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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Casa

El ascensor del Nocturne tenía 66 botones. Damián metió la tarjeta negra y apretó el de -7 que no existía cinco minutos antes.

El panel parpadeó. Después bajó.

No había música. Solo el zumbido del cable y el anillo de Lía latiendo despacio contra su dedo. La marca en la espalda de Damián brillaba bajo la camisa, se notaba incluso con la tela encima. Como si supiera adónde iban.

—¿Qué tan abajo es abajo? —preguntó Lía.

—No lo suficiente —contestó él sin mirarla.

Lilith iba con ellos, traje blanco, sin bromas. Cuando las puertas se abrieron, se quedó dentro.

—Yo no entro. Belial y yo tenemos… historial. —Miró a Lía—. Si te pregunta qué sos de él, decí “su esposa”. No “ancla”. No “contrato”. Esposa. Le jode.

Las puertas se cerraron.

Piso -7.

No era sótano. Era un club.

Paredes de piedra negra pulida, techo alto abovedado, arañas de hierro con velas reales que no se consumían. Música de jazz en vivo, pero el pianista no tenía sombra. La barra era una sola pieza de obsidiana. Y en el fondo, sobre un estrado bajo, un trono que no era trono: un sillón de cuero negro con dos lobos de piedra a los lados.

Sentado ahí, un hombre de unos cincuenta años, traje gris perfecto, pelo entrecano peinado atrás, copa de whisky en la mano. Ojos negros como los de Damián, pero sin rojo. Sin nada.

Belial Blackwell.

No se levantó cuando entraron.

Damián se detuvo a cinco metros. No por respeto. Por instinto. Lía sintió el sello en su anillo apagarse del todo. Como si ahí abajo no mandara el contrato.

Belial los miró de arriba abajo. Primero al hijo. Después a ella.

—Azazel —dijo, y la voz sonó cansada—. Trajiste a la humana.

—Me dijiste que viniera con ella —contestó Damián. No “padre”. Nombre de guerra.

—Te dije que volvieras a casa. No que la metieras.

Lía dio un paso adelante antes de pensarlo. La marca en la espalda de Damián se calentó un grado. Advertencia.

—Soy su esposa —dijo, y le salió más firme de lo que sentía—. Lilith dijo que eso te jode.

Belial sonrió sin dientes.

—Lilith sigue hablando mucho. —Dejó la copa—. Acercate.

Damián le puso la mano en la muñeca. No para frenarla. Para que supiera que estaba ahí.

Lía caminó hasta quedar a dos metros del estrado.

Belial la estudió como se estudia un contrato mal redactado.

—Elena era más linda.

—Elena está muerta —dijo Lía.

—Por culpa de él —Belial señaló a Damián con la copa—. No contestó el teléfono. No desobedeció. Lo mismo de siempre.

Damián no contestó. Tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados, pero no hablaba. Lía entendió entonces por qué Lilith le dijo “esposa”. Damián no podía hablar primero. No ahí. No delante de él.

—Si lo llamás para reprocharle, llamalo vos —dijo Lía—. Yo vine porque me dijo que esto era “casa”. Y si es su casa, es la mía.

Belial levantó una ceja.

—¿Y qué querés de mi casa, humana?

—Que nos dejes salir igual que entramos. Juntos.

Belial se rió. Una vez. Seco.

—No funciona así. Él es príncipe porque me sirve. Vos sos ancla porque firmaste. Si el sello es binario ahora —miró la espalda de Damián como si viera a través de la camisa—, entonces él ya no me sirve. No puede gobernar nada si se muere cuando te morís vos.

—Entonces no lo hagas gobernar —dijo Lía—. Dejalo ir.

—Eso se llama traición. Y la traición se paga con fuego.

Damián habló por fin. Bajo. Controlado.

—No la toques.

—No hace falta —dijo Belial—. El contrato lo hace solo. —Se puso de pie. Era más alto que Damián—. Arrodillate.

Damián se quedó quieto un segundo. Después dobló una rodilla. Luego la otra. No bajó la cabeza.

