, seguros, demasiado familiares. El contacto lo hace tensarse apenas, pero no se aparta de inmediato.
El beso que se posa en el centro de su espalda confirma lo evidente.
—¿Almorzamos juntos? —susurra Allegra, su voz cargada de esa insinuación que nunca disimula del todo.
Fausto cierra los ojos un segundo antes de girarse lentamente para enfrentarla. Su expresión es seria, más de lo que ella esperaba.
—Allegra… —dice con tono firme—. Ya hablamos de esto.
Ella ladea la cabeza, fingiendo inocencia, aunque la chispa en su mirada la delata.
—¿De qué exactamente?
—De que se terminó.
Por un instante, el gesto de ella se quiebra… pero solo un instante. Luego sonríe, como si aquello fuera una broma.
—Ay, por favor… no empieces otra vez.
Fausto da un paso atrás, marcando distancia entre ellos.
—Te lo dije antes de salir de Boston. No podemos seguir con esto.
Allegra lo observa en silencio durante un segundo, analizándolo… y luego responde con una calma que resulta más inquietante que cualquier reclamo.
—¿Y por qué no?
—Porque planeo casarme con Adara.
El nombre queda suspendido en el aire, pero Allegra… sonríe.
—¿Y?
La respuesta descoloca a Fausto, que frunce el ceño.
—¿Cómo que “y”?
Ella se acerca otra vez, acortando la distancia sin pedir permiso, dejando que sus dedos jueguen con la tela de su camisa.
—Cásate —dice con suavidad—. Sé el hombre perfecto, el futuro esposo ideal… haz todo lo que tengas que hacer —se inclina un poco más hacia él—. Mientras sigas dándome lo que quiero.
Fausto la aparta, esta vez con más firmeza.
—Esto no es un juego.
—Nunca lo fue —responde ella, y ahora sí hay algo oscuro en su voz.
El silencio que sigue es denso, cargado de verdades que ninguno quiere decir en voz alta.
—Si alguien se entera, perdemos todo —insiste él—. ¿Lo entiendes?
Allegra sonríe, segura.
—Nadie se va a enterar.
—Nuestros padres..
—Nuestros padres no van a saber nada —lo interrumpe—. Y aunque lo supieran… ya es tarde.
Fausto aprieta la mandíbula.
—Somos hermanastros.
Ella se encoge de hombros, sin rastro de culpa.
—Y amantes.
La palabra cae con una naturalidad brutal, sin vergüenza y sin miedo.
Fausto la mira, sabiendo perfectamente que debería detener aquello… que debería alejarse… que debería poner un límite definitivo, pero no lo hace.
Porque hay algo en ella que lo arrastra, que lo envuelve, que lo empuja a cruzar una línea que ya ha cruzado demasiadas veces desde hace tres años.
Y cuando Allegra vuelve a acercarse, esta vez sin espacio para dudas, él no se aparta.
El beso llega intenso, prohibido, cargado de todo lo que no debería existir… pero existe.
Y vuelven a caer otra vez.
Cuando se separan, Fausto respira con dificultad.
—Esto tiene que parar.
Allegra sonríe.
—Claro…
Mentira.
—Solo… debemos ser más cuidadosos —añade él.
Ella asiente, pero en su mirada hay algo más. Algo que no planea detenerse.