En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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El poder del reino
Un anillo de la mano del muchacho brilla.
–Lobo.
Una bestia peluda aparece junto a Preus y se aferra a su brazo con las mandíbulas. Los colmillos del lobo atraviesan la carne, muerde con fuerza, astilla huesos, e intenta desgarrarlo. Preus, sorprendido, cruza miradas con el animal: fuego escapa de sus pupilas. Aprieta los dientes, endurece el rostro, y encesta un cabezazo brutal. El lobo se atonta y baja la intensidad de la mordida. Recibe otro impacto. La sangre comienza a brotar de la frente de Preus, el lobo suelta el brazo y tambalea en el suelo, su cráneo estaba roto. Mareado y desangrándose, el cazador intenta alcanzar al príncipe… pero este corre junto a su hermana, con la misma postura de invocación.
–El oso…–murmura Preus y gira. La enorme criatura, con el hacha aún incrustada, carga contra él. «No puedo luchar así», piensa. «No podría vencerlo».
El oso se acerca rabioso.
«¿Qué hace la diferencia entre la vida y la muerte, pequeño Bruno», recuerda la voz de su maestro. Preus se recuerda de niño, de frente a Maos, sus preguntas siempre fueron incisivas y determinantes para llegar a lograr un objetivo. Los hábitos que adoptó desde temprana edad lo llevaron siempre al límite, en momentos donde ya no podía levantarse, sentía el empujón que lo ayudaba a hacerlo, cuando ya no podía respirar, y sus pulmones no respondian, encontraba la manera de sobreponerse y seguir con el entrenamiento.
–La fortaleza, la determinación, la perseverancia… –, contesta el niño mientras intenta mantenerse vertical sobre sus brazos.
Ahora, frente al oso, la tierra tiembla, las gotas de transpiración caen por el rostro de Preus y se fusionan con la sangre del cuerpo, con su brazo izquierdo empuña el hacha. Se prepara para un último esfuerzo.
–No puedo morir en este lugar –gruñe.
El oso ruge en furia mientras corre, su enorme cuerpo tambalea de un lado a otro mientras arremete. El cazador sabe que no puede luchar, sus heridas son demasiado graves como para intentarlo. Su corazón se mueve como si se escapara de su pecho. Entonces se lanza a correr en dirección al bosque. Respira agitado, casi con miedo, los pliegues de su cara se retuercen mientras la velocidad de sus piernas aumenta. La pupila del ojo izquierdo se desliza al filo de la cuenca para observar hacia atrás, el oso le sigue el paso destrozándolo todo. Preus alza la mano, observa el hacha, se ve reflejado en el brillo, encuentra lágrimas en sus ojos –quizá dolor, quizá el miedo–. Cuando el oso está a centímetros de alcanzarlo, gira rápidamente y lanza el hacha en el rostro del animal.
El oso se estrella contra un árbol, el filo le divide el ojo derecho en dos, el certero golpe incapacito a la bestia a tal punto que Preus puede perderse entre la vegetación.
La nieve sigue su curso y se desliza por entre las ramas de los árboles hasta estamparse en el suelo, los animales del bosque se refugian del frío en madrigueras y cuevas, el bosque provee, lo hace de una manera imparcial y justa, mantiene el equilibrio entre los seres, cuida de ellos. Preus deja de correr, está exhausto, sus heridas se tornan violáceas por el frío. Avanza tambaleante hasta un arroyo cristalino.
– El bosque provee –susurra, bebiendo el agua helada.
Su cuerpo se relaja y cae al suelo, con la fuerza que le quedan hunde sus heridas en la nieve, intenta frenar las hemorragias, sus ojos parpadean más de la cuenta, está perdiendo el conocimiento y lo sabe, se aleja del agua, para evitar ahogarse y cubierto del manto blanco y frío, se desmaya.