Lía sintió el anillo helado. No por miedo. Por rabia.

—No —dijo, y dio un paso más—. No se arrodilla.

Belial la miró como si fuera un insecto interesante.

—¿Por qué?

—Porque es mi esposo. —Se paró al lado de Damián, no delante. Hombro con hombro—. Y si se arrodilla él, me arrodillo yo. Y si nos quemás a uno, nos quemás a los dos. Doce horas, ¿no? Eso dijo Lilith.

Belial entornó los ojos.

—Lilith habla demasiado.

—Y vos poco —contestó Lía—. Decí lo que querés. ¿Que lo devuelva? No puedo. ¿Que te obedezca? No va a hacerlo. ¿Que me muera para que vuelva a ser tuyo? Intentalo.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.

Belial bajó del estrado. Caminó hasta quedar frente a ellos. Olía a whisky y a algo más viejo, a piedra mojada.

Le puso una mano en el hombro a Damián. No con cariño. Con peso.

—Te di todo —dijo—. Nombre, trono, guerra. Y elegís esto. Una humana que se te va a morir en sesenta años si tenés suerte.

Damián no se movió.

—La elegí —dijo.

—No te pedí permiso —añadió Lía.

Belial la miró. Largo. Después soltó el hombro de Damián.

—Bien. —Volvió al sillón y se sentó—. Entonces jugamos con reglas nuevas. Una prueba. Si la pasa ella, te quedás con ella y con el título. Si falla, te quedás con el título y ella se borra. Sin muerte. Sin recuerdo. Como si nunca hubiera firmado.

—¿Qué prueba? —preguntó Damián.

—No es para vos. —Belial señaló a Lía con la copa—. Para ella. Mañana. 20:00. Sala Blanca. Sin vos. Sin Lilith. Sin contrato que la ayude. Si el sello la salva solo, gano yo. Si ella se salva sola, ganan ustedes.

Lía sintió la marca en la espalda de Damián apagarse un segundo. Como si él contuviera algo.

—No —dijo Damián.

—Sí —dijo Lía al mismo tiempo.

Se miraron.

—Lía —dijo él en voz baja—. No sabés qué es la Sala Blanca.

—No. Pero sé que si digo que no, te quedás sin mí de todas formas. —Le puso la mano en el brazo—. Dijiste que eligiera. Elijo esto.

Belial bebió.

—Me cae mejor que Elena. —Miró a Damián—. Tenés hasta mañana para enseñarle a respirar ahí abajo. No más.

Hizo un gesto con la mano. El ascensor se abrió solo.

Salieron.

En el ascensor de subida, Damián se apoyó contra la pared y cerró los ojos. Tenía la marca en la espalda ardiendo, se notaba incluso a través de la camisa.

—¿Qué es la Sala Blanca? —preguntó Lía.

—Un lugar sin mentiras —dijo él sin abrir los ojos—. Te mete en tu peor recuerdo y te obliga a vivirlo sin poder cambiar nada. Si salís sin gritar mi nombre, ganás. Si gritás, él te borra.

—¿Y si no grito?

—Entonces el contrato se rompe y vuelve a ser solo tuyo. —La miró—. Pero no salís igual.

Lía asintió.

—Enséñame a respirar.

Damián la miró largo. Después asintió.

—En mi cuarto. Ahora.

Cuando las puertas se abrieron en el 66, Lilith estaba esperándolos con dos vasos de whisky.

—Supongo que dijo que sí —dijo.

—Dijo que sí —contestó Damián, y le quitó un vaso.

Lilith miró a Lía.

—Sala Blanca, ¿no? —Lía asintió—. Mierda. Bueno. —Le dio el otro vaso—. Bebe. No ayuda. Pero quita el miedo un rato.

Lía bebió. Quemó.

Damián no bebió. Dejó el vaso en la mesa y le ofreció la mano.

—Vamos.

Lía la tomó.

El anillo y la marca brillaron una vez al mismo tiempo y se apagaron.

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